La Casa Blanca frena el ataque a Irán: Trump quiso bombardear, pero el Pentágono no estaba listo

La Casa Blanca frena el ataque a Irán: Trump quiso bombardear, pero el Pentágono no estaba listo

En una reveladora muestra de las tensiones internas en la administración, altos mandos militares solicitaron al presidente posponer cualquier acción bélica para reforzar las debilitadas defensas en Medio Oriente. Mientras la diplomacia intenta abrirse paso, el Departamento de Defensa acelera un despliegue masivo de fuerzas sin precedentes en los últimos años.

La última amenaza del presidente Donald Trump contra Teherán dejó al descubierto una verdad incómoda para la maquinaria bélica estadounidense: a pesar de la retórica incendiaria, el Pentágono carecía de la capacidad inmediata para respaldar las palabras de su comandante en jefe. Cuando el mandatario lanzó un ultimátum el mes pasado, exigiendo a la República Islámica detener su programa nuclear bajo la amenaza de un ataque inminente, los generales se vieron obligados a pedir tiempo.

El escenario que pintaron los asesores de seguridad nacional ante el líder de la nación era el de un territorio aliado vulnerable. Los aproximadamente treinta y cinco mil efectivos estadounidenses desplegados en una decena de enclaves estratégicos a lo largo de Medio Oriente se encontraban peligrosamente expuestos. Los sistemas antiaéreos, esenciales para contrarrestar una previsible andanada de represalias iraníes, eran insuficientes. Peor aún, el grueso de la aviación de combate necesaria para una operación de la envergadura que Trump sugería permanecía estacionada en bases dentro del continente europeo y en el territorio continental de Estados Unidos. La larga huella de dos décadas de conflictos en la región se había desvanecido; gran parte del material bélico que una vez saturó la zona, incluso el utilizado en campañas recientes contra los hutíes, había sido repatriado o redistribuido.

Fue entonces cuando la cúpula de seguridad nacional propuso al presidente un compás de espera, según confiaron tres fuentes gubernamentales familiarizadas con las deliberaciones. La premisa era clara: reconstruir el escudo protector en las once naciones que podrían sufrir el embate de la furia persa antes de desenfundar la espada. “El señor Trump sopesa todas las alternativas disponibles en lo que respecta a Irán”, declaró Anna Kelly, portavoz de la residencia presidencial, tratando de matizar la situación. “Escucha diversas opiniones sobre cada asunto, pero la determinación final la toma considerando el bienestar de la nación y la integridad de su seguridad”.

Ahora, mientras la Casa Blanca coquetea con la opción castrense ante un eventual fracaso de las gestiones diplomáticas para resolver las discrepancias en torno al programa atómico y el desarrollo de misiles de Teherán, el Pentágono aprovecha cada minuto para materializar la «armada» que el propio presidente anunció. En las últimas tres semanas, el silencioso pero frenético movimiento de activos militares dibuja un mapa de presión. Ocho destructores equipados con tecnología Aegis, capaces de interceptar proyectiles balísticos, surcan ya las aguas de la zona. A ellos se suman baterías terrestres antimisiles y sumergibles furtivos cargados con misiles de crucero Tomahawk, listos para perforar las defensas iraníes.

Este despliegue no es meramente ofensivo. Altos cargos castrenses subrayan que la prioridad ha sido tejer un paraguas protector, anticipando la casi segura respuesta iraní. Un experimentado oficial militar describió la maniobra con una metáfora doméstica: «estamos poniendo la casa en orden».

En un principio, la justificación esgrimida por Trump para una intervención fue la protección de los manifestantes que desafiaban al régimen teheraní. Sin embargo, esa narrativa ha mutado. “Se retractó de su declaración de que Estados Unidos estaba ‘preparado y dispuesto’ a defender a los opositores”, apunta Vali Nasr, destacado iranólogo de la Universidad Johns Hopkins. El foco ha retornado al expediente nuclear, ese que los líderes persas insisten en que posee únicamente fines civiles. La consecuencia de esta retórica belicista prematura, según Nasr, ha sido doblemente peligrosa: “Puso sobre la mesa la guerra antes de que el ejército estuviera listo. Pero al hacerlo y tener que retroceder para prepararse, también alertó a Irán, otorgándole un margen para fortalecer la credibilidad de sus propias amenazas de venganza”.

Voces autorizadas del gobierno matizan que el presidente aún no ha firmado ninguna orden de ataque. De hecho, tras entrevistarse con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, Trump escribió en su red social que no se alcanzó «nada concluyente, salvo mi insistencia en que prosiguieran las negociaciones». No obstante, en la trastienda del poder, los planificadores militares barajan distintas hipótesis de conflicto. Estas van desde bombardeos quirúrgicos contra las instalaciones atómicas y la infraestructura de misiles balísticos, hasta incursiones de comandos de élite para neutralizar objetivos específicos.

Pero antes de ejecutar cualquiera de estos planes, la prioridad absoluta es el rearme defensivo. Esto implica trasladar sistemas Patriot y THAAD no solo a la gigantesca base aérea de Al Udeid, en Qatar, ya castigada por Irán el año pasado, sino también a los contingentes desplegados en Irak, Baréin, Kuwait y Jordania. El general retirado Joseph Votel, otrora jefe del Mando Central, lo explica con claridad: «Defensivamente, debemos asegurarnos, antes de dar cualquier paso, de que nuestros escudos están en orden. Solo así podremos hacer frente a la inevitable respuesta que se dirigirá contra nuestros intereses o los de nuestros socios».

La acumulación de fuerzas es evidente. El portaaviones Abraham Lincoln, corazón de un grupo de batalla con una decena de buques, navega vigilado de cerca por drones iraníes. Precisamente, un caza de la Armada derribó uno de estos aparatos no tripulados el pasado 3 de febrero al considerarlo una amenaza. Sus alas furtivas F-35 y los cazabombarderos F/A-18 se mantienen en posición de ataque. Además, una docena de aviones F-15E han sido enviados como refuerzo. La noticia más reciente es la orden dada a la tripulación del segundo portaaviones, el USS Gerald R. Ford, para que abandone el Caribe y ponga rumbo a Oriente Próximo, sumándose a la presión.

En territorio continental, los bombarderos estratégicos B-2, capaces de alcanzar cualquier punto del planeta, permanecen en un nivel de alerta inusualmente alto, una medida adoptada hace casi un mes. Los analistas militares buscan más pistas: el incremento de aviones cisterna para reabastecimiento en vuelo y la presencia de EA-18 Growlers, especializados en suprimir defensas antiaéreas enemigas, en Jordania son indicios inequívocos de que se está perfilando una capacidad de combate seria. Del mismo modo, el posible desplazamiento de un submarino lanzamisiles desde el Mediterráneo hacia el mar Rojo o el Arábigo sería la señal definitiva de que la opción militar ha pasado de la teoría a la práctica, dada su capacidad para lanzar hasta 154 Tomahawk.

Para Kenneth F. McKenzie, general retirado de la Infantería de Marina y predecesor de Votel al frente del Mando Central, Teherán no subestimará estos movimientos. La memoria de los iraníes, asegura, es larga y asocia a Trump con acciones contundentes: el bombardeo de tres de sus instalaciones atómicas el pasado junio y la muerte del poderoso general Qasem Soleimani en 2020. “Los iraníes le temen porque mató a Soleimani y atacó sus centros nucleares”, sentencia McKenzie. “Le temen porque actúa de forma directa”. Ahora, con la maquinaria bélica engrasándose, la pregunta es si esa temida acción directa llegará a materializarse.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *