Mientras el mercado celebra una bonanza especulativa, la economía de base se hunde con un cierre masivo de empresas y una sangría constante de empleos. La brecha entre los indicadores bursátiles y la crisis social se profundiza día a día.
El contraste no podría ser más severo. Mientras los mercados financieros vibran con un optimismo desatado tras los comicios de octubre, la economía tangible, aquella que da sustento a la mayoría de la población, permanece sumida en una crisis profunda y sin alterar su curso descendente. La voladura de raíz de las expectativas generó una contención del tipo de cambio y desató una fiebre de ganancias rápidas en los papeles, un fenómeno que el oficialismo exhibe con orgullo. Sin embargo, para los sectores que motorizan la producción y concentran el empleo a lo largo del territorio nacional, la situación continúa siendo catastrófica.
La causa primordial de este divorcio es el persistente deterioro del poder adquisitivo. Los ingresos de los trabajadores registrados continúan rezagados frente al avance de los precios, un fenómeno que se repite mes a mes y deja a las familias cada vez más lejos de poder sostener el consumo. Los adultos mayores, por su parte, también enfrentan una pérdida constante de su capacidad adquisitiva, agravada por la decisión oficial de mantener congelado un subsidio clave.
Ante un mercado interno que se contrae sin pausa y un Estado que aplica un ajuste severo, las compañías se encuentran acorraladas. Este escenario se ve agravado por una demanda que se desplaza progresivamente hacia productos importados, dejando a la industria local en una posición de extrema vulnerabilidad.
La consecuencia más lacerante de este panorama son los cierres y despidos, que se suceden con una frecuencia alarmante y son recibidos con una inquietante indiferencia por las autoridades nacionales, mientras una parte de la sociedad parece acostumbrarse a esta nueva normalidad. Desde los espacios oficialistas se construye un relato de estabilidad y un futuro promisorio, pero la evidencia concreta pinta un cuadro diametralmente opuesto.
La supuesta tregua que algunos esperaban tras las elecciones nunca llegó para la actividad económica. Por el contrario, la dinámica recesiva se mantiene incólume. La seguidilla de empresas que han cerrado sus puertas en menos de un mes es abrumadora y no deja lugar a dudas: para la producción y el trabajo, no existe ningún «rebote en V».
Esta misma semana, la firma de autopartes Dana, de origen estadounidense, decidió el cierre definitivo de su planta en San Luis, poniendo fin a tres décadas de operaciones y dejando en la calle a medio centenar de empleados. No fue un caso aislado. La sueca SKF, con más de cien años en el país, también bajó la persiana en su planta de Tortuguitas, una decisión marcada por la competencia importada y la falta de un horizonte claro para la industria.
Desde La Rioja llegaron noticias igualmente desoladoras. La textil Luxo abandonó el parque industrial, mientras que una fábrica de calzado y una productora de paneles solares, esta última con operaciones desde 1988, también cesaron sus actividades, sumando más de ciento cincuenta despidos directos. La competencia con productos chinos, cuyos precios resultan inalcanzables, fue un factor determinante.
La debacle no distingue por tamaño ni rubro. La multinacional Magnera, líder en artículos de higiene, anunció su retirada de la Argentina, citando el volátil contexto económico. En el sector comercial, cadenas emblemáticas como Frávega, Easy, Jumbo y Start han procedido al cierre de sucursales en múltiples provincias, dejando a cientos de trabajadores sin su fuente de ingreso.
Los datos macroeconómicos confirman esta tendencia devastadora. Desde el inicio de la actual gestión, casi veinte mil empresas han quebrado, a un ritmo de treinta por día, con la consiguiente pérdida de centenares de miles de puestos de trabajo registrados. Esta sangría no se ha detenido; se ha acelerado.
La mexicana Mabe cerró su planta en Córdoba; una láctea con setenta y cinco años de historia quebró; una fábrica de medias en Corrientes, una mermeladera en Mendoza y un frigorífico en Tres Arroyos son apenas una muestra de un fenómeno que se extiende por todo el país. Cada cierre es una tragedia local, una suma de proyectos truncados y futuros inciertos.
Mientras la City porteña festeja, la Argentina profunda se desangra. La prometida estabilidad es, por ahora, un espejismo que solo existe en las pantallas de los mercados, muy lejos de las fábricas silenciadas y los comercios vacíos que jalonan el mapa nacional.
