La propuesta lanzada por Miguel Ángel Pichetto tras reunirse con Cristina Kirchner sacude las estructuras del principal espacio opositor, que ensaya definiciones sobre hasta dónde llegar en la búsqueda de alianzas electorales. Mientras gobernadores e intendentes impulsan la amplitud, sectores de La Cámpora marcan límites y exigen coherencia.
La iniciativa de constituir un «gran frente nacional» con capacidad de disputarle la reelección al presidente Javier Milei en 2027 ha encendido los motores del debate interno en el peronismo, exponiendo las distintas visiones sobre la estrategia electoral que debería adoptar la principal fuerza opositora. La discusión, que hasta hace semanas circulaba en conversaciones reservadas, estalló en la escena pública luego del encuentro que mantuviera el diputado Miguel Ángel Pichetto con la ex mandataria Cristina Fernández de Kirchner en su domicilio de la calle San José.
El legislador, que recupera protagonismo tras aquella visita a la actual vicepresidenta, salió a multiplicar sus apariciones mediáticas para difundir una propuesta que toma como espejo la experiencia brasileña: la coalición que llevó a Luiz Inácio Lula da Silva nuevamente al Palacio de Planalto tras derrotar a Jair Bolsonaro. Aquella construcción, recordó Pichetto, supo amalgamar sectores aparentemente irreconciliables, con el derechista Geraldo Alckmin como compañero de fórmula y los respaldos posteriores de la senadora Simone Tebet, proveniente del centroderecha, y de Ciro Gomes, referente del centroizquierda. El pegamento de aquella unión heterogénea fue la bandera de la lucha contra el hambre y la pobreza.
Para el caso argentino, Pichetto propone un eje programático centrado en la defensa de la industria doméstica y la creación de puestos de trabajo, aunque sin abandonar ciertos límites que considera innegociables: la necesidad de brindar «previsibilidad en materia económica» y el imperativo de despojarse de «estéticas vetustas» que, en su visión, alejan al peronismo de los sectores medios de la sociedad. Estas observaciones suelen interpretarse como críticas dirigidas al gobernador bonaerense Axel Kicillof, a quien el rionegrino ha instado en más de una ocasión a «modernizar» su perfil.
La reacción en las filas del mandatario provincial no se hizo esperar, aunque matizada por una coincidencia de fondo. Carlos Bianco, ministro de Gobierno bonaerense y principal colaborador de Kicillof, salió a respaldar la necesidad de «ensanchar las fronteras» políticas, aunque con una reflexión punzante: «El inconveniente es que en algún momento las angostamos». Desde la Gobernación recordaron que fue el propio Kicillof quien hace más de un año asumió el compromiso de articular un espacio opositor lo más extenso posible para contener el avance de La Libertad Avanza. En este sentido, relativizaron el impacto del acercamiento entre Pichetto y Cristina, aunque deslizaron cierta inquietud por lo que consideran un trato diferenciado: cuando Kicillof busca diálogo con dirigentes ajenos al peronismo suele ser objeto de cuestionamientos, mientras que la reunión de la ex presidenta con quien fuera compañero de fórmula de Mauricio Macri fue recibida con ecuanimidad.
El gobernador riojano Ricardo Quintela, que el año pasado intentó infructuosamente quedarse con la conducción del Partido Justicialista para imprimirle una orientación más federal, se sumó al coro de voces que celebran la iniciativa. Incluso se animó a mencionar nombres concretos que podrían engrosar las filas de esa hipotética alianza: el senador radical Martín Lousteau, el diputado Nicolás Massot y el ex titular de la Cámara baja Emilio Monzó. Para Quintela, la incorporación de Lousteau resultaría estratégica en el distrito porteño, donde la derecha se encamina hacia una presentación unificada. El mandatario también reveló gestiones reservadas con los gobernadores peronistas del Norte que suelen acompañar al oficialismo en el Congreso —identificados como Raúl Jalil de Catamarca y Osvaldo Jaldo de Tucumán— a quienes habría exigido definiciones políticas claras. «No podemos dejar al justicialismo de esas provincias sin conducción», advirtió, al tiempo que elogió a Kicillof como «la mejor carta» con que cuenta el espacio.
Donde el silencio habla con mayor elocuencia es en el entorno más cercano a la ex mandataria. Fuentes de su entorno se esforzaron por desdramatizar el encuentro con Pichetto, calificándolo como una «visita personal a una persona detenida» más que como una cumbre política. No obstante, admitieron que durante la conversación abordaron la situación del país y que existe coincidencia en la necesidad de impulsar un armado de amplio espectro. A pesar de esta sintonía declarativa, el cristinismo ha sido el sector que menos militancia pública ha desplegado en favor de la propuesta. La excepción la constituyó la senadora Juliana Di Tullio, quien planteó la necesidad de convocar a aquellos radicales «de raigambre popular y democrática», a los que definió afectuosamente como «primos».
La discusión sobre los límites del frente adquiere aristas contradictorias cuando se analizan los comportamientos parlamentarios recientes. El debate sobre la amplitud se superpone con el análisis de posibles sanciones a legisladores peronistas que facilitaron con sus votos el avance de iniciativas gubernamentales. En este terreno, La Cámpora suele erigirse como guardiana de la ortodoxia partidaria, señalando a quienes transgreden lo que consideran los límites naturales del espacio. La célebre frase de Máximo Kirchner —»No más Sciolis»—, que circula profusamente en redes sociales, emerge ahora como un obstáculo a sortear: cómo compatibilizar esa advertencia con la incorporación de Pichetto, cuyo pasado como compañero de fórmula del macrismo no puede ser ignorado.
El viernes pasado, Facundo Tignanelli, diputado bonaerense y hombre de confianza de Máximo Kirchner, salió al cruce del intendente de La Matanza, Fernando Espinoza, por haber incorporado a su gabinete al dirigente social Héctor «Toty» Flores, militante de la Coalición Cívica que lidera Elisa Carrió. «Resulta incomprensible que, existiendo tantos compañeros peronistas valiosos en el distrito, se salga a buscar dirigentes del PRO», disparó Tignanelli, dejando entrever que la noción de «gran frente» no necesariamente incluye a todos los sectores.
Las definiciones de Pichetto sobre las «estéticas anticuadas» suelen leerse como una crítica a todo aquello que rememore las gestiones kirchneristas, incluyendo consignas como «Estado presente» o las políticas de transferencia de ingresos. Sin embargo, el diputado Juan Grabois relativizó estas diferencias y reveló que mantiene diálogo frecuente con el rionegrino en los pasillos del Congreso. Incluso confesó un consejo que suele prodigarle: que reemplace su habitual remera por un saco para adecuarse a ciertos códigos. «La verdadera brecha hoy transcurre entre humanismo y deshumanización», reflexionó Grabois al ser consultado sobre los potenciales integrantes del frente. Como límite infranqueable mencionó los operativos de desalojo violento de personas en situación de calle que difunde el gobierno porteño.
En el Palacio Legislativo ya comienzan a insinuarse los contornos de un posible agrupamiento no kirchnerista dentro de ese hipotético frente. Algunos diputados vienen articulando iniciativas conjuntas que trascienden los bloques tradicionales. Pichetto y Massot han suscripto proyectos junto a legisladores de Unión por la Patria como Guillermo Michel, Victoria Tolosa Paz, Kelly Olmos y Emir Félix. La semana pasada, todos ellos participaron de un encuentro con los economistas Diego Bossio y Martín Rapetti, quienes expusieron datos de la consultora Equilibra sobre la evolución del empleo y las perspectivas macroeconómicas. La reunión funcionó como coartada para mostrarse articulados y deslizar la conveniencia de encontrar un liderazgo del interior capaz de sintetizar las demandas que hoy copan la agenda pública. Nombres como los de los ex gobernadores Sergio Uñac o Jorge Capitanich comienzan a sonar con insistencia. «La ampliación del peronismo es una necesidad incuestionable», resumió Michel, estrecho colaborador de Sergio Massa.
El consenso sobre la conveniencia de un gran frente opositor parece, entonces, más extendido de lo que las disputas cotidianas dejarían suponer. La dificultad emerge cuando se intenta precisar hasta dónde debe llegar esa ampliación y qué actores deberían integrarla. La herramienta de las PASO podría ofrecer una salida ordenada, permitiendo que diferentes candidatos representen a cada sector en una competencia interna. Sin embargo, el oficialismo nacional impulsa la eliminación de ese mecanismo, lo que tornaría más compleja la resolución de las diferencias.
Entre quienes pugnan por incorporar al espectro político del centro, aquellos que priorizan el mantenimiento de una identidad ideológica nítida y los que imaginan nuevos liderazgos emergiendo desde las provincias, el debate recién comienza a desplegarse. La construcción de una alternativa capaz de interpelar a una sociedad atravesada por la crisis económica y la desconfianza hacia la política tradicional demandará, seguramente, mucho más que la sumatoria de piezas con distintos orígenes partidarios. El desafío será, acaso, encontrar el relato común que transforme esa heterogeneidad en una fuerza política capaz de gobernar.
