Tras dos caídas mensuales consecutivas, el fantasma de la recesión se cierne sobre el panorama económico. Los datos del Indec revelan que el crecimiento anual se sustenta en sectores que no generan empleo y en un rebote estadístico, mientras la actividad real no logra despegar en 2025.
La actividad económica argentina volvió a mostrar signos de fragilidad durante junio, confirmando una preocupante tendencia de estancamiento que se prolonga a lo largo del presente año. El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE), difundido este jueves por el Instituto Nacional de Estadística y Censo (Indec), registró una contracción intermensual del 0.7% en su serie desestacionalizada, marcando así su segundo retroceso consecutivo luego del descenso del 0.2% experimentado en mayo.
Este último resultado consolida un panorama complejo, donde cuatro de los primeros seis meses de 2025 finalizaron con números negativos. De hecho, un análisis de la consultora LCG advierte que en el último cuatrimestre la actividad ya acumula una merma del 1.3%. La persistencia de esta senda contractiva incrementa sustancialmente el riesgo de que la economía nacional entre formalmente en recesión, situación que se materializa tras dos trimestres seguidos de caída.
Si bien el indicador exhibe un crecimiento interanual del 6.4%, un examen detallado desnuda las debilidades de esta aparente robustez. El desempeño positivo se explica en gran medida por un “efecto arrastre” o rebote estadístico, consecuencia de la profunda crisis heredada de 2024. Aquel año, el Producto Bruto Interno (PBI) se había desplomado un 1.7%, por lo que la comparación con una base tan baja artificialmente infla las cifras actuales.
La lectura intermensual, que elimina este efecto de base y los componentes estacionales, pinta un cuadro mucho más sombrío y real: la economía se encuentra esencialmente paralizada. La serie histórica desestacionalizada es elocuente: el índice de junio se situó en 151 puntos, por debajo incluso de los 152 puntos de enero, lo que evidencia que el nivel de actividad no ha logrado superar el del inicio del año.
Además, la composición del crecimiento anual revela otra arista crítica. Si bien trece de los dieciséis sectores económicos mostraron expansiones, el impulso provino mayoritariamente de la intermediación financiera, un rubro que se expandió un abultado 28.7% pero que tiene un impacto marginal en la generación de empleo masivo. Este sector, por sí solo, explicó casi un punto completo del crecimiento reportado, enmascarando la debilidad de otros pilares productivos.
Frente a este escenario, el pronóstico para el próximo trimestre se vislumbra complejo. La reciente duplicación de los encajes bancarios decretada por el Banco Central, una medida destinada a absorber pesos de la economía y contener la presión sobre el dólar y la inflación, tendrá un efecto colateral inevitable: encarecerá el crédito productivo. Las entidades financieras, para mantener su liquidez, se verán forzadas a ofrecer tasas más altas por los plazos fijos, lo que a su vez trasladarán a las tasas de préstamos para empresas y familias.
Con el Banco Central anunciando que mantendrá este nivel de encajes restrictivo al menos hasta fines de noviembre, con el objetivo declarado de evitar un descalabro cambiario en un contexto preelectoral, se anticipa que el acceso al financiamiento se restringirá aún más. Esta política prioriza de manera clara la estabilidad monetaria sobre el impulso al crecimiento, una elección que el equipo económico de Luis Caputo y Javier Milei parece haber consolidado.
Mientras el Gobierno exhibe las proyecciones de organismos internacionales que prevén un alza del PBI del 5.5% para el año, los fríos datos mensuales sugieren que ese crecimiento será, en el mejor de los casos, un espejismo estadístico. Lejos de reflejar una expansión vigorosa y sostenida, el número anual oculta una realidad de parálisis económica que, de profundizarse en los próximos meses, podría culminar en una nueva recesión técnica.
