A contrapelo del triunfalismo mediático que suele acompañar cada jugada del oficialismo en el Congreso, un termómetro social mucho más profundo y silencioso marca temperaturas alarmantes para la Casa Rosada
Mientras el Senado se apresta a dar media sanción a la ambiciosa reforma laboral impulsada por el Ejecutivo, las encuestas más rigurosas del ámbito nacional revelan un panorama de creciente desaprobación ciudadana y un rechazo mayoritario a las nuevas reglas de juego en el mundo del trabajo. La foto que emerge de los principales estudios de opinión pública dibuja un país donde el ajuste duele, el bolsillo no alcanza y el fantasma del despido se pasea por las fábricas.
El último relevamiento de la consultora Hugo Haime y Asociados, realizado en los días posteriores al ruido político de febrero, es contundente: un 57 por ciento de la población desaprueba la gestión del libertario, contra un menguante 41 por ciento que aún lo respalda. La caída libre en la imagen presidencial se explica, según los analistas, por una tormenta perfecta de variables concretas: el goteo constante de cierres de empresas, la percepción generalizada de que el salario ya no llega a fin de mes y un temor creciente a engrosar las filas del desempleo. «En febrero, en relación a diciembre, tenemos una caída en la aprobación de gestión de 5 puntos y en la imagen personal de Milei de 50 a 44», detalla Haime, para quien la inflación persistente desde diciembre es el eje del malestar cotidiano, seguida de cerca por la parálisis de los ingresos.
La reforma bajo la lupa ciudadana
Lejos de la aceptación que pronosticaban sus impulsores, la reforma laboral naufraga en el mar de la opinión pública. Lo que en noviembre generaba una leve expectativa o confusión, hoy se traduce en un rechazo frontal. El trabajo de Haime señala que un 55 por ciento de los consultados se manifiesta en contra de la nueva legislación, mientras que apenas un 36 por ciento la acompaña. Más explícito aún es el estudio de Analogías, liderado por Marina Acosta: un contundente 56,6 por ciento de la ciudadanía percibe que el cambio normativo beneficia exclusivamente a los empresarios, mientras que solo un exiguo 13 por ciento cree que favorece a los trabajadores. «El inicial apoyo esperanzador que buena parte del electorado depositó en Milei -advierte Acosta- puede derivar en una deslegitimación profunda en la medida en que la sociedad perciba que el sacrificio no es el preámbulo de un renacimiento sino el epílogo del sistema productivo doméstico». La preocupación social, añade, ha virado drásticamente de la inflación hacia la falta de oportunidades laborales.
Un arranque de año con sabor a desencanto
El mes de marzo, con su retorno a la rutina escolar y la reorganización de las economías familiares, suele operar como un espejo implacable de la realidad. Y lo que refleja, según coinciden la mayoría de los encuestadores consultados, es un deterioro de la vida diaria que contrasta con las victorias parlamentarias del oficialismo. Mientras los sueldos intentan estirarse con aumentos que promedian el 1 por ciento, la inflación mensual continúa galopando en cifras que triplican ese número. La consultora Proyección, dirigida por Santiago Giorgetta, aporta un dato desgarrador de la coyuntura: el 57 por ciento de los argentinos ha debido endeudarse para poder cubrir sus gastos esenciales, recurriendo a préstamos de familiares, tarjetas de crédito o billeteras virtuales para llegar a fin de mes.
El dilema de la oposición y la paciencia de una base
Sin embargo, el cuadro no es monocorde. Consultores como Federico Aurelio, de Aresco, matizan el panorama al señalar que el gobierno aún conserva un piso de apoyo cercano a la mitad del electorado, aunque dividido entre convencidos y aquellos que mantienen la esperanza de una mejora a futuro. En su lectura, el respaldo a las reformas encuentra mayor eco entre los trabajadores informales y cuentapropistas que entre los empleados en relación de dependencia.
Pero la tendencia general, incluso entre quienes ven un escenario más equilibrado, es de erosión. Raúl Timerman, de Grupo de Opinión, subraya que si bien el 45 por ciento de aprobación que aún retiene Milei es un número políticamente significativo, el rechazo a sus políticas laborales escala al 56 por ciento. Lo más preocupante para el oficialismo es que esa desaprobación horada su propia base: un 14 por ciento de los que votaron a Milei en el ballotage y un 29 por ciento de los que apoyaron a Patricia Bullrich hoy se manifiestan en desacuerdo. «Sobre la reforma laboral, el 37 por ciento está de acuerdo, el 51 por ciento en desacuerdo. Pero cuando profundizamos y preguntamos si la reforma lo beneficia o lo perjudica, el 40 por ciento contestó que lo perjudica», detalla Timerman, sugiriendo que el debate no ha logrado instalarse con claridad en la sociedad.
El fantasma de la fragmentación
El malestar, coinciden analistas como Analía Del Franco y Artemio López, es innegable y creciente. La pregunta que sobrevuela el clima político es si ese descontento podrá transformarse en una alternativa de poder. Por ahora, la oposición aparece «opaca» y «pesada», según la definición de Del Franco, incapaz de capitalizar el voto de los que ya no confían en el rumbo libertario. «El problema -sentencia López, de Equis- es que el malestar permanece muy fragmentado y no termina de articularse, ni social ni políticamente. Podría permanecer así mucho tiempo». En ese escenario de parálisis opositora y creciente tensión social, los conflictos fabriles como el de Fate podrían ser la chispa que encienda la pradera, obligando a la sociedad a buscar un recambio. Mientras tanto, el gobierno celebra sus triunfos en el Senado con la soledad de unos números que, en la calle, cuentan una historia muy distinta.
