Usuarios explotan herramientas de Google y OpenAI para transformar fotografías de mujeres vestidas en imágenes falsas en bikini, evadiendo las políticas prohibitivas de las compañías. Investigaciones revelan una red de portales que comercializan este tipo de contenido, sostenida por gigantes tecnológicos de infraestructura y pagos.
Un nuevo y alarmante episodio de violencia digital impulsada por inteligencia artificial sacude la credibilidad de los controles éticos en la industria tecnológica. Usuarios inescrupulosos han manipulado herramientas de IA generativa de Google y OpenAI, específicamente Gemini y ChatGPT, para producir falsificaciones digitales íntimas de mujeres sin su autorización. La técnica consiste en subir fotografías comunes de mujeres completamente vestidas y, mediante instrucciones sencillas, solicitar a la inteligencia artificial que las transforme en imágenes que las muestran en traje de baño.
Este hecho no constituye un incidente aislado, sino que se inserta en una tendencia creciente y siniestra observada durante los últimos dos años. Diversos portales en internet han comercializado este servicio de desnudificación virtual, muchos de los cuales, aunque posteriormente bloqueados, operaron gracias al soporte indirecto de infraestructuras clave provistas por corporaciones líderes como Amazon, Cloudflare o PayPal.
La polémica estalló a partir de una publicación en Reddit, la conocida red de foros en línea, donde un usuario detallaba el método para lograr dichas transformaciones empleando Gemini. El hilo, que acumuló respuestas y seguidores, derivó en solicitudes concretas y ofensivas. Un caso que generó especial repudio fue la petición de modificar la imagen de una mujer vestida con un sari tradicional hindú para que apareciera en bikini, pedido que otro usuario cumplió al compartir la fotografía falsa generada.
Ante la consulta del medio especializado Wired, Reddit procedió a eliminar la publicación, alegando que sus reglas prohíben terminantemente la difusión de imágenes íntimas no consensuadas. No obstante, la velocidad y facilidad con la que se generó el contenido ilícito pusieron en tela de juicio la efectividad real de los filtros y salvaguardas implementados por los creadores de estas potentes inteligencias artificiales.
Pruebas realizadas por periodistas confirmaron que, a pesar de las declaraciones de principios, ambas plataformas permitieron la creación de estos deepfakes con órdenes simples en inglés. Google reiteró, a través de sus voceros, que posee una política clara que veta la generación de contenido sexual explícito y que sus herramientas continúan mejorando para reflejar esos lineamientos. Por su parte, OpenAI admitió haber relajado recientemente ciertas restricciones en torno a la generación de cuerpos adultos en contextos no sexuales, pero aseguró que la alteración de imágenes de personas sin su permiso está estrictamente prohibida, prometiendo sanciones como el bloqueo de cuentas para los infractores.
Esta situación parece ejemplificar una vez más la controvertida máxima de «actuar primero y pedir disculpas después» que critica a las grandes plataformas. Una investigación previa del portal Indicator, que analizó 85 sitios web dedicados a esta práctica, llegó a una conclusión elocuente: la viabilidad de estos negocios ilegítimos depende del acceso a servicios esenciales ofrecidos por los principales proveedores tecnológicos mundiales. Los investigadores Alexios Mantzarlis y Santiago Lakatos detallaron que la mayoría de estos sitios utilizaban servicios de alojamiento o entrega de contenido de Amazon y Cloudflare, mientras que sistemas de autenticación de Google y pasarelas de pago como PayPal o Coinbase facilitaban su operación y monetización.
El episodio deja al descubierto una brecha abismal entre las declaraciones éticas de las empresas creadoras de IA y la implementación práctica de barreras robustas. Mientras el desarrollo de estas herramientas avanza a velocidad vertiginosa, la protección de las personas, especialmente de las mujeres cuyo cuerpo es objeto de esta nueva forma de agresión digital, parece quedar relegada a un intento de remediación posterior, insuficiente y reactivo. La sociedad enfrenta el urgente desafío de exigir responsabilidad y transparencia en un ecosistema tecnológico cuyos frutos, en manos equivocadas, se convierten en instrumentos de daño.
