En la Bombonera, el Xeneize borró de la cancha a Lanús con una actuación memorable. La inclusión de un pibe, el liderazgo de Paredes y una actitud avasallante fueron las claves para dejar atrás la pesadilla. ¿El inicio de una nueva era o sólo un espejismo?
El fútbol, en su esencia más pura, suele ser un deporte de una simpleza aplastante. A veces, la solución a los problemas más complejos no se encuentra en intrincados sistemas tácticos ni en declaraciones rimbombantes, sino en el llano sentido común. Y ayer, en el mítico escenario de la Bombonera, Boca Juniors encontró la fórmula perdida en el lugar más obvio: dentro de su propio vestuario.
Lo que se vio frente a Lanús no fue simplemente una victoria; fue una declaración de principios. El tiempo que transcurrió entre el pasillo protocolar y la exhibición de fútbol fue ínfimo. El respeto inicial hacia el rival, un campeón legítimo, se transformó en segundos en una ráfaga de juego que lo golpeó, lo minimizó y terminó por masacrarlo con una autoridad que no se divisaba en el horizonte desde hacía largos meses. Este equipo, que coqueteaba con el abismo sin terminar de caer, decidió rescatar su orgullo de las profundidades.
La metamorfosis fue tan radical como sencilla de explicar. El conjunto de La Ribera venía adoleciendo de múltiples falencias, pero la más grave era la ausencia de fútbol. La falta de ideas y la apatía eran una constante que desesperaba a un pueblo entero. Sin embargo, en medio de la turbulencia y los silbidos, emergió la figura de un líder con mayúsculas: Leandro Paredes. El capitán, con la autoridad que le confiere su jerarquía, marcó el camino a su entrenador. La sugerencia fue clara y el DT, esta vez, escuchó. De la banca al terreno de juego, la diferencia la terminó de rubricar un nombre que pocos esperaban: Tomás Aranda.
¿Puede un solo futbolista cambiar la cara de un equipo de tamaña magnitud? La respuesta, a juzgar por lo visto, es un rotundo sí. Con apenas dos variantes en el once inicial, la lógica del «como siempre» se desmoronó. El ingreso de Aranda y Paredes en desmedro de otros nombres que venían restando, operó como un electroshock. El efecto contagio, esa misteriosa energía que circula en un campo de juego, se desató para bien. El entusiasmo y la claridad del juvenil se propagaron como pólvora. Milton Delgado firmó su actuación más consagratoria en la primera división, Ascacíbar recuperó la solidez perdida, y la dupla ofensiva conformada por Merentiel y Bareiro encontró una sociedad inédita. Todos se animaron a ser protagonistas, todos pidieron la pelota. El juego interno, la posesión con criterio, administró los tiempos y las subidas, transformando a un equipo previsible en una amenaza constante y letal.
Sería un error reducir la hazaña a una simple cuestión de nombres. Las sociedades que se tejieron en el césped fueron innumerables. Quedará para el recuerdo el pase magistral e inolvidable de Paredes, esa asistencia quirúrgica que merecía una definición de antología, y la tuvo Merentiel, ahora en una racha positiva que ilusiona. Pero mientras los reflectores apuntan a la joya, hay un trabajo de orfebrería negra que merece el mismo aplauso. Tener un delantero de las características de Bareiro es un lujo que Boca empezó a descubrir. Su faceta de guerrero, yéndose al choque con los centrales, desquiciando a un marcador de la talla de Izquierdoz, bajando cada pelota aérea para darle un respiro al equipo, es sencillamente fantástico. Es un jugador que genera faltas, que gana laterales, que forcejea cada corner. Y si encima, de un rebote fortuito, de una jugada embarullada que termina en el primer gol, su «culo» y su buena estrella se contagian, pues bienvenido sea.
El mejor partido del año para Boca se dio en una jornada particular, en la que el entrenador coqueteaba con la despedida. Paradójico. La injerencia del cuerpo técnico en esta resurrección se limita, a lo sumo, al mérito de haber aceptado la sugerencia del capitán. Paredes, un líder en toda la extensión de la palabra, ya había demostrado su influencia al revitalizar a Zeballos, al exigir un lateral derecho con proyección o al rescatar a Battaglia de la zaga para tener un escudero en la mitad de la cancha. Anoche, además, cayeron algunos mitos. Ese que decía que Paredes y Delgado no podían convivir, o que el sistema era un dogma incuestionable, quedó sepultado. Aranda funcionó como un comodín, siendo a veces el cuarto volante para recuperar y otras un enganche clásico para filtrar pases. Los dos delanteros no se estorbaron, no se pisaron; por el contrario, potenciaron sus virtudes.
Hacía falta tan poco… Sentido común, lógica pura, decisiones coherentes. El parate obligado por el conflicto gremial le regala ahora al equipo una semana de trabajo en paz de cara al clásico frente a San Lorenzo en la Bombonera. Sin duda, una goleada con tamaña autoridad lo transforma todo: el ánimo, la confianza, la energía del entorno. Por el momento, es el punto final a una pesadilla de semanas. Pero en el fútbol, la historia es tan volátil como la memoria. Para que este oasis no sea un espejismo, para que el renacer tenga continuidad, habrá que ratificarlo en casa. Dicen que lo más difícil no es llegar, sino mantenerse. Para este Boca resucitado, la confirmación es el próximo y gran objetivo. Ojalá las sombras del pasado reciente se desvanezcan para siempre bajo el sol de esta nueva tarde en la Ribera.
