El final de un amor que no pudo reescribirse: Gallardo se despide de River en Núñez

El final de un amor que no pudo reescribirse: Gallardo se despide de River en Núñez

El Muñeco cerró su segundo ciclo como entrenador millonario en una tarde de emociones encontradas, con un empate ante Banfield que selló una etapa sin títulos y con la hinchada dividida entre el agradecimiento eterno y el hartazgo por el presente

La historia de amor entre River Plate y Marcelo Gallardo contiene todos los ingredientes de los grandes relatos futbolísticos: orígenes humildes, ascenso vertiginoso, consagración absoluta y un regreso que prometía ser el broche de oro pero terminó convertido en un epílogo agridulce. El vínculo que unió al club de Núñez con su entrenador más ganador atravesó este domingo su capítulo final, al menos por ahora, cuando el técnico merlense dirigió su último partido en esta segunda etapa al frente del equipo.

El desenlace tuvo lugar en el estadio Monumental, escenario de tantas glorias pasadas, pero esta vez el clima no fue de celebración sino de despedida anticipada. La séptima fecha del Torneo Apertura 2026 encontró a River necesitado de una victoria para calmar las aguas y a su entrenador caminando la zona de vestuarios con la certeza de que esta vez no habría vuelta atrás. El empate 1 a 1 ante Banfield solo confirmó lo que ya era un secreto a voces: el ciclo había llegado a su fin.

La relación entre la institución y el hombre que marcó una época dorada entre 2014 y 2022 había comenzado a resquebrajarse hacía ya varios meses. Aquel idilio que parecía indestructible, forjado a base de títulos locales e internacionales, con esa Libertadores inolvidable ante Boca en Madrid como estandarte, empezó a mostrar fisuras cuando los resultados no acompañaron y, sobre todo, cuando el rendimiento futbolístico se alejó cada vez más de los estándares que el propio Gallardo había instalado.

El regreso del Muñeco a mediados de 2024 había generado una ola de ilusión desmedida entre los simpatizantes millonarios. Después de un breve paso de Martín Demichelis y otro fugaz de un entrenador interino, la vuelta del técnico más exitoso de la historia parecía la solución ideal para enderezar el rumbo. Sin embargo, el fútbol demostró una vez más que las historias no siempre pueden reescribirse de la misma manera, aunque los protagonistas sean los mismos.

Durante estos dieciocho meses de segunda gestión, Gallardo no logró levantar ningún trofeo, algo impensado para alguien que había acostumbrado a la gente de River a ganar cada vez que disputaba una final. El equipo mostró un nivel descendente, con actuaciones opacas y una producción ofensiva muy por debajo de lo esperado. Los 86 partidos que componen esta etapa arrojan un balance de 36 victorias, 32 empates y 18 derrotas, con 110 goles a favor y 69 en contra. Números que, en cualquier otro contexto, podrían considerarse aceptables, pero que ante el espejo de la primera etapa resultaban insuficientes.

La tarde del adiós comenzó con una rareza que anticipaba lo que se vendría. La formación titular se dio a conocer antes de que los planteles salieran a realizar el tradicional calentamiento previo al partido, una medida adoptada por el cuerpo técnico para evitar que los jugadores estuvieran sobre el césped en el momento en que la hinchada manifestara su descontento con algunos apellidos. Los más reprobados por el público local fueron Martínez Quarta, Driussi y Colidio, tres futbolistas que no lograron conectar con la gente en este período.

El desarrollo del encuentro mostró a un River descompuesto, sin ideas claras y con una ansiedad que se reflejaba en cada avance desordenado hacia el arco rival. Los dirigidos por Gallardo se abalanzaron sobre el campo de Banfield en los minutos iniciales, buscando un gol que les diera tranquilidad, pero esa urgencia jugó en contra de la claridad necesaria para construir jugadas colectivas. Galván tuvo la más clara en el arranque, pero su remate se estrelló en el palo tras una desviación del arquero visitante.

El gol de Martínez Quarta llegó mediante un cabezazo letal después de un tiro libre ejecutado por Subiabre, y por un instante pareció que la tarde podía encaminarse hacia un final más amable. Sin embargo, la alegría duró poco: Banfield encontró rápidamente el empate y el partido volvió a sumergirse en esa nebulosa de imprecisiones que caracterizó a River en los últimos tiempos.

El momento de mayor emotividad de la jornada se vivió minutos antes del inicio, cuando en las pantallas gigantes del Monumental se proyectó un video con imágenes de Gallardo en su primera etapa. Los rostros de los presentes se iluminaron al recordar aquellas conquistas, las tardes de gloria, las noches mágicas. Pero esa nostalgia también funcionó como un recordatorio doloroso de lo que esta segunda oportunidad no pudo ser.

La decisión de dar a conocer la formación antes del calentamiento buscó preservar a los jugadores de los silbidos, pero no pudo evitar que el clima en las tribunas reflejara una fractura emocional difícil de disimular. Coexistían en la misma cancha el agradecimiento eterno al entrenador que devolvió a River a la elite del fútbol continental y el hartazgo por un presente que no ofrecía esperanzas de mejora.

Para Gallardo, el vínculo con River comenzó en su más tierna infancia, cuando aquel niño de Merlo se presentó a una prueba en las divisiones menores y comenzó a transitar los pasillos del club que terminaría marcando su vida para siempre. Desde aquellos días de sueños infantiles hasta la consagración como futbolista profesional, y posteriormente como el técnico más laureado de la institución, el camino recorrido fue tan extenso como fructífero.

La despedida de este domingo tuvo un tono de agradecimiento mutuo, aunque teñido por la melancolía de lo que pudo haber sido y no fue. El público reconoció la trayectoria, los títulos obtenidos en aquella primera etapa dorada, pero también dejó entrever que los ciclos tienen un principio y un final, y que a veces es mejor cerrar el libro antes de que las páginas se vuelvan ilegibles.

Ahora River deberá encarar la búsqueda de un nuevo conductor, mientras Gallardo tomará distancia para reflexionar sobre estos últimos dieciocho meses y decidir los pasos a seguir en su carrera. Lo que queda claro es que, más allá de los resultados de esta segunda oportunidad, el nombre de Marcelo Gallardo permanecerá impregnado en la historia del club de Núñez, aunque esta vez la despedida no haya tenido la épica de aquellos atardeceres de gloria a los que nos tenía acostumbrados.

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