El ocaso de un gigante: Fate apaga sus hornos tras ocho décadas y deja en la calle a 900 operarios

El ocaso de un gigante: Fate apaga sus hornos tras ocho décadas y deja en la calle a 900 operarios

La tradicional fábrica de neumáticos de capital nacional, ubicada en San Fernando, anunció su cierre definitivo, poniendo punto final a una historia centenaria. La decisión de la familia controlante no solo deja sin sustento a más de 900 familias, sino que destapa una profunda crisis interna donde la pérdida de poder adquisitivo y la incertidumbre venían carcomiendo la moral de la fuerza laboral desde hacía más de un año.

El histórico edificio de Fate en la localidad bonaerense de San Fernando ha detenido sus maquinarias para siempre. La noticia, confirmada en las últimas horas por el directorio de la compañía, apaga 80 años de tradición fabril en un contexto de tormenta perfecta para el sector. Si bien la crisis de la industria automotriz y la apertura importadora fueron los argumentos esgrimidos por la conducción de los Madanes Quintanilla, el relato de los protagonistas deja al descubierto una realidad interna de deterioro silencioso que afectaba con crudeza a los trabajadores de mayor antigüedad.

Para aquellos hombres y mujeres que entregaron más de tres décadas de su vida a la elaboración de cubiertas, la clausura de la planta es un drama de múltiples aristas. No es únicamente la pérdida abrupta de la fuente laboral; es también el final de un largo calvario signado por el congelamiento de los ingresos y el desgaste físico.

El salario que no alcanza: un año sin aumentos en plena inflación

Un trabajador con 32 años de trayectoria dentro de la fábrica percibía, al momento del cierre, un salario neto mensual cercano a 1,7 millones de pesos. En términos absolutos, la cifra podría parecer competitiva en comparación con otros segmentos de la industria, pero la realidad que describen los empleados es muy distinta. Detrás de ese número se esconde una parálisis de más de 14 meses en las paritarias, un período en el que la escalada inflacionaria licuó por completo el poder de compra.

Jorge Ayala, un operario que acumula tres décadas de servicios en la compañía, aportó un testimonio desgarrador sobre la situación previa al desenlace. Según explicó, el valor medio que la empresa abonaba por hora de labor era de apenas 6.800 pesos. “Acumulábamos 14 meses sin ningún tipo de incremento salarial”, denunció Ayala en diálogo con la prensa, evidenciando una postura intransigente de la patronal en medio de una de las inflaciones más altas del mundo.

Esta congelación de los haberes durante un periodo tan extenso provocó que el salario dejara de ser suficiente para afrontar los gastos más elementales del hogar. Los trabajadores vieron cómo su calidad de vida se deterioraba mes a mes, obligándolos a buscar alternativas fuera del horario fabril. “El sueldo alcanzaba para lo básico, pero como no había ajuste desde hacía más de un año, se tornaba muy complicado llegar a fin de mes. Varios de mis compañeros estaban haciendo Uber para poder redondear los ingresos”, reveló Ayala con crudeza.

Un golpe en medio del silencio

La incertidumbre económica que ya se vivía puertas adentro se transformó en una tragedia anunciada el pasado 26 de enero. Ese día, el personal inició su período de vacaciones con la tranquilidad de saber que, al regreso, las cosas seguirían su curso habitual. Sin embargo, el descanso se vio interrumpido por un mensaje frío y lapidario que llegó a través de la casilla de correo electrónico.

“Partimos de vacaciones con la ilusión de volver. Estando de vacaciones, recibí el anuncio del cierre por mail. En un primer momento imaginé que sería una suspensión temporal, algo que quizás se podía llegar a prever por la baja de la producción. Pero esto, el cierre definitivo, superó cualquier expectativa”, narró Ayala, intentando describir la conmoción que generó la noticia.

La empresa había estado operando a media máquina en los meses previos, con una producción sostenidamente descendente, pero nada hacía presagiar una clausura total e inmediata. La sensación de orfandad y el miedo al futuro se apoderaron rápidamente de los 920 hogares que dependían del gigante del neumático. “Lo que menos quiero es convertirme en un muerto social. Necesito las herramientas para vivir dignamente. El trabajo es lo que ordena la existencia”, reflexionó el operario, sintetizando el sentir de una comunidad fabril que hoy está de luto.

Tres golpes y un nocaut: la larga agonía de Fate

El desenlace de 2026 no es un evento fortuito, sino la culminación de un proceso de debilitamiento estructural que se prolongó por casi siete años. La historia reciente de Fate está marcada por tres episodios críticos que fueron anticipando su trágico final.

El primer aviso de alerta se encendió en marzo de 2019, cuando la compañía solicitó su primer Procedimiento Preventivo de Crisis. En ese entonces, bajo la excusa de una caída en el consumo y tasas de interés asfixiantes, la empresa empleaba a 2.000 personas.

El segundo golpe llegaría en julio de 2024. Tras una decisión gubernamental de reducir los aranceles a la importación de neumáticos, haciéndolos bajar del 35% al 16%, la firma volvió a activar el PPC. La competencia desleal de los productos provenientes de China, sumada a una estructura de costos local que describían como «insostenible» por las cargas impositivas y la conflictividad gremial, llevó a la empresa a desprenderse de 97 operarios en mayo de ese mismo año.

Finalmente, el tercer y definitivo episodio fue el anuncio de esta semana. Fuentes cercanas a la compañía indicaron que el ingreso masivo de cubiertas importadas, que llegó a picos históricos de 860.000 unidades por mes durante 2025, terminó por volver inviable cualquier intento de producción nacional. La ecuación era simple para la gerencia: resultaba más económico importar un neumático terminado que fabricarlo en el país.

El futuro entre escombros y una leve esperanza

Mientras la empresa confirmó que procederá a indemnizar a la totalidad de su personal conforme a la legislación laboral vigente, la sombra de la desocupación se cierne sobre San Fernando. El cierre de la principal fábrica de neumáticos de capitales nacionales genera un vacío social y productivo de enormes proporciones.

A pesar de la contundencia del comunicado del Directorio, los trabajadores se resisten a aceptar la derrota. La posibilidad de una reapertura, ya sea bajo nuevas condiciones o mediante la intervención de las autoridades políticas, se mantiene como una llama tenue pero persistente. “Tengo la convicción de que Fate volverá a arrancar y que lo hará con nosotros. Mi obligación hoy es pelear hasta el último momento para recuperar mi lugar. Quiero trabajar, y mis 900 compañeros también”, sentenció Ayala con firmeza.

Por ahora, el silencio de las máquinas en la planta de San Fernando es ensordecedor. El mercado local se prepara para ser abastecido exclusivamente por productos foráneos, mientras 920 familias esperan, entre la resignación y la lucha, un milagro que resucite al gigante caído.

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