A 50 Años del Golpe, la Memoria se Hace Carne en las Calles: Las Huellas de una Lucha que No Cesa

A 50 Años del Golpe, la Memoria se Hace Carne en las Calles: Las Huellas de una Lucha que No Cesa

En la previa de una nueva conmemoración del 24 de marzo, las voces de los nietos y las nuevas generaciones se alzan con fuerza para reclamar justicia, defender la educación pública y honrar a los 30.000 desaparecidos, en un contexto donde el olvido asoma como amenaza.

En un cuaderno, con la caligrafía urgente de quien presiente la inminencia de la tragedia, quedaron grabadas para siempre las palabras que abren una herida que aún no cicatriza. “12 de marzo de 1976. Es posible que me pase algo y mis hijas no reciban un relato fiel de cómo fueron las cosas. Por eso hijitas escribo esto para ustedes, perdonen si el relato es desordenado”. Aquellas líneas, trazadas por Mimí Tardivo, una joven maestra rural de apenas 24 años, se convirtieron en un acta de amor y en una profecía. Cuatro meses después de aquel escrito, mientras barría el patio de tierra de la escuela de Cuartel V, en el Partido de Moreno, preparando el escenario para el acto del Día de la Independencia, un comando de siete militares vestidos de civil irrumpió en su vida. La arrancaron de ese suelo frente a sus alumnos y alumnas de primer grado, dejando un vacío que sus hijas, Carolina y Mae, transformaron en una incansable búsqueda de justicia. La dictadura no solo la silenció a ella; intentó obliterar su existencia borrando la escuela de todos los registros oficiales, como si jamás hubiera existido. Sin embargo, la tenacidad de la memoria popular y la lucha inclaudicable de sus hijas lograron revertir ese intento de aniquilación: hoy, una escuela, una biblioteca y una calle llevan su nombre, erigiendo un monumento vivo allí donde se quiso imponer el vacío.

Este 24 de marzo, la historia de Mimí resuena en la voz de su nieto, Vittorio Bosch, un estudiante de tercer año del Pellegrini que, desde que estaba en el vientre de su madre, ha sabido que su lugar en esta fecha es la marcha. Vittorio lleva consigo el legado de sus abuelos: Mimí, desaparecida, y el Tata, Ricardo M. Ghigliazza, militante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) que fue fusilado junto a otros compañeros en la Masacre del Pasaje Rubén Darío el 19 de septiembre de 1975. “Mis abuelos y los 30 mil compañeros querían y luchaban por otro mundo para nosotros y para todos los chicos”, afirma con la convicción que otorga la sangre y la historia. “Ahora con 15 años sé en qué país vivimos y tengo bien claro que quiero luchar por la educación y la salud pública, por los jubilados, por el chico que me pide algo de comida cuando voy al chino y por mucho más que nos merecemos los argentinos”.

El reclamo por la educación pública, un pilar central del proyecto que la dictadura intentó demoler, atraviesa las generaciones. Desde el corazón de la movilización, Vera Pedrotta, estudiante de cuarto año del Mariano Acosta, explica las razones que la impulsan a caminar. Su propia biografía es un testimonio del terror de Estado: su tía abuela, Nora Cristina González, militante montonera, permanece desaparecida, mientras que dos de sus abuelos se vieron forzados al exilio en México. “Yo marcho por muchas razones, una de ellas es porque mi familia se vio muy afectada durante la dictadura”, sostiene Vera, añadiendo que el contexto actual exige una presencia aún más firme. “Hoy los secundarios tenemos gran parte de nuestros reclamos dirigidos al gobierno de la ciudad que se la pasa haciendo propagandas sobre las escuelas, pero la realidad es que nunca pisan una. Están imponiendo una reforma educativa sin consultarnos, pasando a la materia Historia a un segundo plano cuando queremos que sea troncal. Queremos un financiamiento para el Departamento de Orientación Estudiantil para que ningún pibe se sienta solo y mejoras estructurales en las infraestructuras de las escuelas del sur donde están los pibes más vulnerables”, detalla, rodeada de sus amigos, dejando en claro que el derecho a la memoria se inscribe en una agenda de lucha contemporánea.

La potencia de ese legado se hizo palpable días antes de la gran movilización por el medio siglo del golpe, cuando la ex ESMA, el centro clandestino de detención, tortura y exterminio más emblemático del país, abrió sus puertas para albergar la Feria del Libro por los Derechos Humanos. Por los mismos pasillos donde se gestó el horror, transitaron miles de adolescentes y niños, quienes, acompañados por sus familias, pudieron pintar pañuelos junto a las Abuelas de Plaza de Mayo, recorrer guías con familiares de víctimas y hojear aquellos libros que la dictadura persiguió, incineró y condenó al silencio. Allí, la artista, docente y escritora Tamara Domenech lideró el viernes 20 una actividad denominada “La escuela del futuro”, en la que estudiantes de la capital compartieron poemas y lecturas que desafían el relato hegemónico impuesto por el terrorismo de Estado. “En la escuela del futuro si alguien no comprende la lengua impresa preguntamos por otras que quizá saben: Huarpe, Diaguita, Calchaquí, Cacán, Chulupí, Nivacle, Wichi, Mogoit, Pilagá, Qom, Tonocoté, quichua santiagueño, Kolla, quechua, Mbya, Guaraní correntino, Chané, Ava guaraní, Guaraní paraguayo, Rankulche, Tehuelche, Mapuche, Haush, Selk-nam, Yagan”, rezaba uno de los versos, exponiendo cómo el plan educativo de la última dictadura fue también una maquinaria de exterminio cultural que buscó arrancar de raíz las identidades originarias de Latinoamérica.

Para Lola Giammarco, estudiante de la Esnaola, la decisión de estar en la plaza es un ejercicio de conciencia y pertenencia. “Vengo porque como estudiante de nivel medio, que sabe su nombre, que conoce su historia, deseo fervientemente un país que deje de tratar de olvidar”. Su inspiración proviene de aquellas mujeres que, hace ya cinco décadas, iniciaron una de las gestas más conmovedoras de la historia argentina. “De las Abuelas aprendí a usar la educación como herramienta transformadora, para aprender de nuestra historia y no volver a repetirla. Todos los días aprendo de esas mujeres, ahora jubiladas, que hace 50 años llevan una de las luchas más grandes del país. Ellas me inspiran a cultivar la memoria, la verdad y la justicia desde la educación, la cultura y lo social, porque quiero ser parte de una juventud que no repita la misma historia, que no nos dé lo mismo”, reflexiona, haciendo eco de un sentimiento que se reitera en cada esquina. “A pesar de no haber vivido lo que vivieron en el golpe, 50 años después levantamos la bandera de las Madres para demostrar que su lucha persiste y resiste y que llevamos este 24 y todos los días a los 30 mil compañeros y compañeras”, comparte con firmeza.

Esa juventud que hoy marcha sabe que la historia reciente está escrita con los nombres de quienes, a su misma edad, ya enfrentaban la maquinaria represiva. El 16 de septiembre de 1976, diez estudiantes secundarios fueron secuestrados y torturados en la ciudad de La Plata. Seis de ellos fueron asesinados y sus cuerpos aún permanecen en el anonimato de la desaparición forzada: Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y Horacio Ungaro. Los cuatro sobrevivientes —Gustavo Calotti, Pablo Díaz, Patricia Miranda y Emilce Moler— continúan dando testimonio incansablemente. Eran militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y, un año antes de su secuestro, habían tenido la osadía de reclamar ante el Ministerio de Obras Públicas de La Plata un descuento estudiantil en el boleto de colectivos. Por esa osadía, por reclamar lo que les correspondía, fueron marcados.

Simón Moñino, estudiante de tercer año del Pellegrini, sostiene que esa memoria es el antídoto contra la indiferencia. “Yo marcho el 24 por los desaparecidos, por los que no pudieron marchar por sus injusticias y para no olvidar nunca lo que sucedió entre esos años, para que no se vuelva a repetir, más ahora que estamos en una situación política terrible no solo en Argentina (que es evidente que el presidente que tenemos lo que quiere es que olvidemos), sino también en el mundo entero”. Simón enfatiza que en su escuela la historia se vive y se debate cotidianamente, a través de placas que honran a los desaparecidos de esa institución y mediante jornadas con talleres y charlas que se multiplican en fechas significativas. “Los estudiantes secundarios reclamamos memoria, verdad y justicia. No olvidamos lo que ocurrió en ese tiempo aunque no lo hayamos vivido, y tenemos muy en cuenta lo que sucedió en La noche de los lápices, ya que eran pibes de nuestra edad, que lo que hacían era reclamar por un boleto secundario para que todos los alumnos puedan viajar a la escuela”, rememora, estableciendo un puente directo entre las luchas del ayer y las necesidades del presente.

En el cierre de esta polifonía de voces que se niegan a claudicar, Lola Domínguez Hayes, estudiante de cuarto año del Froebel e integrante del grupo de teatro comunitario Circuito Cultural Barracas, sintetiza el espíritu de la jornada. Su reflexión va al corazón del proyecto ideológico que la dictadura intentó imponer a sangre y fuego. “Hoy marcho para nunca olvidar lo sucedido hace 50 años. La dictadura tenía como objetivo, entre varios otros, un pueblo sin cultura ni ideas que no fueran las que el poder imponía. Por eso creo que hoy y siempre es tan importante encontrarse con otros a crear los espacios en los que queremos vivir”. En sus palabras resuena la derrota más profunda del plan sistemático de aniquilamiento: la cultura no pudo ser domeñada, la memoria encontró en cada rincón un resquicio para florecer y el sueño de un mundo más justo se sigue tejiendo en cada plaza, en cada escuela recuperada, en cada pañuelo blanco que desafía al viento. A 50 años del golpe, los 30.000 no son solo una cifra; son una fuerza que empuja el presente.

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