En un encuentro trabado, con un rival que supo golpear primero y un escenario que exigió al límite la paciencia celeste, la escuadra de Bielsa evidenció fisuras en su estructura, aunque conservó la entereza suficiente para evitar una derrota que hubiese resultado un mazazo tempranero en el Grupo H.
La vibrante urbe de Miami, engalanada con su característico bochorno y un cielo plomizo que presagiaba tormenta, se convirtió en el escenario de un estreno mundialista que dejó más interrogantes que certezas para la selección uruguaya. Ante una multitud que tiñó de celeste las gradas del emblemático recinto, el combinado dirigido por el enigmático Marcelo Bielsa apenas pudo arrancar un empate 1-1 frente a una aguerrida Arabia Saudita, en un duelo correspondiente al parejo Grupo H que dejó una huella de sabor agridulce en el ánimo de los seguidores charrúas.
Desde el silbato inicial, la oncena rioplatense pretendió imponer su jerarquía y adueñarse del esférico con la voracidad que caracteriza al ideario del «Loco». La primera señal de alerta llegó por intermedio de un disparo seco y potente ejecutado por Ronald Araújo desde las inmediaciones del área, un remate que exigió una respuesta atenta y segura del cancerbero saudí, Mohammed Al Owais, quien desvió el balón con autoridad. Sin embargo, ese amago de dominio inicial pronto se diluyó entre el sofocante calor y la estrategia bien aceitada del conjunto dirigido por el técnico griego Donis, que supo leer a la perfección los tiempos del partido para neutralizar el ímpetu sudamericano.
El trámite del encuentro devino entonces en un devenir espeso y monótono, donde la pelota rodó sin demasiada fortuna ni creatividad. Las faltas se sucedieron sin demasiada violencia, pero tampoco generaron el ritmo vertiginoso que suele exigir el fútbol de alta competencia. Los equipos parecían congelados en un tablero donde las piezas se movían sin hallar los caminos hacia el arco contrario, y la tan mencionada pausa por hidratación, ese paréntesis reglamentario que tanto debate ha generado en el mundo del fútbol, cayó como un bálsamo para unos jugadores que necesitaban recomponer el aliento y, quizás, desactivar el sopor que invadía el césped.
Fue en ese segundo segmento del primer tiempo cuando la Celeste ensayó una leve mejora en su producción ofensiva, apoyándose fundamentalmente en la movilidad por el sector diestro. Un doble cabezazo consecutivo que culminó con un remate de Federico Valverde volvió a poner a prueba los reflejos del arquero saudí, quien una vez más respondió con solvencia, manteniendo su valla invicta. Pero la señal más preocupante para el combinado uruguayo no llegó por sus propias carencias en ataque, sino por la fragilidad defensiva que evidenciaba cada vez que perdía la posesión. La necesidad de recurrir a infracciones tácticas para frenar las transiciones rápidas del rival se convirtió en una constante, y de esa manera, un tiro de esquina otorgado casi por obligación se transformó en el primer gran sobresalto: un remate de Al-Amri que exigió una intervención de primer nivel por parte del experimentado Fernando Muslera, quien con una estirada felina evitó lo que parecía un gol inminente.
Pero el destino, caprichoso y a menudo cruel con los equipos que no terminan de consolidar su juego, tenía preparada una daga para el orgullo charrúa. En la antesala del descanso, otro saque de esquina se convirtió en la sentencia temporal del partido. El mediocampista Kanno, con una hábil jugada de desmarque, le ganó la espalda a Rodrigo Bentancur y conectó un cabezazo que Muslera, en un alarde de reflejos, logró contener, pero el rebote generoso quedó servido en bandeja para que el propio Al-Amri, cual depredador del área, empujara el esférico al fondo de la red. El silencio sepulcral invadió la hinchada celeste, mientras el marcador reflejaba una desventaja injusta pero perfectamente evitable, que sumía al equipo de Bielsa en un mar de preocupaciones justo antes de retirarse a los vestuarios.
La reacción en el complemento fue inmediata y tuvo el sello de la necesidad más que de la convicción. El ingresó del delantero Viñas, con su carácter fogoso y su olfato de goleador, junto con la velocidad desequilibrante de Canobbio en reemplazo de un desdibujado Darwin Núñez, inyectaron nueva savia a un ataque que hasta entonces había navegado en la intrascendencia. Uruguay, consciente de que el tiempo se le escapaba entre los dedos, inclinó decididamente el terreno de juego y arrinconó a una Arabia Saudita que optó por un repliegue masivo para resguardar su ventaja. Fue entonces cuando Manuel Ugarte, con un disparo furioso desde media distancia, estremeció el larguero en un aviso que presagiaba la inminencia del empate.
Y el gol, tan buscado como merecido por el acoso permanente, llegó gracias a la persistencia y al olfato de un defensor con alma de atacante. Un centro preciso desde la derecha encontró la cabeza de Viñas, cuyo remate fue desviado nuevamente por un inspirado Al Owais, pero el rechace, una vez más, cayó en los pies del incansable Araújo. El zaguero uruguayo, con la sangre fría de un veterano y la astucia de un delantero centro, empujó la pelota al fondo de la red, desatando la euforia y devolviendo la esperanza a los miles de compatriotas que no cesaron de alentar en ningún momento.
Con el marcador igualado y el ímpetu renovado, la Celeste se lanzó con todo en busca del gol de la victoria que le permitiera iniciar el torneo con el pie derecho. Los ingresos de De la Cruz y los embates de Valverde desde la segunda línea generaron una tensión constante en el área saudí, pero el cerrojo defensivo y la fortuna se aliaron para mantener el empate en el marcador. Los últimos coletazos del partido fueron un monólogo uruguayo, con llegadas que estuvieron a punto de concretarse, pero que finalmente se estrellaron contra la muralla defensiva o se perdieron por centímetros en la definición.
El pitido final selló un 1-1 que, a todas luces, sabe a poco para una selección con aspiraciones mayores, pero que, en el análisis frío, le permite sumar su primer punto en un grupo que promete ser extremadamente parejo. Marcelo Bielsa, con su característico gesto adusto, deberá trabajar en corregir las fisuras defensivas y encontrar la fluidez ofensiva que su equipo extrañó durante largos tramos del encuentro, mientras que el combinado saudí se va con la satisfacción de haber plantado cara y casi doblegado a uno de los históricos del continente sudamericano. El camino en el Mundial recién comienza, y para la Celeste, las urgencias ya se han instalado en el horizonte.
