Tras el mazazo emocional del clásico perdido, River Plate enderezó el rumbo con un trabajado 3-1 frente a Aldosivi, en un encuentro donde las dificultades en la elaboración del juego estuvieron a punto de condenarlo, aunque la rebeldía de sus piezas de recambio terminó inclinando la balanza en favor del conjunto de Eduardo Coudet.
La cicatriz del Superclásico aún supuraba en la memoria colectiva del Millonario, y los primeros compases del compromiso ante el conjunto marplatense no hicieron más que confirmar que el fantasma de la derrota frente al archirrival seguía acechando el accionar del equipo. En el gramado, la expresión del conjunto de Núñez resultaba una prolongación de aquella noche adversa: espeso en la elaboración, falto de ritmo en la zona de volantes y con una delantera que parecía rendirse ante la rigurosidad de la marca visitante. Los pupilos de Coudet evidenciaban una preocupante incapacidad para hilvanar pases en tres cuartos de cancha, mientras el Aldosivi, aunque desprovisto de peso ofensivo para gestar peligro en contragolpe, se mostraba ordenado y compacto en su propio terreno.
El trámite, entonces, adquirió un cariz tedioso y monocorde. Las aproximaciones al arco se contaban con los dedos de una mano: una espectacular mediavuelta de Salas que se desvió por centímetros y un audaz amague de Tomás Fernández desde su propio campo, ejecutado en los linderos del círculo central, que exigió una intervención segura de Beltrán cuando la pelota amenazaba con tomar altura inesperada. Nada hacía presagiar que, en ese páramo de ideas, estallaría la polémica que abriría la cuenta.
La jugada del primer tanto del local desató controversia inmediata. Cuando Rochi González intentaba salir jugando desde el fondo de su propia zaga, el juvenil Subiabre lo hostigó con una infracción que escapó a la mirada del árbitro Ramírez. Sin la interrupción reglamentaria, la acción continuó hasta transformarse en una ofensiva profunda de River. Un toque quirúrgico de Colidio encontró la respuesta de Werner, quien rechazó de forma insuficiente contra el cuerpo del recién ingresado Giuliano Galoppo; la esférica, entonces, terminó alojándose en el fondo de la red ante la impotencia del guardavallas visitante. Un gol fortuito, pero suficiente para descomprimir la ansiedad local.
Sin embargo, la ventaja no modificó la esencia del desempeño millonario. El juego siguió siendo un engranaje sin aceite, con un dominio estéril y superficial. Aldosivi, lejos de inquietarse, aguardaba su oportunidad como quien acecha en la penumbra. Y cuando el reloj parecía condenar al Tiburón a un final predecible, llegó la sacudida inesperada: una magnífica incursión por la banda de Román, un centro preciso, y la definición de Tomás Fernández para establecer el empate. El Monumental contuvo el aliento, otra vez.
Ese mazazo despertó, por fin, la reacción necesaria en el banco local. Las modificaciones introducidas por Coudet —con el ingreso de Meza, Freitas y el juvenil Kendry Páez— le aportaron al engranaje una dinámica que antes brillaba por su ausencia. El ataque adquirió, por primera vez en la noche, ingenio e intensidad. Fruto de ello fue un violento remate de Meza que se estrelló en el travesaño, anticipando lo que se vendría. El segundo tanto, una joya colectiva, nació de un centro a rastrón enviado por Moreno y culminado con la categoría de Facundo Colidio, quien no perdonó en el corazón del área.
El Aldosivi, con las reservas de combustible casi agotadas, se lanzó en busca de la igualdad con una osadía que rozó el éxito: un centro de Román terminó besando nuevamente el larguero, haciendo vibrar la estructura del arco de Beltrán. Pero esa valentía defensiva dejó campos de cultivo para la contra letal. Una transición vertiginosa, conducida con criterio por Colidio, prolongada con inteligencia por Freitas, y resuelta por Kendry Páez con una frialdad pasmosa dentro del área rival, selló el resultado definitivo.
De esta manera, River consiguió los tres puntos con un marcador que refleja una justicia relativa: la victoria no es mentirosa, pero la magra producción durante largos pasajes del encuentro, ante un adversario que exigió mucho más de lo previsto, deja señales de alerta encendidas en el cuerpo técnico. El triunfo reconforta, pero no oculta las urgencias en la construcción del juego.
