A contrapelo de la narrativa oficial que culpa a la oposición, una creciente corriente de informes locales e internacionales señala al propio Presidente como principal factor de desconfianza. La caída de la imagen presidencial, los escándalos en el seno del Gabinete y las fracturas internas componen un escenario de tormenta perfecta que ya impacta en los bonos, el Riesgo País y las expectativas de recuperación.
La fragilidad estructural que durante meses se intuyó como una mancha lejana en el horizonte administrativo del Gobierno de Javier Milei ha comenzado a manifestarse con una nitidez inquietante, semejante a esa niebla espesa que se disipa de golpe para revelar un paisaje de grietas profundas. Lejos de la aturdida retórica oficial que insiste en atribuir cualquier conato de fracaso del modelo libertario a la acción conspirativa de las fuerzas opositoras, en distintos estratos del poder económico y financiero se ha instalado una certeza cada vez más extendida: el peligro, hoy por hoy, es casi exclusivamente “el peligro Milei”. Ese fenómeno que antes se detectaba apenas en las cifras macroeconómicas, en las encuestas de humor social y en los indicadores sectoriales más crudos, se ha traducido en una desconfianza concreta por parte de los inversores, quienes observaron con estupor que la decisión oficial de mantener en su cargo a Manuel Adorni —el jefe de Gabinete sospechado de haberse enriquecido de manera ilícita— ha empeorado las condiciones generales de La Libertad Avanza. En síntesis, los episodios de corrupción se montan como un jinete sombrío sobre la ya maltrecha economía real y descargan todo su peso directamente sobre el Poder Ejecutivo.
En las últimas jornadas, la preocupación dejó de ser una voz aislada en los círculos financieros para convertirse en una advertencia documentada. Fuentes solventes habían anticipado que dos grandes bancos de inversión elaboraron informes que el propio Gobierno conoció, y en los cuales ya se adelantaba el efecto destructivo de un sacudón político sobre las expectativas de los agentes económicos. Pero ahora se ha sumado un trabajo local que profundiza esos argumentos con datos preocupantes. La consultora estrella del mercado, 1816 —dirigida por exgerentes del Banco Mariva— analizó en su reporte semanal del 30 de abril el pobre desempeño de los bonos argentinos, cuyo comportamiento refleja los niveles de confianza en la administración libertaria y en su plan económico, mostrando además un síntoma indisimulable: el Riesgo País que no termina de descender.
Los especialistas de 1816 puntualizan dos razones concretas para este deterioro. La primera, según precisan, es que la debilidad de los títulos públicos comenzó a hacerse visible luego del anuncio de las garantías otorgadas por el Banco Mundial y el BID. Es posible, señalan, que los inversores hayan sentido decepción al comprobar que el país recurre nuevamente a financiamiento senior, una maniobra que recuerda los peores momentos de la gestión de la deuda. Pero la segunda causa resulta mucho más potente y reveladora: empezó a impactar en el rendimiento de los bonos la pronunciada caída de la imagen de Javier Milei, un deterioro confirmado durante esta semana por las mediciones de Poliarquía, la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) y el prestigioso sondeo de Atlas Intel para Bloomberg. Allí se destaca que el Índice de Confianza en el Gobierno elaborado por la UTDT se derrumbó el equivalente a cinco coma seis puntos durante abril, alcanzando así su segundo nivel más bajo de toda esta administración —el piso más hondo, vale recordar, se había registrado en septiembre de 2025, en plena elección provincial bonaerense—, mientras que la aprobación presidencial medida por el relevamiento mensual de Atlas Intel para Bloomberg perforó un nuevo mínimo histórico, al descender nueve décimas en el mes y acumular una pérdida de ocho coma cinco puntos en lo que va del año 2026.
El informe de 1816 agrega un dato que debería encender todas las alarmas en Balcarce 50: la misma encuesta de Atlas Intel revela que las valoraciones positivas del gobernador Axel Kicillof y de la exmandataria Cristina Fernández de Kirchner ascendieron ocho y siete puntos en apenas treinta días, hasta situarse en el cuarenta y seis por ciento y el cuarenta y uno por ciento respectivamente, superando en ambos casos la imagen positiva de Milei. Aunque la consultora no lo menciona explícitamente, en ese mismo relevamiento aparece una tercera figura opositora, la dirigente de izquierda Myriam Bregman, con el diferencial de imagen más favorable de todos. Todos ellos, creciendo sin pausa. Mientras tanto, mucho más rezagados quedan el propio Presidente y su Gabinete, junto al exmandatario Mauricio Macri, que apenas roza el veinte por ciento de valoración positiva. Los analistas de 1816 especulan que en los próximos meses podría retomarse el proceso de desinflación y atisbarse algún brote de crecimiento económico, pero al mismo tiempo encienden una alarma fundamental: el riesgo hacia adelante, advierten, es que el mercado se ponga nervioso antes de que los hogares comiencen a notar una verdadera mejora en sus ingresos. En otras palabras, se duda de que haya una recuperación genuina de los salarios y, sobre todo, del esquema de gasto disponible de las familias argentinas.
Lo que plantea 1816 no es más que el reflejo de lo que perciben los mercados en su conjunto: un explosivo cóctel de crisis económica vigorosamente alimentado por una crisis política y las divisiones internas en el seno del Gobierno. El affaire Adorni resulta particularmente inquietante. En la Casa Rosada, la consigna que se repite como un mantra es la de “bancarlo a Manuel a muerte”, y se aclara a cada interlocutor que el jefe de Gabinete no será candidato a nada, pero que de su puesto no se moverá. Los habituales concurrentes a Balcarce 50 indagan con escepticismo acerca de cómo hará Adorni para explicar lo que no pudo aclarar esta semana en el Congreso. La teoría más nueva roza lo inédito: muchos han escuchado al pasar, de boca de funcionarios, sugerencias algo peregrinas sobre la conveniencia de sostener que Adorni aún percibe sueldo como director titular independiente de YPF designado por el Estado, y que esos entre setenta y noventa millones de pesos mensuales justificarían el gasto suntuario que se le atribuye en viajes y alquileres de viviendas. Esta versión resulta delirante porque evidencia, en primer lugar, una notable desesperación política, y en segundo lugar contradice hechos muy recientes: el pasado treinta de enero de este año, la petrolera comunicó a la Comisión Nacional de Valores un hecho relevante en el que expone ante los accionistas que el Jefe de Gabinete renunció a esa retribución. El texto oficial señala que el Directorio tomó conocimiento de la comunicación cursada por el accionista Clase A, Estado Nacional —Secretaría de Energía—, designando como director titular a Manuel Adorni, y se deja constancia de que el nombrado ha comunicado su renuncia a los honorarios. El Gobierno demuestra aquí una confusión total acerca de cómo resolver un problema político de tamaña gravedad, y por eso prefiere pagar el costo de no echar a su funcionario antes que admitir un error.
Mientras tanto, las piezas del rompecabezas opositor también se mueven. Llamó la atención en la cena de la Fundación Libertad celebrada esta semana lo que muchos percibieron como un abrabo frío entre Patricia Bullrich y su exjefe Mauricio Macri. Varios empresarios presentes en el convite se enteraron de que la senadora —cada vez más corrida del calor político de la secretaria de la Presidencia, Karina Milei— ya había mantenido encuentros reservados con Macri. Según pudo saber este diario, esas reuniones ocurrieron en las oficinas del líder del PRO en Vicente López, y se produjeron al menos en dos ocasiones, de acuerdo a lo que se filtró en la mesa de la fundación donde se sentó Macri. La frase que muchos utilizan para describir el interés de Bullrich en retornar al redil macrista es elocuente: “Mauricio es un seis sostenido, y Milei es un ocho que se puede ir al carajo”. Patricia evalúa riesgos. Y parte de la crisis interna del Gobierno, esa misma que desconfían los mercados, alimenta esa evaluación.
Algo similar vislumbra Paolo Rocca, el poderoso líder del grupo Techint. Esta semana, sus colaboradores entraron en cólera al ver perdida la segunda licitación consecutiva, esta vez por el gasoducto que conecta Vaca Muerta con el Golfo de San Matías, obra que se adjudicó la constructora de Víctor Contreras. En los pasillos oficiales, el nombre de Rocca es mala palabra. Milei no quiere ni verlo y, en su discurso de la Expo EFI, volvió a referirse a él con el despectivo apelativo de “Don Chatarrín”. “Acá le cerraron todas las puertas”, se lamentan los oficialistas más lúcidos, aquellos que conocen los alcances lentos pero letales de las venganzas empresarias. Rocca, según estas fuentes, busca un plan B alternativo a Milei, aunque no necesariamente un candidato ganador; su objetivo es erosionar al mandatario para generar un esquema de tercios que reste posibilidades al oficialismo. Entiende que, si Macri consigue apenas cinco o seis puntos en una elección, su propósito se habrá cumplido con creces. Milei lo sabe, y por eso no quiere tenerlo cerca.
El problema de Mauricio Macri es que su anhelo de candidato propio era el banquero Jorge Brito, quien niega rotundamente que vaya a postularse, pero que ya trabaja activamente en el armado político que comanda el exdirigente del PRO Emilio Monzó. Lejos de Macri. El dueño del Banco Macro abona la idea de una fuerza que vaya a internas con una opción peronista de derecha, que compita con los candidatos más fuertes del espacio en una suerte de megainterna amplia. En esos círculos se menciona que la disputa principal será con el gobernador bonaerense Axel Kicillof. Los macristas que mejor conocen al establishment se mueven con cuidado, teniendo presente una máxima: el Círculo Rojo nunca acierta cuando elige a un candidato, por lo que es preferible no ser tocado, por ahora, por esa dinámica que para Milei ya es un problema.
En el frente económico cotidiano, los signos de recesión son inconfundibles. En poco más de un mes dará comienzo el Mundial de Fútbol en Estados Unidos, México y Canadá, pero lo que no arranca es la tradicional venta de televisores, un clásico en cada año que se disputa el torneo más importante del planeta. Los supermercados, habituados a facturar récords en esas fechas, tienen hoy casi el noventa por ciento de sus importaciones concentradas en alimentos, cuando antes predominaban los electrodomésticos. Pero ni siquiera los productos foráneos se venden. No hay dinero. Los números adelantados de abril, a los que accedió este diario, muestran un desplome sostenido frente al año anterior. “Una catástrofe”, describen los ceos del sector retail.
En la Unión Industrial Argentina ven la misma crisis, pero en lugar de quejarse en los medios ya solicitaron una reunión con el ministro de Economía, Luis Caputo, y con el secretario de Comercio, Pablo Lavigne, sobre cuya salida del cargo se especula a diario para que retorne a su consultora, con la que asesoraba a importadores. La orden que habría impartido Paolo Rocca es que el policía bueno sea la UIA y el malo sea él. Una dualidad que despierta bronca entre los industriales, hoy incomprensible desde lo económico pero perfectamente atendible desde los intereses políticos del holding techint.
Entretanto, “Toto” Caputo, quien juró fidelidad a Karina Milei, sabe que el Mundial y los productos importados le drenarán muchos dólares de las reservas. No son pocos los economistas que ven una mano oficial detrás de las recientes cotizaciones. En menos de una semana, la divisa en el Banco Nación pasó de mil cuatrocientos cuarenta pesos a mil cuatrocientos cinco, para luego regresar a los mil cuatrocientos quince. Manos amigas y manos temerosas, que se confirmarán con los datos del Tesoro. El miércoles, el sector agroindustrial ingresó ciento noventa millones de dólares y el Banco Central casi no compró divisas. ¿Están vendiendo o comprando calma cambiaria?
Para Javier Milei, el tema de los dólares no representa un problema, al menos según su propia percepción. Lo ven entusiasmado con los camiones que invaden las rutas esperando para llevar la soja a los puertos. El temor que el Presidente genera entre sus propios colaboradores ha llevado a que algunos le recorten las fotografías de esos camiones, para mantenerlo ilusionado, para inyectarle calma. “Desde las láminas que hacíamos en el colegio no veía gente recortando los diarios”, se resignó uno de ellos. Mientras Milei se muestra contento, Maximiliano Pullaro, el gobernador de Santa Fe, comenzó a armar un fideicomiso con el campo para, previa votación en el Parlamento provincial, disponer de un esquema de financiación privada que permita reparar las rutas destrozadas por los camiones sojeros, esas rutas que el Estado nacional se niega a arreglar. Otra postal del desorden económico y político de un gobierno que ha soltado amarras y navega a la deriva, obligado a enderezar el rumbo con una urgencia que sus propios actos parecen ignorar.
