El descenso hacia la precarización: cien mil nuevos conductores de aplicaciones en apenas tres meses

El descenso hacia la precarización: cien mil nuevos conductores de aplicaciones en apenas tres meses

Profesionales en retiro, trabajadores empobrecidos y hasta académicos se suman silenciosamente a la fila invisible del trabajo por plataforma. Entre el pudor y la necesidad, un ejército de nuevos choferes recorre las calles sorteando la inseguridad y la pérdida de derechos, mientras la crisis económica sigue empujando a capas sociales que hasta hace poco se creían a resguardo.

La dirección es una sola y se impone como una constante ineludible en el paisaje social de los últimos tiempos: el viaje es hacia abajo. Lo que hace apenas un año podía observarse como un fenómeno aislado o una anécdota propia de los márgenes, hoy se ha convertido en una marea silenciosa que avanza con la crudeza de las estadísticas oficiales. En el transcurso de los últimos tres meses, un contingente de cien mil personas se ha incorporado como conductoras de aplicaciones de movilidad, engrosando una flota anónima que ya no responde a un perfil único ni previsible.

La caída sostenida del empleo registrado durante siete meses consecutivos ha actuado como un mecanismo de presión implacable. Frente al cierre de fuentes laborales tradicionales, la posibilidad de conectarse a una plataforma digital y ponerse detrás del volante se presenta cada vez más como la única salida a la inmediatez de un ingreso que no espera. Lo inquietante, sin embargo, no reside únicamente en el número, sino en la naturaleza de quienes lo componen. La distancia que antes separaba a los damnificados por la crisis de aquellos que se creían a salvo se ha desdibujado por completo. Hoy resulta plausible estar a tres, a dos o a un solo grado de separación de esos testimonios que irrumpen en la radio y la pantalla chica: historias de profesionales devenidos en choferes, catedráticos universitarios que ocultan su actividad bajo un volante, amas de casa que ensamblan horarios imposibles o jubilados que encontraron en las aplicaciones una forma de sostener un ingreso que la inflación pulverizó.

La cotidianeidad de este fenómeno revela capas de complejidad que van más allá de lo económico. Existe una geografía secreta de conductores golondrina, asalariados empobrecidos durante el día que, al caer la noche, se transmutan en choferes a espaldas incluso de sus propios núcleos familiares. La frase “hago un poquito de Uber” se ha instalado en el vocabulario íntimo del pudor, un eufemismo que intenta disimular la crudeza de una necesidad que no admite pausas. La vergüenza, ese mecanismo arcaico que suele acompañar a la pérdida de estatus, se convierte así en un compañero de ruta tan habitual como el tablero del vehículo.

Pero el descenso por esta pendiente no solo implica una degradación en términos de prestigio o de ingresos relativos. Quienes se suman a esta fila invisible lo hacen en muchos casos arriesgando un bien mucho más valioso que el propio salario: la vida. Claudio S., un jubilado que se desempeña como chofer de aplicaciones desde 2024, observa con atención el panorama que se despliega a su alrededor. Con una mirada que mezcla la experiencia de quien en los años noventa ejerció brevemente como remisero en el Conurbano, no duda en afirmar que el escenario actual ha mutado hacia una lógica de riesgo extremo. “Estos ya no son los juegos del hambre, son los juegos del rascaollas”, sentencia con crudeza, al tiempo que señala una de las prácticas que más lo inquietan: las plataformas ofrecen con frecuencia creciente viajes por montos irrisorios, cercanos a los dos mil pesos, una suma que contrasta de manera brutal con los peligros que entraña recorrer determinadas zonas en horarios inhóspitos.

A su preocupación por la precarización de las tarifas se suma un fenómeno igualmente alarmante: la irrupción masiva de conductores noveles que carecen de oficio y experiencia. Claudio confiesa que le resulta una verdadera temeridad que hombres y mujeres sin conocimientos previos se jueguen la integridad física por sumas tan exiguas. Aunque él mismo se considera avezado gracias a sus años como remisero y su conocimiento profundo del entramado del Conurbano, reconoce que un hecho trágico reciente ha modificado su forma de evaluar cada viaje. El crimen de Cristian Pereyra, un docente que fue asesinado por un efectivo policial en La Matanza mientras se encontraba trabajando como chofer de aplicación, funciona como una advertencia lúgubre que lo impulsa a pensarlo dos veces antes de aceptar cualquier trayecto.

Lo que estos cien mil nuevos conductores expresan con su silenciosa incorporación es, en definitiva, un síntoma inequívoco de un proceso más amplio. La frontera entre la clase media profesional y la vulnerabilidad se ha vuelto porosa hasta casi desaparecer. El relato de quienes alguna vez ocuparon posiciones de prestigio en la academia, en la administración pública o en el sector privado formal, y hoy se desplazan en sus propios vehículos buscando sobrevivir al envite de la crisis, ha dejado de ser excepcional para transformarse en un signo de los tiempos. Cada nuevo chofer que se suma a las filas de las plataformas carga consigo una historia de pérdida, pero también una apuesta por la dignidad que se sostiene a pesar de la vergüenza, del cansancio y de los riesgos que acechan en cada esquina.

La caravana de los descarnados, como alguna vez fueron llamados aquellos que atraviesan las crisis con sus propios medios, sigue creciendo. Y mientras las calles se llenan de autos cuyos conductores evitan a veces la mirada de sus vecinos, lo que queda en evidencia es la profundidad de una crisis que ya no distingue entre profesiones, títulos o trayectorias. El viaje hacia abajo continúa, y cada nuevo registro de alta en una aplicación funciona como un parte de navegación en un mar donde la estabilidad laboral se ha convertido en un recuerdo cada vez más lejano.

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