Tras semanas de incertidumbre y un interinato que dejó a la cartera tecnológica sin timón, el Gobierno nacional oficializó la llegada de la docente e investigadora de la Universidad Austral para ocupar el estratégico cargo. Sin embargo, su perfil profesional, vinculado al ámbito privado y con una escasa producción académica indexada, despertó inmediatamente suspicacias en un sector que atraviesa el peor recorte presupuestario de las últimas cinco décadas y que días atrás se movilizó masivamente en reclamo de mayor financiamiento.
El Poder Ejecutivo puso fin a la acefalía que durante quince días mantuvo en vilo a la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología, al anunciar la designación de Adriana Baravalle como nueva responsable del área. La flamante funcionaria, presentada oficialmente como una especialista en inteligencia artificial, ciberseguridad y ciencia de datos, asume el relevo de Darío Genua en un momento crítico, cuando el sector científico sufre los embates de una política de ajuste que redujo drásticamente la inversión estatal y provocó una sangría de puestos laborales que, según estimaciones gremiales, ronda los siete despidos diarios desde diciembre de 2023.
El anuncio, difundido mediante un comunicado oficial, ponderó la trayectoria de Baravalle al señalar que «a lo largo de su carrera ha combinado la investigación y la docencia con la conducción de proyectos de innovación, gobierno de datos, ciberseguridad e interoperabilidad, tanto en el sector privado como en el ámbito público». El texto oficial añadió que su incorporación persigue el objetivo de «profundizar la agenda de innovación y transformación tecnológica del Estado, impulsar el desarrollo y la adopción de nuevas tecnologías y fortalecer la articulación entre el sector público, el sector privado y el ecosistema científico y académico».
Trayectoria académica y vínculos privados
Baravalle forjó su carrera durante más de dos décadas en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Austral, casa de estudios donde actualmente dirige el Laboratorio de Tecnologías Exponenciales. Además, está al frente de SynapsIA, un foro de alcance regional que tiene como cometido tender puentes entre los investigadores y los inversores del sector privado, un aspecto que no pocos analistas consideran positivo en un país donde el aporte empresarial a la investigación y el desarrollo sigue siendo una asignatura pendiente.
Su currículum vitae registra, asimismo, la realización de un doctorado en la American Andragogy University de Estados Unidos y una maestría en Ciencia de Datos y Gestión del Conocimiento obtenida en la misma universidad argentina. Estos antecedentes, sin embargo, no lograron disipar las dudas que su nombramiento generó en amplios sectores del ámbito académico, que observan con recelo la designación de una figura sin una trayectoria consolidada en la investigación científica de alto impacto.
Cuestionamientos desde la academia
Guillermo Durán, decano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, fue uno de los primeros en alzar la voz para expresar su escepticismo. En declaraciones a este medio, el académico sostuvo que «en principio, el gobierno no está forzado a poner a un investigador científico a cargo de la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología, aunque sí sería deseable si este fuera un mandato razonable». No obstante, Durán enfatizó que «sería necesario que, además de saber gestionar, conociera a la comunidad y sus necesidades».
El decano fue más allá al cuestionar la caracterización de Baravalle como una académica, señalando que «lo que me parece mal es que la vendan como una académica porque no lo es». Para respaldar su afirmación, Durán recurrió a datos objetivos: «Si entrás a Scopus, la principal base de datos de publicaciones científicas, tiene una sola publicación con cero citas». Este dato, sumado a la ausencia de una producción significativa en revistas indexadas, coloca a la nueva funcionaria en una posición incómoda frente a una comunidad que valora la evidencia empírica y el rigor metodológico por encima de los vínculos corporativos.
Un patrón que se repite
La designación de Baravalle no constituye una excepción en la gestión actual, sino que parece inscribirse en una línea de continuidad con sus predecesores. Tanto Darío Genua como Alejandro Cosentino, quienes ocuparon anteriormente el cargo, respondían a un perfil similar: personas sin una carrera científica destacable ni trayectoria política previa en áreas de gobierno, que accedieron al puesto provenientes directamente del mundo privado, los bancos, las fintech y los negocios. Esta recurrencia alimenta la percepción de que la Secretaría se ha convertido en un espacio de gestión administrativa más que en un ámbito de promoción del conocimiento y la innovación con perspectiva de largo plazo.
Expectativas por el piso y contexto de ajuste
Durán resumió con crudeza las expectativas que genera este cambio de timón, al afirmar que «está claro que hay una decisión de desguazar el sistema de ciencia y tecnología y, por lo tanto, nadie que tenga cierto apego a la comunidad y demuestre ganas de fortalecerla, agarraría un lugar así». En esa línea, el decano interpretó la demora de quince días en encontrar un reemplazo como un indicio de las dificultades para cubrir el cargo: «Por eso no conseguían a quién poner; hallaron a alguien que, según podemos imaginar, continuará con la política de ajuste», sentenció.
El contexto en el que Baravalle asume sus funciones es, cuando menos, adverso. Según datos aportados por fuentes gremiales, desde diciembre de 2023 se perdieron aproximadamente siete empleos por día en el área vinculada a la investigación, lo que arroja un total de 6.400 puestos de trabajo eliminados. A ello se suma que la inversión proyectada para 2026 en ciencia y tecnología apenas alcanzaría el 0,14% del Producto Bruto Interno, la cifra más baja desde 1972, muy por debajo del 0,6% que establece la Ley de Financiamiento y del 0,32% que llegó a tener durante la gestión de Alberto Fernández.
La paradoja de la fuga de cerebros
De no conseguir el presupuesto que el sector reclama, Baravalle tendrá que hacer malabarismos para retener a los jóvenes investigadores que, ante la falta de horizontes locales, buscan un destino más allá de Ezeiza. A fines de 2025, en una conferencia, la propia funcionaria reconoció: «Los talentos que hay en este país son increíbles. Lo triste a veces es que tenemos más oportunidades afuera». Sin embargo, esta percepción contrasta con la postura del presidente del Conicet, Daniel Salamone, quien niega que se esté produciendo una fuga de cerebros y desmiente la magnitud del desmantelamiento.
Salamone, según Durán, «dice que el presupuesto aumentó cuando disminuyó, que las becas aumentaron cuando tampoco es así, y destaca la cantidad de ingresos a la Carrera del Investigador Científico del Conicet cuando, en realidad, constituyen la tercera parte de lo que tendrían que haber sido». El decano agregó, con ironía, que Salamone «no dijo que la inversión en ciencia y tecnología es la más baja de la historia», en clara alusión a la brecha entre el discurso oficial y la realidad que atraviesan los laboratorios y centros de investigación del país.
Un escenario incierto
La designación de Adriana Baravalle llega en un momento de máxima tensión para el sistema científico argentino, que el miércoles pasado protagonizó una movilización masiva en reclamo de mayor financiamiento y en defensa de las fuentes laborales. La nueva secretaria tendrá en sus manos un sector caliente, acostumbrado a la confrontación con el Gobierno y que ve con desconfianza cualquier intento de reforma que no venga acompañado de un incremento sustancial del presupuesto.
Por ahora, lo único cierto es que la flamante funcionaria deberá demostrar con hechos su capacidad para gestionar un área estratégica, en un contexto donde la comunidad científica observa con lupa cada una de sus decisiones. El desafío es mayúsculo: recuperar la confianza de un sector golpeado, articular con el mundo privado sin perder de vista el interés público y, sobre todo, garantizar que la ciencia y la tecnología no queden relegadas a un segundo plano en la agenda de un país que, para desarrollarse, necesita imperiosamente de ambas.
