La derrota en Buenos Aires no generó autocrítica en el Ejecutivo. Caputo aseguró a los mercados que no habrá cambios en el plan de ajuste, en una clara contradicción con el mensaje de las urnas. La interna se agudiza, con Francos en la mira por admitir que las políticas no llegan a la gente, mientras Sturzenegger puja por un rol protagónico. La presión de los mercados y el FMI se intensifica.
La contundente derrota sufrida por el oficialismo en los comicios bonaerenses no encontró eco en una revisión profunda de las estrategias gubernamentales. Por el contrario, el lunes por la mañana, en sintonía con el discurso del presidente Javier Milei la noche anterior, el ministro de Economía, Luis Caputo, instruyó a su equipo para transmitir a los inversores un mensaje tranquilizador: el revés se debió únicamente a “errores tácticos de la campaña” y a “escándalos de corrupción” ajenos, reafirmando que el rumbo económico se mantendría inalterable. Esta posición, conocida por este diario, causó asombro entre sus destinatarios, al interpretarse como una negativa a reconocer el claro mensaje de rechazo a la crisis económica, el costo de vida y la falta de empleo expresado en la provincia más poblada del país.
Inmediatamente después, se les hizo llegar a los sectores empresariales la expectativa oficial de que “la volatilidad financiera persistirá por unos días, pero no se trasladará a los precios”, añadiendo que la ausencia de emisión monetaria evitaría una crisis mayor. Esta postura desató fricciones internas, particularmente con el jefe de Gabinete, Guillermo Francos, quien públicamente admitió que las políticas macroeconómicas no han logrado mejorar la situación de la ciudadanía. Caputo reaccionó con enojo ante esta sinceración, que encontró un eco inusual en la declaración del candidato oficialista Maximiliano Bondarenko, quien reconoció que su propia madre jubilada no logra cubrir sus gastos hasta fin de mes. Francos fue inmediatamente aislado dentro del Gobierno y su continuidad se encuentra en entredicho.
El malestar hacia Caputo se ha hecho evidente, aunque desde la Rosada insisten en que Milei pretende mantenerlo en el cargo. El ministro estuvo ausente en el bunker electoral el domingo –atribuyendo su falta a un “agotamiento” tras el viaje a Los Ángeles– y también en la primera reunión de gabinete del lunes, para la que alegó estar monitoreando los mercados. Recién por la tarde se presentó en Casa de Gobierno, acompañado por el presidente del Banco Central, Santiago Bausili, en lo que se percibe como una señal de la extraña dinámica que rodea al titular de Economía.
Mientras el ala política del Gobierno impulsa su salida, Milei parece respaldarlo. En este escenario, el ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, emergió como un actor clave. Sturzenegger, cuya afinidad ideológica con el Presidente es mayor que la de Caputo, se habría ofrecido no sólo para sucederlo sino para asumir como jefe de Gabinete, argumentando que su cercanía con Milei le permitiría ejercer un control remoto sobre Hacienda y garantizar la continuidad del ajuste, incluso con más firmeza de la que Caputo estaría dispuesto a aplicar.
La presión externa, sin embargo, se intensifica. Bancos de inversión como Morgan Stanley retiraron su recomendación de “comprar” bonos argentinos, citando la incertidumbre postelectoral y advirtiendo sobre la necesidad de una “depreciación adicional de la moneda”, posiblemente hacia el techo de la banda cambiaria. Esta idea de una devaluación acompañada de un control más estricto, que circula entre analistas y consultoras, es vista por Milei como la “tumba definitiva” de su gestión.
El verdadero termómetro será la reacción del Fondo Monetario Internacional (FMI). El organismo se encuentra en un silencio expectante, pero la situación se vuelve cada vez más compleja: el dólar oficial se acerca peligrosamente al tope de la banda de flotación acordada con el Fondo. Si se sobrepasa, el Gobierno se verá forzado a vender divisas de las reservas –no del Tesoro–, arriesgando los créditos obtenidos para sobrevivir hasta las elecciones legislativas de octubre. Ese momento obligará al FMI a pronunciarse, definiendo el futuro de un plan económico que la sociedad parece haber comenzado a rechazar de forma categórica.
