La Academia desperdició una ventaja inicial con diez hombres y sufrió la igualdad en los instantes finales, lo que desencadenó una catarata de insultos hacia la comisión directiva mientras el técnico Gustavo Costas se erigía como el único responsable exento de la furia popular
En una noche que prometía ser decisiva para las aspiraciones albicelestes, el conjunto de Avellaneda terminó sumergido en un mar de frustraciones tras igualar 1 a 1 con Barracas Central en el Cilindro, un resultado que compromete severamente sus posibilidades de clasificación y encendió la mecha del descontento popular. La velada se tornó cuesta arriba desde los primeros compases, cuando apenas transcurrían cinco minutos del período inicial, el árbitro Pablo Echavarría mostraba la tarjeta roja a Adrián Fernández por una acción de agresión sobre Dardo Miloc, una decisión que el VAR respaldó sin titubeos y que dejó a los locales con un efectivo menos prácticamente durante todo el encuentro.
La irresponsabilidad del ex mediocampista de San Telmo, que golpeó a su oponente en una jugada inadvertida inicialmente por el juez, obligó al entrenador Gustavo Costas a reconfigurar por completo su esquema táctico. Sin embargo, lejos de arrugarse, la Academia mostró una vocación ofensiva sorprendente dada su inferioridad numérica, y a los treinta minutos logró poner el marcador a su favor mediante un cabezazo de Matías Zaracho, quien anticipó a la defensa rival con una genialidad que hizo soñar a los presentes con una remontada épica. Parecía que el sacrificio y el coraje podrían inclinar la balanza pese a todas las adversidades.
Pero el fútbol, caprichoso y cruel, reservaba un desenlace amargo para la multitud que colmó las instalaciones de la calle Mozart. A diez minutos del cierre, Fernando Tobio conectó una volea demoledora desde las afueras del área que se incrustó junto al palo izquierdo del guardameta Cambeses, desatando la bronca contenida de una hinchada que vio cómo la superioridad numérica del adversario, mantenida durante casi todo el encuentro, terminó haciendo pesar su dominio físico en los instantes definitivos. El empate, sentido como una derrota más que como un punto rescatado, actuó como catalizador de todas las tensiones acumuladas.
El estallido social no se hizo esperar. La parcialidad racinguista, conocida por su fervor incondicional, dirigió su ira hacia los estamentos directivos encabezados por Diego Milito, el ídolo y ahora presidente que asumió en diciembre de 2024 con el lema «unidos somos imbatibles». Los cánticos retumbaron en el Cilindro con una violencia lírica difícil de ignorar: «A ver si entienden todos los jugadores, hay que ir al frente por los colores. A ver si entienden todos los dirigentes, Racing es grande por esta gente», bramaron los fanáticos en los minutos postreros. Pero lo que vino después resultó todavía más lapidario, cuando se escuchó por primera vez desde la asunción de Milito un coro que decía «La comisión, la comisión, se va a la puta que lo parió».
El único hombre que quedó exento de la furia popular fue precisamente Gustavo Costas, el técnico y símbolo que sintetiza como ningún otro la pasión de los millones de simpatizantes académicos. El estratega, respaldado masivamente por las gradas, había sido durísimo con sus jugadores días atrás tras el empate con Aldosivi, cuando declaró sin ambages: «Acá hay un problema de actitud». Esa honestidad brutal, esa capacidad de señalar con el dedo frente a los micrófonos a quienes tantas veces defendió y cuidó como si fueran sus propios hijos, le valió la consideración de una hinchada que distingue perfectamente entre quienes entregan el alma y quienes no.
Pero el clima de hostilidad no se detuvo en los límites de la dirigencia local. La parcialidad racinguista también descargó su encono contra el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, Claudio «Chiqui» Tapia, en un contexto atravesado por suspicacias respecto de los arbitrajes. «Chiqui Tapia, botón. Chiqui Tapia, botón. Sos un hijo de puta, la puta madre que te parió», corearon los presentes, evidenciando un malestar que trasciende lo meramente deportivo y se instala en un terreno político-institucional más profundo.
El presente del equipo es, cuando menos, convulsionado. La Academia, que durante dos temporadas jugó a flor de piel y erizó la epidermis de sus seguidores con batallas épicas que reflejaban el sentir de Costas, ha pasado a transitar un andar desconcertante que dejó cicatrices internas difíciles de ocultar. Antes, durante y después del empate con Aldosivi, se retroalimentaron situaciones negativas en la interna albiceleste. Previo a aquel encuentro, una práctica fue escenario de una tensión insostenible que llevó a Santiago Solari a abandonar el campo de entrenamiento, motivo por el cual no fue convocado para el duelo con el Tiburón. Durante aquellos noventa minutos, el rendimiento y la intensidad —dos sellos distintivos del ciclo— brillaron por su ausencia, y posteriormente llegó la demoledora conferencia de Costas.
La paradoja se profundiza cuando se analiza el comportamiento institucional. Milito, el ex capitán que durante su campaña electoral insistió en la necesidad de una gestión próxima al socio y cercana a las bases, ha mantenido un silencio elocuente que se ha convertido en su paradójica manera de comunicar. Mientras tanto, en los alrededores del Cilindro aparecieron pintadas con leyendas como «Milito, con Racing no se jode», junto a pasacalles sin firma que buscaban respaldar al entrenador: «Costas, sos Racing. A muerte con voz» —error ortográfico incluido, que no hizo más que evidenciar la espontaneidad del mensaje popular—. La voz del enojo del entrenador en Mar del Plata hizo un ruido ensordecedor en un vestuario que se sintió profundamente alejado del lema «todos juntos» que había imperado en este ciclo.
Sobre el césped, las dificultades tácticas no hicieron más que reflejar una planificación deficiente del plantel. En un partido donde Costas tuvo que apelar a Tomás Conechny como falso lateral volante por el sector izquierdo ante la falta de variantes —una solución improvisada que grafica a la perfección la mala conformación del grupo, potenciada además por una seguidilla de lesiones—, el cansancio terminó jugando su partido. La equidad en el tanteador, vivida por los futbolistas y el cuerpo técnico como una prolongación de la angustia más que como un resultado aceptable, detonó definitivamente el humor de la gente contra la dirigencia. Racing complicó sus aspiraciones, sí, pero quizás lo más grave es que también puso en duda la solidez de un proyecto que apenas lleva unos meses de vida y que ya amenaza con desmoronarse entre la inconducta de sus futbolistas, la fragilidad de su estructura y la paciencia exhausta de una hinchada que exige respuestas inmediatas.
