Ni Javier Milei ni Karina asistieron al homenaje a Francisco, mientras que Victoria Villarruel se bajó a último momento para evitar cruzarse con Manuel Adorni. La Conferencia Episcopal respondió con una carta protocolares a la misiva presidencial, mientras el titular de los obispos, Marcelo Colombo, lanzó desde el altar un encendido llamado al diálogo y una crítica solapada a la “agresividad permanente” del poder.
En un acto convocado para honrar al papa Francisco, la ausencia más resonante no fue solamente la del primer mandatario, sino la de casi toda la cúpula política que suele disputarse la cercanía con la grey católica. El presidente Javier Milei y su hermana Karina, secretaria general de la Presidencia, permanecieron de gira en Israel, donde el jefe del Estado sorprendió al entonar un tema de Nino Bravo, mientras que en la basílica de Luján se desarrollaba una ceremonia que terminó revelando las fisuras más profundas del oficialismo. Tampoco se hizo presente la vicepresidenta Victoria Villarruel, a pesar de que su asistencia había sido confirmada hasta instantes previos al inicio del ritual. Según fuentes libertarias, la decisión de última hora respondió a una orden directa de Karina Milei impartida desde Tel Aviv: el gabinete debía concurrir en bloque para restar protagonismo a la titular del Senado, que había anticipado su participación con entusiasmo.
El malestar entre ambas facciones quedó expuesto cuando los ministros Alejandra Monteoliva, Diego Santilli, Mario Lugones y Carlos Presti hicieron su ingreso de manera conjunta, rodeando al polémico Manuel Adorni, el funcionario nacional más cuestionado de las últimas semanas por denuncias de corrupción que ahora también provienen de las entrañas del propio gobierno. Aquella ocasión se perfilaba para Adorni como una suerte de reconciliación pública, un blanqueo de su imagen ante la opinión pública, pero la estrategia se desmoronó con la repentina ausencia de Villarruel. La vicepresidenta, católica practicante, evitó así una fotografía incómoda a la par del vocero y, de paso, conquistó el centro de la conversación pública, justamente lo que el núcleo duro del oficialismo pretendía impedir.
Milei acumula un historial de insultos públicos hacia Francisco desde su época de panelista televisivo, un rosario de descalificaciones que contrasta con sus explícitos coqueteos con el judaísmo. Ese combo habría tornado insostenible cualquier gesto de acercamiento en el homenaje. Por el contrario, Villarruel cultiva una devoción católica que la acerca naturalmente a los círculos eclesiásticos. La otra ausente relevante del gabinete fue la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, en franca rebeldía con respecto a las directrices de Karina Milei. En las últimas semanas, la funcionaria acumuló gestos de autonomía que encendieron todas las alarmas, siendo el más explosivo el despido de su jefe de gabinete, Leandro Massaccesi, por haber accedido a uno de los escandalosos préstamos hipotecarios del Banco Nación. La relación de Pettovello con la Iglesia tampoco atravesó su mejor momento: a principios de 2024 se descubrió que retenía en galpones mercadería próxima a vencerse mientras el hambre azotaba los barrios populares, una situación que derivó en causas judiciales y condenas contra la propia ministra y otros colaboradores. Para intentar apagar el incendio, Pettovello despidió al entonces secretario de Niñez y Adolescencia, Pablo De La Torre, hombre de estrecho vínculo con la curia. Quienes se pusieron al frente del reclamo de “repartan la comida” fueron los integrantes del Equipo de Curas Villeros, que respondían directamente a Francisco, junto a los más combativos e inconducibles Curas en Opción Preferencial por los Pobres.
El presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Marcelo Colombo, aprovechó su homilía para realizar un recorrido detallado por los hitos del papado de Francisco, desde su temprana presencia en Lampedusa como gesto hacia los inmigrantes y refugiados en 2013 hasta su célebre recomendación a los jóvenes en Río de Janeiro: “Hagan lío”. Pero el tono del sermón adquirió una dimensión política ineludible cuando Colombo se refirió a “aquellos que no lo trataron bien o no estuvieron a la altura” y convocó a terminar con “la agresividad permanente en el lenguaje y los gestos”. La cita de las encíclicas del pontífice argentino funcionó como un alegato en defensa del diálogo frente al ya desgastado estilo presidencial. “Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el verbo dialogar”, recordó Colombo tomando el número 198 de la Fratelli tutti. Y añadió, en referencia al mismo documento: “La falta de diálogo implica que ninguno, en los distintos sectores, está preocupado por el bien común, sino por la adquisición de los beneficios que otorga el poder, o en el mejor de los casos, por imponer su forma de pensar. Los héroes del futuro serán los que sepan romper esa lógica enfermiza y decidan sostener con respeto una palabra cargada de verdad, más allá de las conveniencias personales”.
Mientras tanto, el presidente Milei había enviado una carta alusiva a la fecha, a la que la Conferencia Episcopal respondió con una misiva protocolar donde se lee: “Le agradecemos sinceramente sus palabras en esta fecha tan significativa”, cerrando con un ruego por “el futuro de nuestra Nación, y especialmente por la paz en el mundo”. El contraste entre la frialdad de esa respuesta diplomática y la calidez que suele despertar la figura de Francisco en los fieles dejó en evidencia la distancia sideral que separa al actual gobierno de la tradición católica argentina. En Luján, la silla vacía de los poderosos habló más fuerte que cualquier discurso.
