El jefe de Gabinete intentó justificar la polémica travesía de su pareja en el avión presidencial y terminó involucrando directamente a Javier Milei. Mientras la Justicia avanza para determinar quiénes más viajaron en condición de invitados, en Balcarce 50 crece la preocupación por una pulseada interna que amenaza con desestabilizar al oficialismo. Las cuentas no cierran y el silencio oficial ya no alcanza.
Lo que pudo haber sido una anécdota menor se transformó en un vendaval político que sacude los cimientos de la gestión libertaria. Una postal que retrató al entonces vocero presidencial Manuel Adorni junto a Bettina Angeletti frente a la tumba del rebe Lubavitch en Nueva York desató una tormenta que hoy amenaza con llevarse puestas las pocas certezas que quedaban en la Casa Rosada. Aquella imagen, que en principio podía interpretarse como un gesto de fe o una visita protocolar, destapó una caja de Pandora de la que comienzan a emerger datos incómodos, contradicciones y, sobre todo, un patrón de comportamiento que pone en tela de juicio la utilización de los bienes del Estado.
El viaje a la Gran Manzana no fue el único foco de controversia. A medida que los reflectores se posaron sobre la pareja, comenzaron a conocerse otros episodios que agigantaron la dimensión del problema. Una estadía en Punta del Este con gastos que resultan difíciles de justificar con los ingresos declarados por los protagonistas, sumado a la designación de un amigo personal del jefe de Gabinete en un cargo dentro de los medios públicos, completaron un combo explosivo que la oposición –y sectores del propio oficialismo– aprovechan para marcar la cancha.
La respuesta del círculo rojo del poder no se hizo esperar, pero lejos de apaciguar las aguas, terminó por agitarlas aún más. Tanto el Presidente como su hermana Karina salieron a respaldar a Adorni con una contundencia que sorprendió incluso a los más cercanos. “Ánimo”, fue el mensaje escueto pero elocuente que le envió Milei. “Apoyo total e incondicional”, sumó la secretaria general de la Presidencia, en un gesto que buscó blindar al funcionario pero que, paradójicamente, terminó por exponerlo aún más. Porque si bien el respaldo fue público y enfático, no alcanzó para despejar las dudas que crecen en torno al caso.
En su intento por salir airoso del lodazal, Adorni protagonizó una serie de justificaciones tan erráticas como poco convincentes. Primero apeló a un argumento que pretendía generar empatía: aseguró que estaba “deslomándose” en la Quinta Avenida, una expresión que buscaba retratar su esfuerzo pero que cayó pésimo en una sociedad que observa con lupa cada movimiento de sus funcionarios. Luego intentó desviar la atención hacia la oposición, a la que acusó de magnificar el tema con fines electoralistas. Sin embargo, en los pasillos de Balcarce 50 circula otra versión: el verdadero origen de la filtración no estaría en el campo adversario sino en una interna que amenaza con resquebrajar la unidad del espacio.
Pero el giro más peligroso para la estabilidad del Gobierno se produjo en las últimas horas, cuando el jefe de Gabinete modificó sustancialmente su relato respecto de la presencia de Angeletti en la comitiva oficial. Si en un primer momento había afirmado que su esposa lo acompañó con la venia de “Presidencia”, en una entrevista concedida a la revista Forbes ajustó la mira y señaló directamente al mandatario: “Fue invitada por el Presidente”. La corrección semántica no es menor. Detrás del cambio de palabras se esconde una estrategia para mantener a Karina Milei al margen de la polémica, pero al mismo tiempo coloca a Javier Milei en el centro de la escena judicial.
Y es que el decreto 712/2024, firmado por el propio Presidente, establece de manera explícita que las aeronaves del Estado no pueden ser utilizadas para trasladar familiares de funcionarios. Si se confirma que la invitación partió de Milei, sería el propio mandatario quien habría violado una normativa que él mismo promulgó. El detalle no pasó desapercibido para los tribunales, donde las causas comienzan a moverse con una celeridad inusual. Los jueces ya han solicitado acceder a la lista completa de pasajeros que viajaron en ese y otros vuelos oficiales, en un intento por determinar si existen otras irregularidades y, sobre todo, si el caso de Angeletti fue una excepción o parte de una práctica más extendida.
Consciente del terreno movedizo que pisa, Adorni intentó este sábado un nuevo giro discursivo. En tono visiblemente afectado, admitió: “Fue una equivocación”. Pero la autocrítica no apuntó al uso de los recursos públicos en beneficio de su pareja ni a las contrataciones bajo sospecha, sino a la elección del verbo “deslomar”. “Dije una frase absolutamente desafortunada. Se generó una sensación de rechazo. Estuvo mal”, se excusó el funcionario en un intento por acotar el daño a un desliz semántico. La maniobra, sin embargo, resultó tan burda como ineficaz. La crisis que enfrenta el Gobierno no se originó en un exabrupto verbal sino en una serie de decisiones que, al menos en apariencia, privilegiaron vínculos personales por sobre el cuidado de lo público.
La pregunta que recorre los despachos oficiales y también los tribunales es simple pero incómoda: ¿en calidad de qué viajó Bettina Angeletti en el avión presidencial? Cuando la noticia se hizo pública, Adorni ensayó una respuesta que pretendía ser emotiva: “Yo quería que mi esposa me acompañe porque es mi compañera de vida”. El argumento, válido desde lo afectivo, resultó insuficiente desde lo administrativo. Porque los afectos no están contemplados en los protocolos que regulan el uso de los bienes del Estado. Y porque, además, abrieron un interrogante mayor: ¿cuántos otros viajes se realizaron bajo el mismo criterio?
En este clima de tensión creciente, la Casa Rosada observa con preocupación cómo se teje una red de especulaciones que involucra a sus principales figuras. Lejos de amainar, el escándalo se retroalimenta con cada nueva revelación y con cada intento fallido de explicación. Los números no cierran, las coartadas se desmoronan y el blindaje oficial, por más explícito que sea, no alcanza para contener el daño. Porque cuando un gobierno debe salir a respaldar a uno de sus hombres fuertes con la contundencia con que lo hizo este, algo en su interior comienza a resquebrajarse. Y en política, como en la física, las grietas suelen anunciar derrumbes.
