La eliminación temporal de las retenciones a la soja, celebrada inicialmente como un triunfo, fue en realidad el resultado de una negociación relámpago y desesperada entre el equipo de Luis Caputo y grandes operadores. El objetivo: obtener dólares frescos para cumplir con una exigencia de Estados Unidos y frenar una corrida cambiaria, en una maniobra que terminó siendo una «traición tranqueras adentro».
El pasado lunes y martes, detrás de las puertas cerradas de un salón reservado en la Bolsa de Comercio de Rosario, se gestó una operación financiera a contrarreloj que desataría la indignación del sector agropecuario. El equipo económico de Luis Caputo concretó en reuniones privadas los últimos detalles de un plan destinado a asegurar un ingreso masivo de divisas. La medida central, el anuncio de retenciones cero para la soja, lejos de ser una política de Estado a favor del campo, respondió a una instrucción urgente del propio ministro, quien actuaba bajo presión directa de los Estados Unidos.
La maniobra fue tan crucial que incluso postergó la viaje del presidente Milei a Washington. La orden de Caputo a sus colaboradores fue clara y contundente: no se podía llegar a esa reunión con las manos vacías. La fuente de los dólares rápidos estaba en el campo, pero no a través de un diálogo constructivo, sino mediante una liquidación express de granos cuyas condiciones se fijaron de manera vertiginosa con corredores y exportadores. Funcionarios como Juan Pazo, de ARCA, y Sergio Iraeta, de la Secretaría de Agro, definieron montos tope y plazos perentorios.
Todo el operativo se enmarcó en la promesa de un salvataje por parte del gobierno de Donald Trump, negociado a través de su jefe del Tesoro, Scott Bessent. Inicialmente, la ayuda planteada era menor, pero la presión argentina logró incrementarla, con una condición ineludible: el país debía demostrar un respaldo propio de dólares genuinos. Fue entonces cuando Caputo aplicó su lógica: el dinero inmediato estaba en la cosecha sojera. Sin rodeos, el ministro les habría confesado a sus allegados que su prioridad eran los dólares, sin importarle las consecuencias para los productores.
La celebración inicial de gobernadores y entidades rurales, que creyeron en una medida beneficiosa hasta el 31 de octubre o hasta alcanzar los 7000 millones de dólares, duró poco. En la mesa chica de Rosario, el campo había ofertado un techo de 4000 millones, pero la exigencia del Gobierno fue de 10.000 millones. La cifra final de 7000 millones se pactó en una negociación que reflejó un marcado amateurismo, con cuentas urgentes hechas «a ojo», similar a la metodología utilizada con el FMI.
El miércoles, la operación tomó un nuevo giro. Tras un llamado de Bessent preocupado por las quejas de los granjeros estadounidenses, Caputo apuró a las cerealeras para completar el monto faltante en un solo día. Cerca de las once de la noche, el vocero presidencial, Manuel Adorni, anunciaba el «éxito récord» de la medida, omitiendo que se trataba de un cumplimiento forzoso de un acuerdo bajo presión. Horas después, la bronca estallaba en ambos hemisferios.
La Asociación Americana de la Soja emitió un enérgico comunicado advirtiendo que la medida favorecía a China, que compró grano a precios muy por debajo del mercado estadounidense. A nivel local, la desilusión fue mayúscula. El propio titular de la Sociedad Rural, Nicolás Pino, quien había apoyado la medida, se sintió sorprendido y traicionado. Sus llamadas al Ministerio de Economía fueron derivadas a colaboradores menores, dejándolo con la amarga sensación de haber sido engañado.
En los grupos de WhatsApp del sector, la crítica arreció. Productores, algunos alineados políticamente con el oficialismo, expresaron su frustración por una modalidad comercial que duró «un suspiro». Mientras el Gobierno intenta calmar los ánimos extendiendo la baja de retenciones para la carne, la herida abierta revela la profunda grieta entre un discurso oficial y una práctica que sacrifica al productor en el altar de la emergencia financiera. La operación sojera no fue un triunfo, sino la confesión de una extrema vulnerabilidad.
