Organizaciones sociales, políticas y de derechos humanos confluyen en una histórica movilización unificada en todo el territorio nacional para honrar a las víctimas del terrorismo de Estado, en un contexto signado por el negacionismo oficial y las políticas de desmantelamiento de las políticas de memoria.
A medio siglo del acontecimiento que quebró la democracia argentina e impuso un régimen de violencia sistemática desde el Estado, la marea popular retornará el próximo martes al corazón de Buenos Aires. Será entonces cuando una movilización sin fracturas y de carácter multitudinario desborde las arterias de la ciudad y se replique a lo largo y ancho del país, llevando consigo los retratos y los apellidos de aquellos que la última dictadura cívico-militar-eclesiástica pretendió sepultar en el olvido. No lo consiguió.
La marcha congregará bajo un mismo propósito a las organizaciones defensoras de los derechos humanos, a las fuerzas políticas de diverso signo, a los gremios y a las agrupaciones territoriales que integran tanto la Mesa Nacional como el Encuentro Memoria, Verdad y Justicia. Todos ellos confluyen en un único frente de manifestación en la capital del país, con un doble objetivo: rendir homenaje a los miles de desaparecidos, asesinados y víctimas del terror estatal, y alzar una voz de repudio frontal contra la administración de Javier Milei, a quien señalan como promotor de una corriente revisionista que desconoce los crímenes de la última dictadura.
“El mismo plan, la misma lucha. Son treinta mil. Que digan dónde están”, proclaman las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, junto a los Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas y el resto de las entidades que componen la mesa nacional. La convocatoria fija como punto de partida la intersección de Piedras y Avenida de Mayo, desde donde comenzarán a trazar su recorrido a las catorce horas. Desde el Encuentro, en tanto, lanzan una arenga que sintetiza el espíritu de la jornada: “Ayer contra la dictadura, hoy contra Milei y sus cómplices. Organizarnos para resistir, rebelarnos para vencer”. Este sector iniciará la marcha media hora más tarde, a las catorce y treinta, en Diagonal Norte y Florida, para luego fundirse en un solo torrente humano que, cerca de las dieciséis y treinta, será protagonista de la lectura de un documento común en la emblemática Plaza de Mayo.
A quienes se sumen a la movilización se les solicita portar la imagen de algún detenido o detenida desaparecida suspendida del pecho, acompañada de la exigencia inalterable de “Que digan dónde están”. No se trata de una consigna novedosa, pero su persistencia atraviesa las décadas con una vigencia inapelable. Porque a cinco décadas del inicio del terrorismo de Estado, la práctica de la desaparición forzada de personas continúa siendo un crimen que no ha encontrado su epílogo. Y porque los responsables condenados por aquellos delitos de lesa humanidad aún mantienen intacto su pacto de silencio, negándose a aportar la información que poseen para dar respuesta a un reclamo que no admite clausura.
Esta demostración de unidad en las calles se produce en un momento particularmente tenso para la agenda de la memoria. El escenario actual se halla surcado por discursos que relativizan o niegan la naturaleza genocida del último gobierno de facto, por un sostenido desmantelamiento de las políticas públicas destinadas a la promoción de los derechos humanos y por una coyuntura política que ha vuelto a poner en jaque acuerdos fundamentales que hasta hace poco se daban por consolidados en el seno de la sociedad argentina. Frente a ese panorama, la decisión de marchar bajo una convocatoria unificada no solo apunta a robustecer la presencia masiva en el espacio público; constituye, ante todo, un mensaje político inequívoco sobre la necesidad de sostener colectivamente las banderas de verdad y justicia.
