El prestigioso biólogo molecular Alberto Kornblihtt encabezó una jornada de clases públicas en el histórico escenario, mientras docentes e investigadores denunciaron el desfinanciamiento gubernamental y reclamaron el cumplimiento de la ley de financiamiento educativo.
Bajo un sol otoñal que obligaba a resguardar la mirada con gorras y viseras, la Plaza de Mayo amaneció transformada. No hubo actos partidarios ni arengas tradicionales. En su lugar, pizarrones improvisados, profesores de pie sobre el adoquinado y cientos de estudiantes, curiosos y militantes sentados en círculo, dispuestos a escuchar. El escenario, cargado de una potencia simbólica inigualable, dejó de ser durante varias horas el balcón presidencial para convertirse en el epicentro de una universidad a cielo abierto.
“Acá existe un desprecio ideológico por el saber y por la producción de conocimiento. Y eso resulta doloroso en una nación que atesora una trayectoria científica y tecnológica de altísimo nivel”, disparó Kornblihtt al iniciar su disertación. Cuando pronunció ese “acá”, su dedo índice señaló con precisión la Casa Rosada. El gesto no pasó desapercibido entre los asistentes, que respondieron con un aplauso sostenido. El investigador, reconocido mundialmente por sus aportes al estudio del corte y empalme alternativo del ARN, hilvanó una lección magistral que transitó desde la figura de Charles Darwin hasta las reflexiones de Domingo Faustino Sarmiento, sin caer en simplismos ni en la tentación de la cancelación académica. Su recorrido histórico, fascinante y riguroso, iluminó con claridad el presente convulsionado que atraviesa el sistema educativo y científico argentino.
La jornada, convocada por docentes y científicos de la Universidad de Buenos Aires y del Conicet, tuvo como objetivo central visibilizar el ahogo presupuestario impuesto por la administración nacional. Las distintas facultades de la casa de altos estudios porteña, junto con los equipos de investigación, trasladaron sus aulas al corazón geográfico y político del país para exigir, una vez más, que el Poder Ejecutivo cumpla con lo dispuesto por la Ley de Financiamiento Universitario. No se trataba de un reclamo menor: detrás de cada cartel, de cada explicación oral, de cada pizarrón apoyado contra una columna, había años de formación, sacrificios económicos y una vocación puesta al servicio del progreso colectivo.
Además de la clase magistral de Kornblihtt, la plaza albergó otras voces igualmente autorizadas. El premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel compartió sus reflexiones, al igual que la decana de la Facultad de Ciencias Sociales, Ana Arias. Una feria de ciencias desplegó experimentos y demostraciones que atrajeron a los más jóvenes. Distintas agrupaciones gremiales confluyeron en el espacio, y el público fue renovándose a lo largo de las horas, en una muestra de adhesión que no decayó ni bajo el sol más intenso. El pedido, repetido como un eco constante, era claro y escueto: “Cumplan la ley”.
Entre los presentes, muchos llevaban colgados al cuello carteles que decían “De remate”. Lo escrito con fibrón en cada uno de ellos retrataba una realidad tan cruda como el gesto mismo: “Jefa de Trabajos Prácticos, $235.000”; “Ayudante de primera, $200.000”; “Becario postdoctoral, $1.000.000”. Quienes ocupan esta última categoría acumulan no menos de una década de formación previa y se entregan a una dedicación exclusiva, ya que el cargo no admite más que un suplemento adicional, como la docencia. En términos concretos, un investigador argentino que ha alcanzado el nivel superior dentro del sistema científico nacional percibe, como máximo, un millón doscientos mil pesos mensuales.
Ese es el caso de Luciano, Juan Cruz, Ignacio y Carla, biólogos, psicólogos y físicos que integran el Laboratorio de Neurociencias de la Memoria del Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias (Ifibyne). En diálogo con este medio, relataron cómo, en lo personal, los últimos dos años empujaron a algunos de ellos a regresar al hogar paterno, mientras otros se mudaron a localidades de la provincia en busca de alquileres más accesibles. Todos realizan malabares cotidianos para llegar a fin de mes. Y en el plano laboral, la situación no es menos alarmante: los fondos destinados a la investigación se han evaporado. Se cancelaron todos los subsidios, todo aquello que exceda los magros estipendios. Ni siquiera hay recursos para adquirir un reactivo básico destinado a una investigación sobre el cáncer, según comentaron a partir de un caso cercano.
Kornblihtt, con la destreza didáctica que lo caracteriza, se apoyó en gráficos que mostraban la evolución del presupuesto científico y su desplome vertiginoso. “Acá dice Milei”, resumió entre risas amargas, provocando un murmullo de complicidad en el auditorio. A su alrededor, asentían con gestos graves el decano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, Guillermo Durán; la vicedecana, Valeria Levi; jefes de departamento, titulares de cátedras y jóvenes docentes. Todos escuchaban con atención, porque lo que se ponía en juego excedía cualquier diferencia interna.
El investigador no se privó de subrayar una dimensión muchas veces olvidada. “Acá hay profesores, docentes auxiliares, y también están las agrupaciones gremiales. Y estas organizaciones son fundamentales, porque nos recuerdan a quienes hacemos ciencia, investigación y docencia que somos trabajadores: somos laburantes. Y por más que realicemos aquello que parece apasionarnos, tenemos el derecho a percibir salarios dignos. Y tenemos el derecho a que no se destruya lo que hemos edificado con nuestros sueldos bajos durante muchísimos años”, enfatizó, desatando aplausos encendidos que se elevaron bajo una gigantografía de “la estrella culona”, el emblema surgido de una expedición científica submarina que se convirtió en símbolo y remera de la jornada.
A lo largo de la extensa mañana y parte de la tarde, las clases se fueron acomodando en los sectores que ofrecían sombra, con temáticas tan diversas como la fisiología del comportamiento, la sociología sistemática, el álgebra lineal del CBC —con una audiencia prolija que tomaba apuntes en sus cuadernos— y la biología molecular, donde un profesor explicaba funciones e intervalos del teorema de Weierstrass al costado de la Pirámide de Mayo. Un paneo rápido por semejante exhibición abierta de transmisión de saberes no hacía más que poner en evidencia lo valioso de la tarea docente cotidiana: todas las lecciones lograban concitar la atención, todas resultaban estimulantes, todas evidenciaban conocimientos profundos y despertaban preguntas genuinas entre los oyentes.
El humor, sin embargo, también encontró su espacio. “En este momento una delegación intergremial se dirige a buscar a Manuel Adorni a la Casa Rosada. Ha sido nombrado titular de la cátedra libre de Fraude Inmobiliario y si no se presenta, tendrá ausente”, bromeó Pablo Perazzi, secretario general de Feduba y docente de la carrera de Historia. Pero enseguida su tono se tornó grave al advertir sobre la “zona de profunda ilegalidad” que, a su juicio, transita el gobierno nacional. Por su parte, Laura Carboni, secretaria general de AGD, titular del Departamento de Filosofía del Carlos Pellegrini y también docente del CBC, puso el foco en lo que ocurre en los colegios preuniversitarios: “La situación es todavía peor porque también nos han quitado el Fonid, el fondo de incentivo docente que formaba parte del salario y que Milei eliminó. Somos los más relegados”, afirmó.
Más tarde, Marcelo Creta, secretario de Políticas Universitarias de UTE-CTera, sostuvo que “desde el retorno de la democracia no atravesábamos una coyuntura salarial tan crítica”, y convocó a participar de la nueva jornada prevista para el miércoles próximo. Se trata de una acción impulsada por distintos gremios y por el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN): veinticuatro horas de movilización bajo el lema “La universidad no se apaga”, con vigilia incluida, que en Buenos Aires tendrá como epicentro la Plaza Houssay.
Aquella idea del paso a la ofensiva resonó como una conclusión compartida. El ataque que se vive hoy, coincidieron todos los oradores, resulta inédito en décadas de democracia. Y la respuesta, por lo tanto, debería merecer la misma calificación. “Como me dijo un colega: basta de tanta defensa, ¿cuándo pasamos a la ofensiva?”, recordó Kornblihtt hacia el cierre de su exposición. En ese impulso, en esa decisión colectiva de no resignarse, se juega el porvenir de la universidad pública argentina. La plaza, convertida por un día en aula multitudinaria, ya dio una primera lección: el saber no se rinde, se multiplica.
