La silueta de Adorni se resquebraja en el escenario oficialista mientras Bullrich aguarda sin moverse su oportunidad

La silueta de Adorni se resquebraja en el escenario oficialista mientras Bullrich aguarda sin moverse su oportunidad

La líder del interbloque libertario en la Cámara alta procura eludir cualquier chispa del conflicto interno en La Libertad Avanza, convencida de que el jefe de Gabinete terminará sucumbiendo por su propio peso.

En los corredores del poder, donde los susurros suelen ser más certeros que los comunicados de prensa, circula una certeza que ya nadie se molesta en desmentir: existe una postulación que se desmorona a toda velocidad. Para los más optimistas dentro del espacio gobernante, ese derrumbe ya es un hecho consumado. La ficha en caída libre es la de Manuel Adorni. Aunque en las charlas de trasfondo político se asegura que Karina Milei aún no retira su respaldo explícito al vocero presidencial, también se reconoce que la hermana del mandatario ha comenzado a aceptar una derrota estratégica: el plan que la tenía a ella como principal artífice, el de ungir a Adorni como candidato a la Jefatura de Gobierno porteño en 2027, es ahora un sueño irrealizable.

Frente a este vacío que se expande, el péndulo del destino comienza a inclinarse hacia otra figura. Patricia Bullrich, la titular de la bancada libertaria en el Senado, emerge como el contrapeso natural. Sin embargo, lejos de lanzarse a ocupar el espacio que Adorni va cediendo, la exministra ha desplegado una estrategia de paciencia milimétrica. Su obsesión actual consiste en no quedar atrapada en el fuego cruzado que devora al llamado “triángulo de hierro” del oficialismo. Cada uno de sus movimientos está calculado para no ofrecer ni la más mínima señal de que pretende capitalizar la debacle ajena. Bullrich comprende una verdad elemental en la política de supervivencia: para mantenerse vigente —ya sea como candidata a cualquier cargo relevante o como pieza clave del ecosistema mileísta— no puede, bajo ningún concepto, enfrentarse a la hermana del Presidente.

La ocasión más reciente en que los periodistas interrogaron a Bullrich acerca de Adorni resultó una clase magistral de ambivalencia bajo el disfraz de la solidaridad. La senadora ensayó una supuesta defensa que, en realidad, destilaba un veneno de sutileza exquisita: pintó al jefe de Gabinete como un hombre frágil. Declaró que Adorni se encuentra “muy golpeado en el plano familiar”, aunque a renglón seguido aclaró que el presidente aún lo sostiene en su cargo. Como al descuido, agregó que el funcionario “ha optado por el silencio”, pero no porque carezca de explicaciones para los cuestionamientos sobre sus erogaciones personales —en clara alusión a los escándalos que lo acosan—, sino para no entorpecer la pesquisa judicial. Y fue allí donde Bullrich trazó la línea divisoria más punzante: contrapuso su propia dureza a la fragilidad evidente de su rival interno. “Él es alguien que recién se inicia en la actividad política, quizás todavía no ha curtido el pellejo como yo. Por lo tanto, los embates pueden herirlo con mayor facilidad”, sentenció. Todo esto, por supuesto, enmarcado en un gesto de presunta lealtad. Pero en la política argentina, donde cada palabra es un mapa de intenciones ocultas, nadie dudó en interpretar el mensaje real: mientras la imagen de Adorni se desintegra, Bullrich aguarda, sin un solo movimiento en falso, que el derrumbe se complete por sí solo.

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