Belén Águila relata el calvario económico y administrativo que sufren tras una pérdida familiar, un drama agravado por la falta de cobertura y la cruel reacción en redes sociales, reflejando una problemática social silenciosa.
La partida de un ser querido sumió a una familia local en una profunda pena, pero también en una compleja encrucijada económica y logística para poder brindarle una despedida digna. Belén Águila se ha convertido en la portavoz de un drama familiar que destapa las grietas de un sistema ante la muerte.
La cooperativa funeraria de la zona les presentó las alternativas habituales para el sepelio. No obstante, la opción de la incineración fue descartada de inmediato por la familia, ya que el difunto nunca dejó constancia expresa de ese deseo, un detalle que respetan con solemnidad. La propuesta de sepultura y velatorio conlleva un desembolso de un millón quinientos mil pesos, una cifra prohibitiva que se agrava porque el familiar no se hallaba adherido al servicio que la cooperativa ofrece a sus asociados.
Frente a este escollo, la gestión con el gobierno local permitió obtener un auxilio, aunque insuficiente. El panorama actual exige reunir quinientos mil pesos adicionales para costear el entierro en el camposanto. En un intento por cubrir este faltante, la familia apeló a la solidaridad de la comunidad, especialmente de aquellos que conocieron al occiso. “Nuestra intención nunca fue mendigar; solo esperábamos una mano de quienes lo apreciaron”, aclaró Águila con evidente desazón.
Sin embargo, este llamado a la colaboración devino en una pesadilla. Una publicación hecha en las redes sociales alcanzó una viralidad inesperada, pero el contenido de los comentarios se tiñó de una toxicidad inhumana, colmada de improperios y ataques personales. Ante esta ola de desprecio digital, la familia tomó la dolorosa determinación de cesar la colecta y reintegrar las contribuciones recibidas, que ascendían a noventa y siete mil pesos. “Optamos por el silencio y la devolución del dinero para evitar mayor controversia”, afirmó Belén con resignación.
Más allá de su caso particular, Águila puso de relieve una realidad social often ignorada: la de aquellas personas que, carentes de recursos y redes de contención, se desvanecen sin dejar rastro y sin acceder a una sepultura que preserve su memoria. “Resulta desgarrador que existan individuos condenados al olvido. Todo ser humano merece ser despedido con respeto”, subrayó con emotiva convicción.
Pese a la adversidad, la perseverancia familiar persiste. Belén concluyó señalando que, si bien han declinado cualquier nueva donación monetaria, continúan abocados a resolver el trámite administrativo y explorar todas las vías posibles para sufragar los gastos pendientes y, así, lograr el único objetivo que los mantiene en pie: honrar debidamente la memoria de quien se fue.
