CRISIS ATLÁNTICA: EUROPA REACCIONA TRAS LA OFENSIVA DE TRUMP SOBRE GROENLANDIA

CRISIS ATLÁNTICA: EUROPA REACCIONA TRAS LA OFENSIVA DE TRUMP SOBRE GROENLANDIA

La advertencia de Dinamarca sobre el posible colapso de la OTAN y las tibias muestras de unidad comunitaria tensionan la relación tras el ataque a Venezuela.

Una Europa tradicionalmente fragmentada y dubitativa comienza a mostrar los primeros síntomas de alerta ante la escalada de acciones unilaterales por parte de la administración estadounidense. El secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y de su esposa, Celia Flores, seguido de la operación militar en el país sudamericano, había sumido al bloque comunitario en un profundo desconcierto. Sin embargo, las recientes declaraciones del presidente Donald Trump respecto a Groenlandia parecen haber tocado una fibra sensible en el Viejo Continente.

Este miércoles, la reunión conjunta de los ministros de Asuntos Exteriores de Francia, Alemania y Polonia marcó un punto de inflexión en la hasta ahora vacilante postura europea. El encuentro coronó una serie de consultas y comunicados emitidos por varias capitales contra una eventual intervención de Estados Unidos en el territorio autónomo danés, cuya riqueza en recursos energéticos y minerales estratégicos —especialmente tierras raras— despierta un creciente interés en Washington. “Aspiramos a articular una respuesta conjunta con nuestros socios europeos. Groenlandia es un espacio europeo y permanecerá como tal. No constituye un bien transable”, afirmó el canciller francés, Jean-Noël Barrot.

La víspera, en una inusual crítica abierta a la política exterior de Trump, naciones como España, Francia, Alemania, Italia, Reino Unido y Polonia, junto a los representantes de los países nórdicos y Canadá, habían expresado su respaldo explícito a Dinamarca y a Groenlandia. “Groenlandia corresponde a su población. Únicamente Dinamarca y Groenlandia poseen la legitimidad para determinar el futuro de sus vínculos”, rezaba una declaración conjunta.

En un esfuerzo por dotar de mayor contundencia a estos tardíos posicionamientos, la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, lanzó una advertencia sin precedentes: cualquier agresión estadounidense contra Groenlandia podría desembocar en la disolución de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. “Deseo ser categórica: tomamos al pie de la letra las palabras de Trump cuando manifiesta su ambición sobre Groenlandia. Pero también debo dejar constancia de que, si esto llegara a ocurrir, si Estados Unidos optara por atacar militarmente a otro miembro de la OTAN, supondría el término de todo, lo que incluye a la propia Alianza y, por ende, al sistema de seguridad edificado tras la Segunda Guerra Mundial”, sostuvo Frederiksen.

Resulta difícil pronosticar si esta admonición y el incipiente atisbo de cohesión europea, el primero desde la ofensiva militar contra Venezuela, lograrán disuadir a Trump, quien el pasado domingo fue explícito respecto a su anhelo de apoderarse de la isla. “Estados Unidos requiere de manera imperiosa a Groenlandia”, aseguró el mandatario. Ante estas afirmaciones, tanto la jefa de gobierno danesa como el premier groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, solicitaron una reunión de emergencia con el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio.

Este miércoles, Rubio eludió responder a las preguntas de la prensa sobre una potencial acción militar contra el territorio ártico, aunque confirmó que se entrevistará con delegados de Dinamarca la próxima semana.

¿Amenaza o fascinación letal?
Para Trump, la posibilidad del desmoronamiento de la OTAN podría resultar incluso atractiva. Durante su primer mandato y, con mayor intensidad en el actual, ha criticado de forma recurrente a la Alianza Atlántica, tildándola de lastre financiero para Estados Unidos y exigiendo —con éxito parcial— que el resto de los miembros incrementen su aportación al presupuesto colectivo de defensa.

No obstante, con la volatilidad que lo caracteriza, el presidente utilizó este miércoles su red social Truth Social para reafirmar, de manera simultánea, su apoyo a la organización. “Rusia y China no temerían a la OTAN sin Estados Unidos. A los entusiastas de la OTAN, deseo recordarles que sus integrantes aportaban un 2% de su Producto Interior Bruto HASTA QUE YO LLEGUÉ”, escribió, empleando mayúsculas para enfatizar su afirmación —un narcisismo de proporciones desmesuradas, amplificado tras la operación en Venezuela—.

Naturalmente, dada la imprevisibilidad de sus declaraciones, no existen garantías de que respete este compromiso o de que no utilice otro pretexto para desdecirse, combinándolo con amenazas intimidatorias que le han reportado notables éxitos en el ámbito comercial con la Unión Europea. La UE negoció de forma sumisa para que Washington redujera sus aranceles proyectados del 30% al 15% para la mayor parte de sus productos, incluyendo el núcleo de su industria automovilística, con un apartado del 50% para el acero y el aluminio.

El resultado de estas tratativas dejó en una posición comprometida a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Si logró conservar su cargo se debe, en parte, a que la cuestión arancelaria es técnica y opaca, susceptible de ser maquillada con retórica. La soberanía, en cambio, representa un territorio tangible. La Unión Europea maneja un margen de actuación reducido. Su diplomacia, entorpecida por la necesidad de conciliar los intereses de veintisiete países, no ha brillado hasta el momento. La crisis de Groenlandia podría ser su prueba de fuego definitiva.

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