En una operación militar clandestina, fuerzas estadounidenses violaron la soberanía venezolana, capturaron a Nicolás Maduro y a su esposa, y dejaron un reguero de víctimas. El acto, justificado por Washington como una «acción necesaria», resurge como una profecía cumplida de Bolívar y reabre las heridas del intervencionismo en la región, planteando un escenario de confrontación inédito.
Una acción militar ejecutada bajo el manto de la noche ha conmocionado al continente y fracturado el ya debilitado orden internacional. En un ataque sincronizado y de una precisión devastadora, fuerzas especiales de los Estados Unidos irrumpieron en el espacio aéreo y territorial de Venezuela, llevando a cabo un operativo que culminó con el secuestro del presidente constitucional, Nicolás Maduro, y de la primera dama, la abogada Cilia Flores. La incursión, que según el diario The New York Times habría cobrado la vida de al menos cuarenta personas entre civiles y militares, constituye una violación flagrante de la soberanía nacional y evoca, con cruel ironía, la advertencia bicentenaria del Libertador Simón Bolívar: “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.
La capital venezolana, Caracas, cuna del prócer, fue sacudida en la madrugada del sábado por el estruendo de misiles y explosiones que iluminaron el cielo, una estampa de guerra que podría repetirse según lo anticipado por el propio mandatario estadounidense, Donald Trump. El blanco no se limitó al centro del poder político. Infraestructuras críticas como el puerto de La Guaira, la base aérea de La Carlota, el complejo militar de Fuerte Tiuna y una central de comunicaciones en El Volcán fueron alcanzadas, en una demostración de fuerza destinada a paralizar cualquier respuesta coordinada. Desde su residencia en Mar-a-Lago, Trump siguió el desarrollo de la operación en tiempo real, un espectáculo que luego celebró en una conferencia de prensa donde detalló una decisión que sumerge a la región en la lógica de un nuevo capítulo de la Guerra Fría, esta vez digitalizada y centrada en el control de recursos.
El móvil de esta agresión, disfrazado de lucha contra el narcoterrorismo, muestra su rostro más crudo en la ambición por las vastas riquezas naturales venezolanas, en particular las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Trump dejó en claro que su administración pretende administrar esos recursos directamente, marginando incluso a figuras opositoras tradicionales como María Corina Machado, a quien desestimó públicamente por carecer, a su juicio, del respaldo necesario. “No inspira respeto”, sentenció, despejando cualquier duda sobre quién pretende ostentar el control.
El procedimiento que desembocó en la captura del mandatario venezolano fue un relámpago de precisión militar: cuarenta y siete segundos de acción aérea basada en inteligencia de la CIA, con apoyo de helicópteros y misiles. Maduro y su esposa fueron extraídos del país y trasladados a una base militar en Nueva York, donde enfrentarán un juicio por narcoterrorismo, una farsa jurídica sin sustento en el derecho internacional. Imágenes de su llegada esposado al Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn circularon como trofeos de guerra, en un viaje que, según fuentes no confirmadas, incluyó una escala en la ilegal base naval de Guantánamo, Cuba.
La respuesta internacional no se hizo esperar, marcada por un amplio repudio. Líderes como Lula da Silva en Brasil y Gustavo Petro en Colombia —este último ordenando el cierre inmediato de la frontera común— condenaron la acción. Potencias como China y Rusia la calificaron de agresión inadmisible. En un contraste que subraya la selectividad de la justicia, el secretario general de la ONU, António Guterres, expresó una tibia preocupación por el quebrantamiento del derecho internacional, mientras Trump recibía en Mar-a-Lago al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, acusado formalmente por la Corte Penal Internacional.
En Caracas, la vicepresidenta Delcy Rodríguez, asumiendo interinamente el mando por decisión del Tribunal Supremo de Justicia, se dirigió a la nación con un discurso de firmeza. “Jamás volveremos a ser colonia”, proclamó, rodeada del Alto Mando Militar, reconociendo únicamente la autoridad de Maduro y desafiando al país agresor. Su tono desmintió la imagen de subalterna que Trump intentó adjudicarle, al sugerir que ella simplemente “administraría” el país durante una transición dirigida por Washington.
La sombra del comandante Hugo Chávez se cierne sobre este momento crítico. Sus recurrentes advertencias sobre las amenazas imperiales contra Venezuela, materializadas en golpes y desestabilizaciones, encuentran hoy una confirmación trágica. Mientras el fiscal general venezolano, Tarek William Saab, confirmaba la muerte de “víctimas inocentes” durante el asalto, Trump, rodeado de su estado mayor, lanzaba una nueva advertencia que congela la sangre: “Estamos preparados para un segundo ataque”. La frase, cargada de una teatralidad belicista, revela la verdadera naturaleza de una operación que ni siquiera buscó un barniz de legalidad.
El futuro inmediato de Venezuela y de América Latina se escribe ahora bajo la presión de una maquinaria de guerra aceitada y la determinación de un pueblo que ha jurado resistir. El juicio a Maduro en Nueva York parece tener un veredicto previsible. El desenlace de esta crisis continental, sin embargo, dependerá de la capacidad de los pueblos y gobiernos de la región para enfrentar, una vez más, los designios de un imperio que decide reescribir las reglas a fuerza de misiles y secuestros.
