Hugo Robert, referente del CECIM La Plata, rompió el silencio en una entrevista íntima y desgarradora. Sin concesiones ni épica oficial, describió el hambre, el frío, la desesperación y la traición que vivieron los soldados conscriptos enviados al frente por la dictadura. Su testimonio, cargado de dolor y verdad, revela lo que los libros de historia aún ocultan.
A veces la totalidad de un proceso histórico cabe dentro de un único relato. No hacen falta estadísticas ni documentos oficiales cuando una voz en primera persona se anima a contar lo que vivió. Basta con prestar atención a una conversación, a una charla sincera, a un testimonio sin filtros para entender las entrañas de un suceso trágico. Eso ocurre con Hugo Robert, soldado excombatiente y figura emblemática del CECIM La Plata, quien en diálogo con Radio 750 reconstruyó su paso por la Guerra de Malvinas, aquel episodio fatal que este jueves cumple 44 años.
Robert comenzó describiendo su presente con una tranquilidad que contrasta de manera brutal con su pasado: “Estoy en mi casa, mirando lo que me agrada, feliz de mi vida, y pensando en todos los que quedaron allá por una guerra absolutamente absurda, como son todas las guerras”. Esa imagen, la del veterano contemplando el jardín de su hogar mientras evoca el rigor del frío y la punzada del hambre que soportó exactamente cuatro décadas y cuatro años atrás, reaparecerá más tarde en la entrevista, como sucede invariablemente en los relatos atravesados por la emoción más cruda.
Cuando el periodista le preguntó por qué calificaba el conflicto como algo absurdo, el referente del centro de excombatientes no dudó en señalar a los responsables directos: “Los que murieron fueron civiles cumpliendo un servicio militar obligatorio. Enviados por la misma dictadura que hasta el 1º de abril a la noche, porque a veces se piensa que seguimos con el ejército de San Martín”. Y agregó una distinción fundamental: no existe una dictadura mala y otra buena. La continuidad del terrorismo de Estado se sufrió en carne propia. Robert recordó con amargura que ese mismo cuerpo castrense secuestró, torturó, violó y robó niños y niñas bajo la excusa de una supuesta lucha contra la “subversión”.
El instante más conmovedor de su relato llegó cuando le consultaron en qué momento comprendió que la guerra estaba perdida para Argentina, que el desenlace sería trágico para la población civil uniformada. “A partir de los primeros bombardeos del 1º de mayo, y al enterarnos del hundimiento del Belgrano y ver las maniobras aéreas que hacía el Reino Unido, no se abrían muchas esperanzas”, respondió. Pero fue más allá en su análisis: “Yo creo que recién ahí, no sólo los soldados, sino las Fuerzas Armadas, que estaban preparadas para otra cosa y no para pelear contra un ejército regular, recién ahí los oficiales y suboficiales, que se hacían los guapos diciendo que habían dado la guerra contra la subversión se dieron cuenta de que iban a pelear contra un ejército de verdad”. Fue en ese momento, según Robert, cuando los mandos militares advirtieron que los jóvenes conscriptos argentinos marchaban directamente hacia el matadero.
Para graficar esa realidad devastadora, el excombatiente ofreció un ejemplo escalofriante: “¿Qué podías esperar si mi compañero de trinchera murió con un fusil que no disparaba desde el primer día? Nunca le consiguieron uno que funcionara. Mi compañero sabía que no funcionaba desde la primera prueba de tiro. Yo lo llevé a hablar con el coronel para decirle que había que cambiar la aguja percutora, y muere en el último repliegue. Lo dejaron en el frente”. Esa anécdota, pequeña en apariencia, resume la negligencia criminal con la que se condujo a cientos de adolescentes al combate.
Lejos de cualquier solemnidad patriótica, Robert sentenció: “No fue ninguna gesta. Fue el mismo ejército que torturaba embarazadas los que cruzaron 500 kilómetros y fueron a decir que combatieron en Malvinas y se rajaron. Y después salen a decir que combatieron como leones. Cagones, eso es lo que fueron. Cagones”. El excombatiente lanzó esa frase sin titubeos contra los comandantes que, ahora retirados y cómodos en sus casas, divulgan otra versión de los hechos, una versión edulcorada y cobarde.
En su caso personal, la degradación física fue extrema: “Yo fui con 76 kilos y volví con 52 kilos mientras los oficiales no sufrían el hambre y te hacían ir a robar comida. Tratábamos de ir a robar una oveja para comer. El hambre no te deja pensar. Somos un animal enjaulado que sólo busca algo para comer para no morirse”. Esa metamorfosis corporal, esa pérdida de casi un tercio de su peso, es la metáfora perfecta del abandono estatal que sufrieron los soldados.
Luego, como un latigazo narrativo, Robert recuperó la imagen inicial de la entrevista: “Malvinas, nosotros desde el CECIM, decimos que no es sólo la guerra. Pasa que estos días son muy especiales, porque se nos vienen los compañeros al alma. Yo puedo mirar el parque de mi casa, pero Rolando no, quedó en Malvinas con 18 años por culpa del puto ejército inglés y los hijos de puta de acá adentro”. Y aclaró que no se trata de una percepción personal: “Ojo, esto no es que lo sé yo, lo saben todos mis compañeros. Rolando estuvo en combate. Y es un héroe, pese a que no pudo disparar. Igual es un héroe. Porque puso el cuerpo. Yo estoy vivo porque él está muerto. Como los demás compañeros”.
Ante la pregunta de si existía alguna alternativa a permanecer en el frente, Robert respondió con una crudeza que retrata el infierno cotidiano: “¿Dónde íbamos a ir, si no sabíamos dónde estábamos? Si donde te agarraban, te estaqueaba. ¿Adónde ibas a ir?”. Luego se quejó de las versiones mitológicas que circulan sobre el conflicto: “Después cuentan historias… me explota la cabeza, porque vi acciones heroicas, en general, por soldados. Pero no me niego de las acciones heroicas, lo que quiero es que cuenten toda la verdad. Lo hacen personal, dicen que mataron ingleses. El 99 por ciento de las veces que escuchan eso son todas mentiras”.
Para cerrar, Hugo Robert dejó una reflexión que trasciende la mera denuncia y se instala en el terreno de la memoria colectiva y la lucha por la justicia histórica: “Estos tipos usaron una de las causas más nobles, la recuperación de los territorios usurpados. Acá hay una lucha por la soberanía. Nuestros compañeros cayeron por una idea de soberanía en construcción. Y el mejor homenaje es la lucha por la soberanía, ese es el homenaje que se merecen. Y saber toda la verdad de Malvinas”. Sus palabras, dichas desde el jardín de su casa mientras el recuerdo de Rolando y tantos otros jóvenes muertos con fusiles inservibles lo acompañan, resuenan como un epitafio necesario: la verdad completa, sin héroes de mentira ni comandantes cobardes, es el único monumento posible para quienes entregaron su vida en aquellas islas heladas.
