En un 8M atravesado por el ajuste, la persecución política y el desmantelamiento de políticas de cuidado, los feminismos convocan al paro del 9M para visibilizar que la organización popular es la única trinchera frente al horror económico y la violencia institucional.
En la antesala de una nueva conmemoración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, la marea verde y violeta se prepara para ocupar las calles con una certeza que duele y moviliza a la vez: la lucha no es un evento, sino una respiración. En este 2026, la consigna que suele coronar las fotografías de las multitudes se transforma en un diagnóstico urgente. Los feminismos, en toda su diversidad, transitan la fecha bajo el acecho constante contra las formas de organización popular, esas que florecen en el barro de la desesperanza y que, gracias a una red de contención y cuidados, permiten llegar con vida a este presente distópico que golpea sin piedad los rostros y los cuerpos.
El escenario no podría ser más desolador, y los organismos internacionales ya han encendido las alarmas. La CEDAW, el comité que vela por la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, no tardó en advertir sobre el preocupante retroceso en materia de género y diversidad en la Argentina. El diagnóstico es lapidario: el desguace de la Línea 144, la desfinanciación del programa Acompañar y la alarmante falta de insumos para el Programa de Salud Sexual y Reproductiva son apenas la punta de un iceberg que hunde años de conquistas.
Sin embargo, el movimiento resiste y se reconfigura. En el horizonte de alianzas, destaca la potencia de colectivos históricamente postergados que hoy se yerguen como vanguardia. La comunidad de personas con discapacidad y el nutrido grupo de jubiladas y jubilados que, cada miércoles, plantan cara a la miseria planificada por el oficialismo, son un espejo donde mirarse. La decisión de trasladar la huelga y la manifestación central al lunes 9 no es un mero capricho del calendario. Surgida en el seno de una asamblea transfeminista que nuclea a las secretarías de género de las principales centrales obreras —entre ellas las dos CTAs, la UTEP, la CGT y la CCC—, la jugada busca evidenciar el poder disruptivo de quienes sostienen el entramado productivo y reproductivo de la nación. Se trata de demostrar que si el motor de los cuidados y la producción se detiene, el relato financiero se resquebraja. Aunque la paradoja es cruel: muchas de esas manos que tejen la protesta saben que, si se pliegan al cese total de actividades, el plato de comida en sus hogares peligra o el entramado de atenciones a infancias y adultos mayores se desmorona.
Pareciera que ni siquiera el estar masivamente endeudadas alcanza para doblegar el espíritu de resistencia. La política del temor que pregona Patricia Bullrich tiene como objetivo central hacer implosionar un movimiento que ha sobrevivido a las etapas más oscuras. Lo prueban esas largas décadas de militancia, incluso en la clandestinidad, que lograron instalar en la agenda pública el debate por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, convertido en ley gracias a la perseverancia de los Encuentros Nacionales de Mujeres. No permitir que ese legado tambalee ante los jueces de la moral del universo mileísta es, sin duda, una de las motivaciones más profundas para volver a marchar.
El contexto de ajuste es feroz y se ensaña con los sectores más vulnerados. La motosierra oficial no distingue: recorta programas sociales hasta casi hacerlos desaparecer, impulsa iniciativas para eliminar la figura del femicidio del código penal y despliega una persecución xenófoba que tiene nombres y apellidos. El caso de la periodista venezolana Marina Simonet Hernández Jurado, animosa denunciante en sus redes sociales de las redadas antiinmigrantes en Villa Celina —similares a las prácticas del ICE estadounidense—, es paradigmático. Su valentía le valió amenazas que llegaron incluso desde figuras políticas de la talla de Lilia Lemoine. A esto se suma la despedida masiva de trabajadores y trabajadoras, lanzados al abismo sin red de contención, y el intento de bajar la edad de imputabilidad a un umbral en el que la infancia apenas debería estar culminando la escuela primaria.
El relato que intenta imponer esta gestión, signada por lo antidemocrático, es perverso: pretende convencernos de que la soledad es el destino, de que el agotamiento, la imposibilidad de llegar a fin de mes, la represión en las calles con palos y gases lacrimógenos, son problemas individuales cuya única solución es la mano dura y la exclusión. Pero la historia feminista desmiente esa falacia. La unidad de los pueblos, tarde o temprano, se impone. Los cuerpos volverán a copar las avenidas con la contundencia de otros años, cuando los vientos políticos soplaban a favor de la justicia social, pero con la misma urgencia de entonces: un transfemicidio por día sigue siendo la norma no escrita de un patriarcado que ejerce su violencia desde el hogar. Es ese machismo estructural el que viola, asesina e intenta domesticar todo lo que no encaja en la masculinidad hegemónica, ese mismo que alimenta a falsos influencers que escenifican dinámicas de sumisión con adolescentes, disfrazando el abuso de un falso rito de seducción.
Entonces, ¿qué aguarda este 8M? Se espera que la furia contenida estalle sin perder de horizonte la construcción colectiva. Que las juventudes, tan castigadas por la precarización laboral en centros de llamadas y aplicas, no extravíen la fe en las alianzas intergeneracionales y descubran que existe una política diseñada para ampliar derechos y no para condenarlas a la incertidumbre.
En la víspera de la movilización, las palabras de colectivos como Movida Ciudad y La lengua en la calle resuenan como un manifiesto que sintetiza el espíritu de la época. Convocan este domingo en Parque Centenario a debatir sobre la deuda y los cuidados, y su grito es un latido colectivo: Nos organizamos aunque nos dañen. Alimentamos pues empobrecen. Si acompañamos, dividen. Cuando cuidamos, destruyen. Trabajamos y se enriquecen. Mientras cultivamos, extraen. Reforestamos ante su quema. Si luchamos nos encarcelan. Creamos aunque repriman.
La cita es ineludible. Este lunes 9, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, el paro y la movilización prometen teñir nuevamente el asfalto de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Desde las 16 horas, la historia se escribirá una vez más con la tinta imborrable de la resistencia.
