Empresarios le piden al Presidente: «Trátennos bien»

Empresarios le piden al Presidente: «Trátennos bien»

La Unión Industrial Argentina y la Asociación Empresaria reclamaron al mandatario que cese las agresiones hacia el sector, en medio de una profunda crisis fabril que ubica al país entre las naciones con peor desempeño productivo del mundo. Mientras tanto, el modelo libertario avanza con su apuesta a la primarización económica, generando interrogantes sobre su sustentabilidad.

En un hecho inédito que revela las tensiones latentes en la relación del poder político con el mundo corporativo, dos de las principales cámaras empresariales del país salieron esta semana a pedirle al primer mandatario que modere sus formas. Tanto la Unión Industrial Argentina (UIA) como la Asociación Empresaria Argentina (AEA) emitieron comunicados en los que, sin cuestionar el rumbo económico general, solicitaron respeto institucional y un trato más cuidadoso hacia sus representados.

El reclamo empresarial pone de manifiesto una paradoja significativa: los dueños del capital respaldan los lineamientos centrales de la gestión libertaria, pero se sienten incómodos con los epítetos y las descalificaciones que periódicamente reciben desde la Casa Rosada. Detrás de esta incomodidad subyace también una preocupación más profunda: el cierre masivo de fábricas y la delicada situación que atraviesan numerosas compañías como consecuencia de las políticas implementadas.

La entidad fabril, integrada mayoritariamente por sectores que enfrentan dificultades crecientes, refleja el descontento de sus asociados. Según datos recientes, prácticamente la mitad de la capacidad instalada en el parque industrial permanece ociosa, víctima de una apertura importadora que facilitó el ingreso de productos foráneos y de una demanda interna que se desplomó. Entre 2023 y 2025, nuestro país registró la segunda peor contracción de la producción manufacturera a nivel global, con una merma del 7,9 por ciento que dejó a su paso empresas clausuradas y una ola de despidos, de acuerdo con un estudio basado en estadísticas de Naciones Unidas.

El proyecto impulsado desde el Gobierno concentra sus apuestas en tres rubros específicos: la extracción minera, la generación energética y el complejo agroexportador. En ese esquema, el debilitamiento fabril no constituye una consecuencia fortuita sino un resultado buscado, parte constitutiva de una transformación estructural en marcha. Quienes observamos con atención estos procesos recordamos debates de años anteriores, cuando señalábamos la contradicción de vender cuero sin procesar mientras adquiríamos calzado elaborado allende las fronteras. Hoy la disyuntiva se replica con otras materias primas: no se objeta el desarrollo minero en sí mismo, sino la modalidad extractiva que envía minerales en bruto sin agregar valor mediante su industrialización. Si se produjeran baterías de litio en territorio nacional, la historia sería diferente: divisas genuinas, ocupación calificada, transferencia tecnológica. Exportar el litio tal como se extrae de la tierra, en cambio, perpetúa una inserción primarizada que ni desarrolla ni genera empleo digno.

El comercio minorista tampoco escapa a la debacle. Por todas partes se multiplican los carteles de «local en alquiler» y las historias de trabajadores despedidos, configurando un paisaje desolador que contrasta con los indicadores macroeconómicos que el oficialismo exhibe como trofeos.

Precisamente, uno de los pilares discursivos gubernamentales consiste en establecer una separación tajante entre la macroeconomía y la microeconomía. Sin embargo, esa escisión no existe en la realidad tangible. Desde una perspectiva integral, el comportamiento de las grandes variables debería crear las condiciones para que la actividad cotidiana prospere y la ciudadanía mejore su bienestar. ¿De qué sirve un tipo de cambio reprimido o una inflación en retroceso si cada jornada cierran sus puertas nuevos emprendimientos, si las familias pierden su fuente de ingresos y el consumo se retrae sin pausa? La cirugía puede haber sido técnicamente impecable, pero el paciente falleció en el quirófano. La única política económica válida es aquella que resuelve los problemas concretos de la gente.

En este contexto, el mandatario libertario insiste en convocar a los ahorristas para que extraigan los dólares guardados debajo del colchón y los vuelquen al sistema financiero. Detrás de esa exhortación se esconde una exigencia del Fondo Monetario Internacional, que reclama un incremento de las reservas. Durante 2025, los argentinos adquirieron divisas por 35 mil millones de dólares sin declarar un destino específico, cifra equivalente a la totalidad de lo exportado en oleaginosas y cereales, y que representa el 41 por ciento de las ventas externas del país.

El discurso presidencial del último domingo incluyó además múltiples referencias al alineamiento incondicional con los Estados Unidos, en un momento histórico signado por la desarticulación del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra. Organismos como Naciones Unidas, su Consejo de Seguridad, la Organización Mundial de la Salud o la UNESCO, que durante décadas estructuraron la convivencia global, hoy son puestos en entredicho por la administración norteamericana. Washington ya abandonó numerosos foros multilaterales, desde el Consejo de Derechos Humanos hasta la agencia de energías renovables, pasando por el pacto migratorio y los acuerdos climáticos.

Ante un escenario internacional de reglas cada vez más difusas, el conflicto recrudecido en Medio Oriente amenaza con impactar en variables que el gobierno local presume de tener dominadas. Nadie vive en una burbuja, y menos aún un país que profundiza su dependencia exterior. Si el petróleo se encarece en los mercados globales, el combustible se encarecerá en las estaciones de servicio locales, aunque los costos de extracción permanezcan inalterados. Carece de lógica que el precio de la nafta deba aumentar en la Argentina cuando no importamos ese recurso, cuando lo producimos aquí con crudo extraído de nuestra propia tierra. Pero la decisión de acoplar el valor interno al internacional beneficia la rentabilidad de las petroleras a costa del poder adquisitivo popular. Lo mismo ocurre con la carne: su cotización en Chicago termina fijando el precio en las carnicerías de barrio, por eso su consumo se derrumba no por un cambio en las costumbres alimentarias sino porque su valor se dispara muy por encima de los ingresos familiares.

El modelo libertario avanza entre arremetidas que parecen incontenibles y debilidades cada vez más notorias. Frente a esta realidad, resulta perentorio construir una oposición amplia y heterogénea capaz de ofrecer a la sociedad una senda diferente, que contemple el desarrollo armónico de todos los sectores productivos y sitúe el bienestar ciudadano en el centro de las decisiones.

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