El encuentro entre el capitán campeón del mundo y el controvertido mandatario estadounidense generó un tsunami de opiniones encontradas. Mientras algunos celebraron la presencia del astro en el salón oval, otros expresaron su decepción y recordaron la figura de Diego como contrapunto ético. Sociólogos, periodistas y exfutbolistas analizan las implicancias de una imagen que trascendió lo deportivo.
La postal recorrió el mundo en cuestión de segundos. Lionel Messi, el futbolista que llevó a la Selección argentina a la gloria máxima en Qatar 2022, estrechando la mano de Donald Trump en la residencia presidencial de los Estados Unidos. La escena, que en apariencia respondía a un protocolo habitual para equipos campeones en territorio norteamericano, desató una polémica de dimensiones inesperadas en la Argentina y gran parte de Latinoamérica. Las redes sociales se incendiaron con posturas irreconciliables: desde la decepción más profunda hasta la defensa cerrada del diez, pasando por la inevitable comparación con Diego Armando Maradona.
El recibimiento que el mandatario republicano ofreció a los jugadores del Inter de Miami, flamantes campeones de la Major League Soccer, colocó a Messi en el centro de un debate que excede ampliamente el ámbito deportivo. «Desconcierto», «tristeza» y «decepción» fueron algunos de los términos que emergieron con fuerza en las conversaciones digitales y los programas de televisión. Sin embargo, también se escucharon voces que proclamaban la necesidad de «bancar a Messi a muerte», incluso repudiando la figura del anfitrión.
Para el sociólogo Pablo Alabarces, especialista en cultura popular y deporte con una extensa trayectoria investigando las figuras de Maradona y Messi, la presencia del rosarino en la Casa Blanca no constituyó una sorpresa mayúscula. El académico confesó que estaba al tanto de la posibilidad de una ceremonia de este tipo, aunque había circulado información sobre una potencial ausencia del astro argentino. Alabarces contextualizó el hecho como parte de un ritual estadounidense que implica la visita de los campeones al primer mandatario, pero señaló que se trata de una tradición que ha sido quebrantada en numerosas oportunidades por figuras de la talla de LeBron James o por los seleccionados femeninos de fútbol y hockey. En este sentido, el sociólogo subrayó que Messi posee la espalda suficientemente ancha como para tomar sus propias determinaciones, y agregó con ironía que ni siquiera Trump podría revocarle la visa de trabajo, aunque pueda ordenar bombardeos sobre Teherán.
Victor Hugo Morales, desde su programa televisivo en Ar/12, ofreció una perspectiva que buscó desdramatizar el acontecimiento. El periodista uruguayo recordó que la recepción de presidentes norteamericanos a equipos consagrados es una práctica establecida, por lo que la presencia de Messi no debería generar asombro. Morales centró su interés en la posibilidad de que el futbolista tomara la palabra, lo que consideró el único aspecto verdaderamente relevante de la jornada. Para el comunicador, lo significativo reside en que Messi ha logrado instalar el fútbol en un escenario donde ni siquiera Pelé pudo hacerlo hace medio siglo, cuando intentó sembrar la pasión por este deporte en el corazón de los estadounidenses. Aunque reconoció que el fútbol sigue siendo un fenómeno predominantemente latino, Morales destacó que, desde una perspectiva mediática, la disciplina ha capturado un interés sin precedentes gracias a la presencia de este orgullo futbolístico de los argentinos.
Alabarces profundizó su análisis estableciendo un contraste revelador con la actitud que Messi y sus compañeros adoptaron tras la consagración mundial en Qatar. Mientras que en la tradición argentina los equipos campeones o subcampeones suelen visitar al presidente de la Nación, como ocurrió en 1986 con Raúl Alfonsín, en 1990 con Carlos Menem o en 2014 con Cristina Fernández de Kirchner, la selección liderada por Messi tomó la decisión deliberada de omitir ese ritual a su regreso de Medio Oriente. Para el sociólogo, lo que se observa en esta ocasión no es el cumplimiento automático de una ceremonia protocolar, sino una determinación consciente de someterse a ella. Alabarces caracterizó al capitán argentino como un caso paradigmático de una generación de futbolistas que desarrollaron la totalidad de su carrera en el continente europeo, sin siquiera haber debutado en primera división dentro del país.
El escritor uruguayo Jorge Majfud tampoco manifestó sorpresa ante la fotografía, a la que calificó como «muy Messi». Para el intelectual, el aspecto más grave de este episodio reside en la utilización de la figura del futbolista para blanquear la imagen de un presidente que, según sus palabras, es un convicto por la justicia estadounidense, responsable de masacres en diversas regiones del planeta y vinculado al escándalo de pedofilia que involucra a Jeffrey Epstein. En sintonía con esta postura, la licenciada en Ciencias de la Comunicación y profesora de historia Myriam Pelaza enfatizó la inoportunidad del encuentro en un contexto marcado por una guerra feroz, un escándalo sexual de proporciones gigantescas y una reciente incursión en territorio venezolano. Para Pelaza, observar a Messi compartiendo sonrisas con el artífice de esas políticas constituye una asistencia de lujo a la crueldad internacional.
La palabra «dolor» fue la elegida por Mónica Santino, exjugadora, directora técnica y fundadora del proyecto de fútbol femenino La Nuestra en la Villa 31, para expresar el sentimiento que le provocó la imagen del diez junto al mandatario republicano. Santino reflexionó sobre las obligaciones que pueden tener los deportistas de participar en eventos de esta naturaleza, pero contrapuso esa situación con el recuerdo imborrable del regreso de Qatar y la negativa del plantel a visitar la Casa Rosada y saludar a las multitudes que colmaban las calles. La entrenadora subrayó la dificultad de tragar la escena de Messi junto a un individuo que, a su juicio, secuestra presidentes, pretende apropiarse de recursos naturales ajenos y ordena bombardeos sobre naciones soberanas.
Diego Murzi, doctor en Ciencias Sociales y autor de un capítulo del libro «Messi. Las miradas sobre el diez», compilado por el sociólogo mexicano Fernando Segura Trejo, ofreció una mirada que pone el acento en la trayectoria del futbolista. Murzi caracterizó a Messi como una persona que nunca se expresó con palabras a lo largo de su carrera, alguien que no cultiva ideas complejas y que logró mantenerse en terrenos neutrales respecto a las cuestiones políticas, sociales y culturales. Desde esta perspectiva, el académico consideró que el encuentro con Trump representa el hecho político más relevante en la historia del deportista, particularmente por el momento elegido: a pocos días de que Estados Unidos se erigiera como impulsor de un conflicto bélico de alcance planetario. Murzi sugirió que, de haber ocurrido en otra coyuntura, la visita probablemente habría pasado desapercibida.
Un elemento central para evaluar la conducta del capitán argentino, según Murzi, consiste en determinar si fue empujado a realizar la visita o si actuó por voluntad propia. El investigador planteó dos hipótesis contrapuestas: que Messi haya tomado la decisión personalmente o al menos no haya opuesto resistencia, o bien que haya sido compelido a concurrir por compromisos comerciales con la Major League Soccer y sus patrocinadores, o por razones políticas vinculadas a sus empleadores. Mientras la primera posibilidad lo condenaría moralmente, la segunda operaría como un atenuante. Murzi sostuvo que en cualquiera de los casos existe una responsabilidad ineludible de Messi en tanto ídolo global, aunque concluyó con una afirmación que busca equilibrar los términos: Messi es un genio jugando al fútbol, pero el problema radica en que este deporte trasciende ampliamente la esfera lúdica para convertirse en un fenómeno social de primera magnitud.
El argumento de que Messi es simplemente un futbolista y no debería exigírsele un posicionamiento político también resonó con fuerza en el debate público. Esta postura encontró eco en las palabras del periodista Matías Castañeda, quien en diálogo con Página/12 enfatizó que lo verdaderamente relevante de la figura del diez es lo que genera en el pueblo argentino. Castañeda observó que muchas personas carecen de una militancia política definida y simplemente encuentran felicidad en momentos como el vivido durante el Mundial de 2022. Para el comunicador, si un torneo ecuménico produce esa clase de alegría colectiva, nos hallamos ante un fenómeno de enorme trascendencia social.
El periodista expresó cierta irritación ante las críticas dirigidas a Messi como si se tratara de un dirigente político, ya que considera que esa actitud contradice el sentimiento popular mayoritario. Castañeda recordó la movilización espontánea de seis millones de personas tras la consagración en Qatar, una convocatoria que ningún partido o movimiento político podría igualar. Asimismo, introdujo una lectura estratégica de cara al próximo Mundial que se disputará en territorio norteamericano, compartido entre Estados Unidos, Canadá y México. En este contexto, el periodista se preguntó retóricamente si acaso no resultaba lógico que Messi visitara al presidente del país anfitrión, y evocó el antecedente de Diego Maradona, cuya participación en el Mundial de 1994 se vio truncada precisamente en ese escenario.
La periodista deportiva Micaela Piserchia compartió algunos aspectos de esta mirada, aunque matizó su posición. Para Piserchia, Messi ya ha proporcionado felicidad suficiente a los argentinos, por lo que todo lo demás debería considerarse accesorio. La comunicadora defendió la necesidad de juzgar a los futbolistas exclusivamente por sus logros deportivos, aunque reconoció la complejidad que introduce la noción de ídolo. Tanto Maradona como Messi, señaló, nos brindaron alegrías inconmensurables. Sin embargo, Piserchia no eludió una valoración crítica del encuentro: afirmó que Messi sabe perfectamente lo que hace y tendrá sus motivaciones para visitar a Trump, pero admitió que la imagen le resulta desafortunada considerando el contexto actual.
La comparación con Maradona emergió como una constante ineludible en las discusiones. Las redes sociales se poblaron de fotografías del diez junto a Fidel Castro, así como de innumerables registros donde el exfutbolista arremetía contra las máximas figuras del poder político, religioso y económico, desde los presidentes de la FIFA hasta Mauricio Macri, George Bush o el Papa Juan Pablo II. Este contraste también generó divisiones interpretativas.
Mónica Santino advirtió sobre la inconveniencia de exigir a un futbolista una función redentora o salvadora, pero reconoció que el legado de Diego instaló una vara extremadamente elevada y marcó una forma de habitar el mundo sustancialmente distinta. Jorge Majfud fue más contundente en su caracterización, al calificar a Maradona y Messi como figuras moralmente antagónicas. Mientras el primero se enfrentó sistemáticamente al poder establecido, el segundo estaría prestando un servicio a una mafia imperialista y pedófila encarnada en la figura de Trump.
Diego Murzi, en cambio, consideró improductivo desempolvar la vieja polaridad entre ambos ídolos para señalar supuestas virtudes y debilidades de cada uno como sujetos políticos. Para el sociólogo, en esa confrontación binaria lo único que queda de manifiesto es la proyección de nuestras propias visiones del mundo a través de las figuras emblemáticas. Si Messi comparte un acto con las Abuelas de Plaza de Mayo es automáticamente catalogado como progresista, mientras que si asiste a una reunión de negocios en Miami se transforma en libertario. Del mismo modo, si Maradona se tatuaba al Che Guevara era considerado revolucionario, pero si celebraba a Khadafi, a Duhalde o a Maduro pasaba a ser visto como reaccionario.
Pablo Alabarces aportó una perspectiva que destaca la vigencia de Maradona como símbolo político. El sociólogo afirmó que, en escenarios como el actual, resulta evidente que la figura del diez permanece intacta en su dimensión política, e incluso la calificó como más política que moral. Al establecer una comparación entre ambos ídolos, Alabarces contrapuso el modelo moral del compromiso, encarnado por Maradona, frente al modelo moral de la indiferencia, asociado a Messi. El académico fue particularmente severo en su diagnóstico final: Messi no es un militante trumpista, pero si decide posar junto a Trump en el momento exacto en que este dirige una guerra, está tomando partido. Y si no es capaz de comprenderlo, agregó con crudeza, entonces es un necio.
La dimensión partidaria del debate no tardó en manifestarse. Diversos referentes de La Libertad Avanza intentaron capitalizar la polémica para apropiarse de la figura de Messi, al tiempo que acusaban al kirchnerismo de adoptar una postura contraria al astro. El Gordo Dan, uno de los comunicadores libertarios de estilo más confrontativo, publicó una imagen manipulada con inteligencia artificial donde se observaba a Messi y Trump con notables transformaciones físicas: el futbolista aparecía con el torso desnudo bajo un saco, mientras que el mandatario estadounidense lucía una corbata con los colores patrios argentinos. «Qué foto hermano. La representación de una época», escribió el influencer en la red social X, haciendo pasar la composición digital como si se tratara de un registro auténtico.
Otro usuario de reconocida militancia libertaria, conocido como Tonio, sumó su provocación al señalar que «la subtrama de los kukitas es un estallo», y aseguró que ahora aquellos que critican a Messi lo hacen porque el futbolista apoya a Trump «como toda persona de bien». Agustín Romo, diputado provincial de Buenos Aires por La Libertad Avanza, se sumó a la ofensiva contra el kirchnerismo con un mensaje que combinaba sorpresa fingida y agresividad explícita. El legislador manifestó su asombro ante quienes reaccionaron insultando a Messi por concurrir a la Casa Blanca, y se preguntó retóricamente qué pretendían aquellos críticos, si acaso esperaban que el futbolista rechazara una invitación del presidente estadounidense por el simple hecho de que no es de su agrado político. Romo aseguró, con una proyección que delata su propia cosmovisión, que Messi es lo suficientemente inteligente como para desear ese encuentro, a diferencia de sus detractores a quienes calificó despectivamente.
La tormenta desatada por una fotografía oficial amenaza con prolongarse en el tiempo, revelando las profundas fisuras que atraviesan la sociedad argentina. Mientras unos ven en Messi a un deportista excepcional que no debería ser juzgado por parámetros que exceden su profesión, otros perciben en su gesto una toma de posición ineludible en el escenario geopolítico contemporáneo. Lo que resulta indiscutible es que la imagen del diez junto al mandatario republicano ha logrado algo que parecía improbable: politizar la figura de un futbolista que construyó su carrera sobre la base del silencio y la neutralidad. En el horizonte se perfila un nuevo Mundial en tierras norteamericanas, y la pregunta sobre cuál será la actitud de Messi ante los poderosos de turno seguirá flotando en el aire, alimentando debates que, como este, trascienden largamente los límites del campo de juego.
