Tras las elecciones de octubre, los precios avanzan contra los pronósticos oficiales. Un repunte en alimentos básicos en los barrios más humildes, combinado con una nueva fórmula del IPC que podría develar cifras alarmantes, expone la crudeza de una batalla económica que se aleja del control libertario. Mientras los salarios se hunden, el fantasma de la recesión no frena la escalada de precios.
Desde la consolidación electoral de La Libertad Avanza en octubre del año pasado, la dinámica de los precios ha tomado una dirección opuesta a las expectativas gubernamentales. Lejos de amainar, la inflación muestra una persistencia que comienza a dominar el escenario económico, desmintiendo las teorías que atribuían la volatilidad únicamente a la tensión política. Los números revelan incrementos sostenidos, incluso en un contexto de demanda deprimida, lo que configura un desafío mayor para la administración de Javier Milei.
La situación adquiere un matiz especialmente crítico en los comercios de barrio, donde la mayoría de la población realiza sus compras diarias. Precisamente en estos establecimientos, vitales para los sectores más castigados por la crisis, los alimentos han experimentado remarcaciones de entre un dos y un ocho por ciento en las primeras semanas de enero. Este fenómeno no solo contradice la histórica estabilidad de precios en períodos de baja demanda, sino que evidencia una presión inflacionaria que golpea con mayor fuerza a los bolsillos más debilitados. Fernando Savore, vicepresidente de la Cámara de Almaceneros Bonaerenses, advirtió sobre el impacto: “Todo es pesado para un bolsillo debilitado. Los sueldos no acompañaron el año pasado a la inflación, por lo cual el ingreso se deprime cada vez más”.
Paralelamente, el Instituto Nacional de Estadística y Censos se apresta a implementar una nueva metodología para calcular el Índice de Precios al Consumidor, acordada con el Fondo Monetario Internacional. Este cambio, que otorgará mayor peso a rubros como Servicios, Vivienda y Transporte, podría deparar una sorpresa desagradable para las autoridades. Fuentes internas del Gobierno especulan con que la inflación general de enero podría superar el tres por ciento, un umbral que, de confirmarse, pondría en jaque la meta anual proyectada en el Presupuesto. De hecho, si la tendencia se mantiene, en apenas cuatro meses se consumiría la totalidad del aumento previsto para todo el año 2026.
Este escenario ridiculiza la premisa central del discurso oficial que atribuye la inflación pura y exclusivamente a un fenómeno monetario. La realidad muestra que, a pesar de un ajuste fiscal severo, una emisión monetaria contenida y una recesión en curso, los precios no ceden. Por el contrario, se recalientan en los sectores más sensibles, como los alimentos básicos. Consultoras privadas coinciden en registrar alzas sostenidas en verduras, frutas y carnes, con proyecciones para enero que rondan el 2.8% solo en ese rubro.
La contracara de esta dinámica es el desplome del poder adquisitivo. Los salarios acumulan una pérdida significativa frente a la inflación desde el cambio de gobierno, profundizando una crisis social de vastas proporciones. Un informe de la Universidad de Buenos Aires reveló que casi ocho de cada diez argentinos perciben ingresos inferiores al millón de pesos, mientras que para cubrir las necesidades mínimas de una familia tipo se requieren, según cálculos de los propios trabajadores del INDEC, más de dos millones de pesos mensuales. Esta brecha abismal se traduce en un aumento alarmante del endeudamiento y la morosidad familiar, según admitió recientemente el Banco Central.
En este contexto, la inflación deja de ser una mera variable económica para convertirse en un termómetro de la desesperanza. Los precios que no retroceden, aun con la economía en terapia intensiva, y los ingresos que se evaporan pintan un cuadro donde la teoría choca con un país real cuyas urgencias parecen escaparse del manual. El Gobierno enfrenta así no solo un fracaso estadístico, sino la materialización de un costo de vida que ahoga a la población y desafía los fundamentos de su programa económico.
