Milei, un soldado de Trump en una cumbre de segunda línea

Milei, un soldado de Trump en una cumbre de segunda línea

El Presidente asistirá el jueves al Board of Peace convocado por el mandatario norteamericano, un organismo que compite con Naciones Unidas y que fue rechazado por las principales potencias mundiales. Será el decimocuarto viaje del libertario a Estados Unidos, en una relación signada por concesiones argentinas sin contraprestaciones equivalentes.

La diplomacia argentina atraviesa su momento más controvertido desde la asunción de Javier Milei. El jefe de Estado confirmó su presencia el próximo jueves 19 de febrero en Washington, convocado por Donald Trump para participar del Board of Peace, una iniciativa del presidente norteamericano que busca erigirse como alternativa a las Naciones Unidas pero que, a simple vista, nace con un respaldo más que magro.

El flamante organismo, bautizado como «Junta de la Paz», carece de la adhesión de las principales potencias globales. Europa, Rusia, China, Brasil y México dijeron no al convite, mientras que Italia ensayó una respuesta ambivalente: Giorgia Meloni aclaró que su país no puede integrarse formalmente por razones constitucionales, aunque finalmente se presentará como observadora para no desairar por completo al magnate republicano.

La nómina de países que aceptaron formar parte del Board resulta elocuente acerca de su perfil: Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Qatar, Bahrein, Turquía, Marruecos, Pakistán, Uzbekistán, Bielorrusia, Mongolia, Kuwait, Kosovo, Kazajistán, Jordania, Indonesia, Egipto, El Salvador, Camboya, Bulgaria, Armenia y Hungría completan un listado donde predominan monarquías absolutas, exrepúblicas soviéticas y naciones con bajísimas calificaciones en materia democrática. Los propios demócratas estadounidenses ya lo han bautizado despectivamente como el «Board de Tiranos». Israel se sumó hace apenas tres días, aunque Benjamin Netanyahu no viajará a la capital norteamericana.

El rotundo fracaso diplomático de Trump se evidencia en la ausencia de todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Ni Reino Unido, ni China, ni Rusia, ni Francia integran la iniciativa. Los únicos representantes europeos serán Hungría y Bulgaria, mientras que desde la perspectiva argentina resulta particularmente llamativa la exclusión de Brasil —el principal socio comercial del país—, México y prácticamente la totalidad de las naciones latinoamericanas. Paraguay y El Salvador figuran entre los invitados, aunque sus presidentes todavía no confirmaron asistencia.

La negativa italiana representó un golpe significativo para las aspiraciones trumpistas. Meloni explicó que su país no puede incorporarse a ninguna organización donde Italia posea menos facultades que el resto de los integrantes. En el Board, efectivamente, Trump ostentará el cargo de presidente vitalicio, incluso cuando abandone la Casa Blanca, lo que elimina cualquier posibilidad de equivalencia o mecanismos electivos. El intento de la primera ministra de suavizar su postura anunciando participación como observadora despertó críticas tanto en Italia como en el resto del continente europeo.

Las Naciones Unidas, por supuesto, no enviarán representante oficial alguno. La organización percibe con claridad que el Board constituye un armado que compite directamente con sus funciones, limando su autoridad. Si bien es cierto que la ONU atraviesa un período de ostensible debilitamiento, congrega a 195 países, mientras que la criatura de Trump apenas supera la treintena.

Un obstáculo legal en el camino

En la Cancillería argentina, sin embargo, las preocupaciones trascienden las cuestiones de prestigio internacional. La consejera legal del Ministerio de Relaciones Exteriores, Delia Gómez Durán, elevó una advertencia formal al canciller Pablo Quirno acerca de la inconveniencia de coincidir en un organismo con Kosovo. El argumento jurídico resulta contundente: Argentina no reconoce la independencia kosovar en virtud del principio de integridad territorial, exactamente el mismo fundamento que resulta clave para la defensa de la soberanía sobre las Islas Malvinas. Validar la participación junto a Kosovo en cualquier foro internacional implica, cuando menos, una peligrosa inconsistencia argumental para la posición argentina en la cuestión Malvinas.

Socios en declive

La estrategia de alineamiento incondicional con Washington presenta un costo adicional cuando se examinan las actuales circunstancias políticas del propio Trump. Durante la última semana se publicaron media docena de encuestas en Estados Unidos, todas con resultados adversos para el mandatario republicano. Algunos sondeos muestran números catastróficos: Associated Press-NORC, en colaboración con la Universidad de Chicago, reveló que el 60 por ciento de los norteamericanos considera que el país transita por un camino equivocado, contra apenas un 38 por ciento que aprueba la gestión. Los republicanos, además, acumulan ocho derrotas consecutivas en elecciones parciales, incluso en distritos tradicionalmente conservadores como Miami o ciertos condados de Texas donde los demócratas no ganaban desde hacía décadas.

El caso de Viktor Orban, otro de los aliados predilectos de Milei, exhibe una trayectoria similar. El primer ministro húngaro enfrenta un panorama electoral complejo de cara a los comicios de abril. El partido Tisza, encabezado por Peter Magyar, registra un 53 por ciento de intención de voto contra apenas un 37 por ciento del oficialismo. La consigna de campaña resulta elocuente: «Make Hungary European Again» (Hagamos que Hungría vuelva a Europa), una frase que pone el acento en la crítica a la alianza Orban-Trump y el distanciamiento del resto del continente.

En el círculo rojo internacional se considera que los dos únicos aliados verdaderamente incondicionales de Trump son, precisamente, Orban y Milei. Una compañía que, a juzgar por los números, podría resultar electoralmente tóxica.

La Casa Rosada, por supuesto, puede argumentar que las encuestas no son más que eso y que lo concreto, lo tangible, fue el auxilio que Trump prestó a Milei para evitar una derrota en octubre pasado. Ese salvataje, sin embargo, tiene consecuencias que se pagan caro.

Una Cancillería reducida a mera escribanía

La política exterior del gobierno libertario, bajo la conducción de Pablo Quirno, parece haberse simplificado a una fórmula elemental: viajar cuando Trump convoca y firmar lo que Trump solicita. Tal como anticipó este medio hace exactamente un mes, el 5 de febrero Quirno estampó su firma en un acuerdo que concede ventajas sustanciales a Estados Unidos y sus corporations para la explotación de minerales críticos —fundamentalmente litio y cobre— y, eventualmente, de las denominadas tierras raras. El secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, justificó la necesidad de este entendimiento argumentando que dichos recursos constituyen «una cuestión de seguridad nacional» para Washington, lo que implica, en los hechos, marginar a China de cualquier posibilidad de acceso.

Días después se rubricó el pomposamente denominado «acuerdo comercial», cuyas cláusulas menores revelan un desequilibrio notable. El analista Andrés Malamud, de la Universidad de Lisboa, contabilizó 113 ocasiones en que el texto establece «la Argentina deberá» y apenas siete instancias donde se lee «Estados Unidos deberá». Una asimetría que define por sí sola la naturaleza del entendimiento.

Lo más grave, sin embargo, no reside únicamente en los términos específicos del acuerdo sino en el nivel de ruptura que implica con Brasil y los socios regionales. Itamaraty, la cancillería brasileña, analiza actualmente si el pacto Argentina-EE.UU. entra en conflicto con las normas del Mercosur, dado que supone la eliminación de aranceles que debieron negociarse de manera conjunta y no mediante decisiones unilaterales. Existen además disposiciones relativas a patentes y estándares técnicos que debilitan normas cuidadosamente protegidas por el bloque sudamericano.

Las contraprestaciones

A cambio de estas concesiones de soberanía y del deterioro de la confianza internacional —la Cancillería argentina gozaba de un prestigio notable antes del desembarco mileísta—, la Casa Rosada cosechó el ya célebre rescate de octubre, protagonizado por el secretario del Tesoro, Scott Bessent, mediante un swap cuyos detalles permanecen en la más absoluta reserva. ¿Cuáles fueron los intereses que llevaron a Bessent a declarar que Estados Unidos obtuvo ganancias con esa operación? ¿Qué oscuro manejo de los fondos públicos y del oro del Banco Central se encubrió bajo ese paraguas?

El episodio más reciente de esta particular relación fue el paso por Buenos Aires de una misión del Fondo Monetario Internacional que regresó a Washington sin emitir palabra sobre la manipulación del índice de precios. El propio organismo había exigido la actualización de esa variable, pero la delegación abordó el avión de regreso sin opinar sobre el índice Caputo. Silencio elocuente.

La sombra de la Casa Blanca sobre la justicia

En un plano de menor exposición pública, comienzan a vislumbrarse los efectos de la influencia estadounidense en causas judiciales de trascendencia para el gobierno, el propio Milei y su hermana Karina.

En Texas se cocina a fuego lento el acuerdo entre Fred Machado y los fiscales. El narco-amigo de José Luis Espert —candidato libertario— se declarará culpable de buena parte de las imputaciones, en el marco de una negociación avanzada con el ministerio público. El juez Amos Mazzant otorgó un plazo de 90 días para que las partes continúen las conversaciones, aunque estableció fechas tentativas para el inicio del juicio —8 de junio, 13 de julio o 20 de julio— en caso de que no haya entendimiento. Se trata, sin embargo, de una mera amenaza procesal. El acuerdo está encaminado y Machado proporcionará información sobre Espert y las campañas libertarias. Resulta incontrovertible que el principal candidato de Milei recibió transferencias del narcotraficante y utilizó en decenas de ocasiones sus aeronaves. Una mano amiga desde Texas podría resultar decisiva.

El sábado último se cumplió un año del estallido del caso Libra. El expediente en Estados Unidos permanece prácticamente inmóvil, a pesar de que la estafa afectó a millares de personas. Se aduce, extraoficialmente, que al estudio jurídico que representa a los perjudicados solo le interesa la restitución de los fondos, motivo por el cual no impulsa acciones penales contra Hayden Davis —socio de Milei en la aventura— ni contra el Presidente ni contra Karina. Las explicaciones resultan, cuando menos, endebles.

En el proceso por la privatización de YPF, en cambio, el gobierno de Trump jugó a favor de la Argentina mediante la presentación de un escrito respaldando la postura nacional. Se trata de un litigio en curso por miles de millones de dólares, donde el apoyo estadounidense resulta inestimable.

El marketing político norteamericano insiste en la independencia del poder judicial. Basta observar el descarado manejo de la causa del pederasta Jeffrey Epstein para comprender que en el país del Norte también funciona un descomunal Comodoro Py, casi siempre al compás de la larga mano de la Casa Blanca.

El decimocuarto viaje

El jueves, Javier Milei concretará su decimocuarta visita a Estados Unidos desde que asumió la presidencia. Será, como las anteriores, un viaje marcado por la sintonía ideológica con la derecha internacional y, fundamentalmente, por la disposición a acatar lo que Trump ordene. A eso ha quedado reducida la política exterior del gobierno libertario y, por extensión, la representación internacional de la Argentina.

Mientras las grandes potencias desdeñan la convocatoria trumpista y los principales socios comerciales del país observan con preocupación este alineamiento incondicional, el Presidente argentino se prepara para hacer fila en Washington junto a monarcas absolutos y mandatarios de dudosa reputación democrática. El Board of Peace, esa criatura geopolítica que nace muerta, tendrá sin embargo un soldado argentino en sus filas. Y eso, para la diplomacia nacional, tiene un precio que recién comenzamos a conocer.

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