El profesional de la salud, identificado como Eduardo Bentancourt, de 44 años, yacía en una vivienda del barrio porteño con más de cuatro decenas de ampollas de medicamentos de uso restringido, incluyendo potentes anestésicos y opioides. Las autoridades investigan las circunstancias del deceso mientras persiste el escándalo por el uso indebido de sustancias en el ámbito sanitario.
En el transcurso de la jornada del viernes, un trabajador de la enfermería de 44 años, cuya identidad corresponde a Eduardo Bentancourt, fue descubierto sin signos vitales en el inmueble que ocupaba como inquilino en el exclusivo vecindario porteño de Palermo. El macabro hallazgo puso en evidencia un escenario estremecedor: junto al cuerpo, los pesquisas contabilizaron más de cuarenta ampollas de distintas drogas de uso exclusivamente hospitalario, resaltando entre ellas el propofol y el fentanilo, dos sustancias que han estado en el centro del huracán mediático y judicial durante los últimos siete días a raíz del escándalo que sacude al Hospital Italiano.
De acuerdo con lo consignado por fuentes allegadas a la pesquisa al portal El Destape, el caso se investiga bajo la calificación legal de «averiguación de causales de muerte», un rótulo que refleja la cautela inicial de los fiscales ante la falta de precisiones sobre los mecanismos del fallecimiento. Quien activó el alerta al número de emergencias 911 fue la hermana del fallecido, residente en la ciudad entrerriana de Gualeguaychú. La mujer manifestó a los operadores que desde el pasado 30 de marzo no lograba establecer comunicación con su familiar, quien además no respondía a los reiterados llamados telefónicos.
Ante la denuncia, efectivos de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires se trasladaron al domicilio situado en la calle Fray Justo Santa María de Oro al 2420. En la comitiva también participó la propietaria del departamento, dado que Bentancourt se desempeñaba como arrendatario. Al franquear la puerta y acceder al interior, los uniformados se toparon con una imagen desoladora: el hombre permanecía sentado en una silla ubicada en el comedor, con rastros hemáticos en su boca y absolutamente sin pulsos ni respiración. Los agentes subrayaron que en ningún sector de la vivienda se apreciaron señales de agresión o de lucha, lo cual inclina la hipótesis hacia un posible accidente o una autoadministración letal de sustancias.
Los peritos que trabajaron en la escena del suceso lograron individualizar cuatro ampollas que ya habían sido abiertas y utilizadas, conteniendo entre sus rótulos fármacos como fentanilo y midazolam. Adicionalmente, se incautó una caja que albergaba un número aún no precisado de frascos, aunque los investigadores estiman que la cifra total supera holgadamente las cuarenta unidades. Sobre una superficie cercana, los expertos levantaron una jeringa y una aguja, elementos que refuerzan la presunción de una administración parenteral de los compuestos. Pero lo que más ha llamado la atención de los pesquisas es la presencia de tres teléfonos celulares en el ambiente, un dato que, sumado a la considerable cantidad de dosis consumidas, sugiere fuertemente que el enfermero no se encontraba solo en el momento exacto en que se desencadenó el desenlace fatal.
El inventario de las substancias decomisadas en la vivienda de Palermo resulta escalofriante por su variedad y peligrosidad. Además del mencionado propofol y fentanilo, los especialistas identificaron lidocaína, difenhidramina, dipirona, hioscina, diclofenac, clonazepam, midazolam, dexametasona, adrenalina, haloperidol, metoclopramida, diazepam, keterolac, cloruro de potasio, ceftriaxona, penicilina y succinilcolina. Esta última, la succinilcolina, es un bloqueante neuromuscular de acción ultrarrápida empleado en intubaciones de urgencia, cuyo margen de seguridad es extremadamente estrecho.
Inmediatamente después de la notificación del deceso, se convocó al Sistema de Atención Médica de Emergencia (SAME), cuyos facultativos corroboraron oficialmente la muerte. Simultáneamente, tomó intervención el doctor José Guerrero, al frente de la Unidad Fiscal de Lucha contra el Narcotráfico (UFLA) Norte. El magistrado ordenó, en un primer movimiento, una consulta con la Fiscalía Nacional y dispuso el secuestro de múltiples elementos de interés criminalístico: las ampolletas ya intervenidas, la jeringa, un guante descartable de látex y otras piezas que serán sometidas a pericias toxicológicas y dactiloscópicas. La causa quedó radicada formalmente en la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional número 21, cuyo titular es Carlos Vasser.
Este trágico episodio se produce en paralelo y con inevitables conexiones temporales con otra muerte que conmocionó a la comunidad médica porteña: el fallecimiento del anestesiólogo Alejandro Zalazar, de apenas 29 años, también encontrado sin vida en un departamento de Palermo. En aquel caso, la autopsia reveló que la causa del deceso fue una intoxicación por propofol y fentanilo, que le provocó congestión visceral, edema pulmonar y un cuadro meningoencefálico devastador. Paralelamente, la justicia mantiene abierta una segunda investigación por el hurto de medicamentos denunciado por las autoridades del Hospital Italiano. Hasta el momento, no ha sido posible establecer un nexo concluyente entre la muerte de Bentancourt y las denominadas «propofest» o «viajes controlados» –encuentros clandestinos donde se presume que profesionales de la salud consumían estas drogas con fines recreativos–, causa en la que se encuentran imputados el médico Hernán Boveri y la residente Delfina Lanusse.
Qué son y qué provocan el propofol y el fentanilo
El propofol constituye un agente anestésico de utilización estrictamente intrahospitalaria, diseñado para inducir y sostener la anestesia general en procedimientos quirúrgicos o para sedar pacientes en unidades de terapia intensiva bajo asistencia respiratoria mecánica. Su aplicación es exclusivamente endovenosa y demanda una vigilancia ininterrumpida por parte de un profesional entrenado. Actúa modulando la actividad del sistema nervioso central, induciendo efectos como somnolencia profunda, abolición del estado de alerta y depresión respiratoria que puede evolucionar hacia una apnea y desencadenar arritmias cardiacas letales, convirtiéndolo en un verdadero instrumento de muerte cuando se emplea fuera del entorno controlado.
El fentanilo, por su parte, es un opioide sintético cuya potencia puede ser hasta cincuenta veces superior a la de la heroína. Su indicación médica legítima se circunscribe al tratamiento de dolores agudos de alta intensidad, sobre todo en contextos posquirúrgicos o en enfermedades oncológicas avanzadas. Su mecanismo de acción consiste en bloquear las señales dolorosas que ascienden hacia la corteza cerebral. No obstante, cuando se abusa de él, genera euforia, sedación, náuseas y una depresión respiratoria que suele ser el preludio de la muerte. Es altamente adictivo y los signos de sobredosis incluyen respiración enlentecida o ausente, pérdida de la consciencia y coloración azulada de labios o extremidades.
Entre el resto de las drogas halladas en el departamento del enfermero, se destaca la lidocaína, un anestésico local de uso odontológico y cardiológico como antiarrítmico; la difenhidramina, un antihistamínico con efectos sedantes; el metamizol, un potente analgésico; la hioscina, que produce somnolencia y visión borrosa; el diclofenac, cuyo consumo elevado eleva el riesgo de infarto o accidente cerebrovascular; el clonazepam, que puede inducir coma si se combina con otras sustancias; y el midazolam, otro sedante que compromete gravemente la función respiratoria. También fueron hallados dexametasona, adrenalina y haloperidol, configurando un cóctel farmacológico de una peligrosidad excepcional. La investigación judicial busca ahora determinar cómo todas esas sustancias salieron del circuito hospitalario y quiénes acompañaban al enfermero en sus últimos momentos.
