El espejismo del oro: la minerá que promete pero no despega

El espejismo del oro: la minerá que promete pero no despega

A pesar de que las exportaciones mineras alcanzaron cifras récord impulsadas por el contexto internacional, el sector posterga inversiones millonarias y mantiene en vilo proyectos clave. Detrás del brillo estadístico, la actividad enfrenta incertidumbres que van desde la inestabilidad de los mercados hasta la ausencia de políticas claras que fomenten el despegue definitivo del litio y otros minerales estratégicos.

En el universo de los números oficiales, la minería argentina aparece como una estrella fulgurante. Durante 2025, las ventas externas del sector treparon hasta rozar los 6000 millones de dólares, lo que representa una mejora superior al 25 por ciento en comparación con el ejercicio previo. Se trata, sin dudas, de una marca histórica que invita al optimismo. Sin embargo, cuando se corre el velo de las estadísticas, el panorama se torna más opaco y desconcertante.

El desglose de esas cifras revela una realidad incómoda para el relato triunfalista que intenta instalar la gestión gubernamental. Más del 80 por ciento de esos ingresos por exportaciones corresponden a oro y plata, dos metales preciosos cuya producción física, lejos de expandirse, evidenció una retracción durante el mismo período. La paradoja se explica por un factor completamente ajeno a las políticas domésticas: la escalada vertiginosa de las cotizaciones internacionales. En un contexto de turbulencias financieras globales, el metal amarillo recuperó su histórica condición de activo refugio, atrayendo capitales especulativos que buscaron protegerse de los vaivenes geopolíticos desatados, en gran medida, por las erráticas decisiones de la administración de Donald Trump en Estados Unidos.

De esta manera, el récord exportador se sostiene sobre frágiles pilares externos y no necesariamente sobre una mayor capacidad productiva local. El verdadero pulso de la minería argentina se mide en otro territorio: el de las inversiones postergadas. A pesar de la incorporación de un número significativo de proyectos al Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), las empresas del sector mantienen una actitud expectante, demorando desembolsos millonarios a la espera de condiciones más favorables y predecibles.

El fenómeno del litio constituye, quizás, la expresión más elocuente de esta brecha entre expectativas y realidades. Considerado durante años como la gran oportunidad argentina para insertarse en la vanguardia de la transición energética global, el «metal blanco» no termina de cristalizar su potencial. Los proyectos mendocinos y salteños, en particular aquellos situados en zonas cercanas a los cuerpos de agua cordilleranos, enfrentan no sólo la volatilidad de los precios internacionales sino también un escenario normativo complejo, atravesado por la Ley de Glaciares y las crecientes demandas sociales respecto del uso de recursos hídricos en regiones de creciente estrés ambiental.

El resultado es una suerte de stand by inversor que congela iniciativas por miles de millones de dólares. Mientras tanto, el discurso oficial se regodea con los guarismos de un comercio exterior favorecido por el azar del contexto, omitiendo señalar que el verdadero despegue minero, aquel que podría generar empleo de calidad y desarrollo regional sostenido, permanece atrapado en una maraña de incertidumbres donde la falta de reglas estables y el cortoplacismo de los mercados financieros globales operan como frenos estructurales.

La gran pregunta que sobrevuela el sector es hasta cuándo se sostendrá esta ilusión óptica de bonanza. Porque si algo ha demostrado la historia reciente de la actividad extractiva en el país es que, cuando los vientos externos cambian, las carencias domésticas suelen quedar al desnudo, exponiendo la fragilidad de un modelo que aún no logra convertir su enorme potencial en una realidad tangible y duradera.

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