En una alocución de casi 90 minutos, el mandatario adoptó la verborragia agresiva de su mentor político, señaló al peronismo como “enemigo” y anticipó una reforma política que encubre una eventual modificación de la Carta Magna. Sin propuestas concretas para paliar la recesión, el jefe de Estado optó por la confrontación, los datos falaces y una declaración de principios que ubica a la Argentina como proveedor de recursos naturales para Occidente.
Con el tono iracundo y la gestualidad desbordada que caracterizan a su referente internacional, Donald Trump, el presidente Javier Milei encabezó la apertura del período de sesiones ordinarias del Congreso en una jornada que dejó más gestos de confrontación que anuncios de gobierno. El mandatario utilizó la tribuna parlamentaria para profundizar su relato bélico contra la oposición, lanzar amenazas veladas a la exmandataria Cristina Fernández de Kirchner y esbozar un ambicioso plan de alineamiento geopolítico con Washington que, según sus críticos, hipoteca la soberanía nacional.
La exposición, que se extendió por espacio de 90 minutos, estuvo marcada por la ausencia de medidas concretas destinadas a aliviar la crítica situación social que atraviesan millones de argentinos. En su lugar, el primer mandatario recurrió una vez más al fantasma de la herencia recibida, insistiendo en que tomó las riendas de un país al borde del abismo, una comparación que trazó con la debacle de 2001. Sin embargo, los especialistas en estadísticas sociales rápidamente desmintieron la analogía, calificándola de falaz.
El discurso transitó por momentos de alta tensión, especialmente cuando el líder libertario se refirió a los procesos judiciales que enfrenta la ex presidenta. En un fragmento cargado de virulencia, Milei sentenció: “Va a seguir presa por la causa de los cuadernos, va a seguir presa por el memorándum de Irán, va a seguir presa por lo que hizo con Vialidad, porque es una chorra”. La afirmación, lanzada con el puño en alto, fue observada con rostros impasibles por los ministros de la Corte Suprema, Horacio Rosatti, Carlos Rosenkrantz y Ricardo Lorenzetti, ubicados estratégicamente detrás del orador.
Uno de los instantes más álgidos se produjo cuando desde las bancas opositoras le recordaron el escándalo vinculado a la Agencia Nacional de Discapacidad y las presuntas coimas que involucrarían a su hermana, Karina Milei. La reacción del presidente fue inmediata y desmedida. Elevando la voz por sobre el murmullo del recinto, acusó a sus detractores de manipulación: “Saben que los audios son falsos, saben que el que declaró ya dijo que era mentira”. Acto seguido, devolvió el agravio señalando a la bancada peronista: “Por eso tienen a su líder presa”.
El jefe de Estado delineó los ejes de lo que denominó una “nueva era”, aunque sin aportar detalles normativos. Anunció una reforma política que, según interpretaron constitucionalistas, encubre la intención de modificar la Carta Magna. También mencionó cambios en los códigos Penal y Civil y Comercial, así como una mayor coordinación entre las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia. No obstante, la ausencia de proyectos concretos para reactivar la economía o contener el aumento de la pobreza fue el denominador común de su alocución.
En materia económica, el presidente se jactó de haber triplicado en dólares el salario mínimo, omitiendo mencionar que el poder adquisitivo actual, equivalente a 224 dólares, dista sideralmente de los más de 700 que representaba una década atrás. Defendió con vehemencia la apertura indiscriminada de importaciones, argumentando que la quiebra de empresas nacionales es un mal necesario en pos de la eficiencia del mercado. “Si la empresa local no puede competir, quiebra y despide gente. Sin embargo, eso es una parte de la historia. La otra parte es que ahora el consumidor ahorra dinero al comprar el bien importado”, justificó, omitiendo cualquier referencia a la situación de los trabajadores desplazados.
En el tramo final de su mensaje, Milei profundizó su alineamiento con la administración republicana estadounidense, evitando cuidadosamente mencionar el conflicto bélico en Medio Oriente que involucra a su aliado Trump. Con un discurso que muchos analistas calificaron como de entrega de recursos estratégicos, el presidente enumeró las riquezas del subsuelo argentino: “Tenemos los minerales críticos que necesita occidente, tenemos la energía: gas, petróleo, energía nuclear y energía renovable para abastecer cadenas de producción de escala”. Acto seguido, parafraseó el lema trumpista para adaptarlo a la región: “Make Americas Great Again, de Alaska a Tierra del Fuego”.
Curiosamente, y en un intento por mostrar sensibilidad social, el mandatario reveló cifras que contradicen su prédica antiasistencialista. Reconoció un aumento exponencial en las partidas destinadas a programas sociales: la Asignación Universal por Hijo trepó casi un 500%, se incorporaron 600.000 nuevos beneficiarios y las becas para la primera infancia se multiplicaron por diez. Una admisión tácita de la profundidad de la crisis que enfrentan los sectores más vulnerables.
Finalizada la ceremonia, la comitiva oficial emprendió su retirada con una escena que sintetizó el particular estilo del gobierno. Mientras la caravana presidencial se dirigía a la Quinta de Olivos, Milei ordenó detener la marcha sobre la avenida Callao para descender y saludar… a un caballo de los granaderos. Horas más tarde, en la residencia oficial, se repitió una postal insólita: una larga fila de vehículos con legisladores oficialistas esperaba para ingresar a un asado, mientras un sistema de control artesanal, con una hoja impresa con rostros, ralentizaba el acceso y generaba el malestar de los vecinos de la zona.
En este contexto de gestos ampulosos y definiciones políticas de alto voltaje, una ausencia resonó en los actos posteriores al discurso. La vicepresidenta Victoria Villarruel no fue convidada a la reunión en Olivos, confirmando el distanciamiento definitivo con quien fuera su compañero de fórmula. Las “barras violetas”, otrora símbolo de la unidad libertaria, ya no la reconocen. El presidente, por su parte, ni siquiera la mencionó.
