Intelectuales alertan sobre un proyecto estratégico que busca disociar el modelo económico de la democracia y redefinir al ser humano mediante la fusión con la tecnología.
En un análisis profundo del clima político e ideológico contemporáneo, el pensador Jorge Alemán ha propuesto una reflexión urgente sobre el ocaso definitivo de una célebre tesis del siglo pasado. La famosa hipótesis del “Fin de la Historia”, popularizada por Francis Fukuyama a partir de lecturas hegelianas, ha quedado obsoleta, no por el surgimiento de nuevos conflictos, sino por una transformación radical en la naturaleza misma del sistema capitalista. Aquel pronóstico no anunciaba la inexistencia de eventos futuros, sino que consagraba a la democracia liberal y al capitalismo como el horizonte insuperable de la civilización, el punto de llegada absoluto.
Sin embargo, según Alemán, ese paradigma ha sido superado por un giro sustancial en los mecanismos del poder económico. Las mega corporaciones de la actualidad impulsan iniciativas que trazan un rumbo inédito y audaz. Su objetivo primordial es la disociación estructural entre el capitalismo y la democracia, promoviendo bajo una fachada de normalidad parlamentaria una forma renovada y permanente de estado de excepción.
Pero el proyecto más trascendental, y a la vez más estratégico, reside en una ambición de alcance antropológico. Los grandes conglomerados tecnológicos aspiran a modificar al ser humano histórico, sustituyéndolo por un nuevo híbrido. En este modelo, la subjetividad, el cerebro y las prácticas lingüísticas se conectarían de manera íntima y programada con artefactos digitales. Este horizonte es teorizado por los gurús de la élite tecnológica bajo el enigmático concepto de la “Singularidad”, mientras que corrientes intelectuales como la denominada “ilustración oscura” imaginan la superación de lo humano a través de un transhumanismo que fusiona sujeto, máquina y algoritmos, gestando una mutación sin precedentes en la definición de la vida.
Así, el poder capitalista contemporáneo no solo persigue nuevas formas de dominación, sino que anhela extinguir la política y los deseos de emancipación que han caracterizado a la humanidad. Este nuevo régimen, vislumbrado en la retórica y las alianzas del trumpismo, sueña con un mundo más allá de la Historia, tal como se la entendía.
No obstante, el análisis concluye con un matiz de esperanza crítica: existen fundamentos para considerar que este proyecto totalizador podría fracasar, y que los ideólogos de esta nueva era, al igual que Fukuyama en su momento, terminarán equivocándose en sus predicciones. Pero el autor advierte que esta posibilidad es, por ahora, apenas un escenario incierto en un panorama de transformaciones vertiginosas y desafíos políticos aún por definir.
