El conjunto de Núñez sigue sin sumar en el campeonato tras caer ante un Rosario Central que supo leer el partido, aprovechó un gol en contra fortuito y se llevó tres puntos de oro. La impotencia local quedó reflejada en los silbidos de una platea que ya no tolera más promesas, en tanto que, en paralelo, la cúpula millonaria acelera gestiones para desembolsar una cifra histórica por Thiago Almada, aunque el volante aún sopesa ofertas millonarias desde Brasil y una incógnita del exterior.
El presente de River Plate se ha convertido en un espejo retrovisor donde solo se reflejan fracasos y frustraciones. La escuadra que dirige Eduardo Coudet no consigue despegar en el certamen local y, por el contrario, cada nueva presentación profundiza una crisis que ya no admite atenuantes. En el marco de la tercera jornada del campeonato, el conjunto millonario volvió a chocar contra sus propias limitaciones y, esta vez, el escenario fue su propio bastión, el mismísimo Monumental, donde Rosario Central desplegó un libreto de inteligencia táctica y aprovechó el único destello de fortuna que necesitaba para inclinar la balanza a su favor.
El veredicto del marcador llegó por la vía más cruel para los intereses locales: un autogol de Nicolás Otamendi, el defensor de jerarquía mundial que, al intentar despejar un centro enviado desde el sector izquierdo del ataque visitante, terminó desviando el esférico hacia su propia portería. El arquero Beltrán, sorprendido por la trayectoria caprichosa del balón, solo atinó a observar cómo la pelota se alojaba en el fondo de la red, desatando la desazón en las gradas y la incredulidad en el banco local. A partir de ese instante, el cuadro de Núñez intentó por todos los medios revertir la situación: asedió el arco contrario con insistencia, multiplicó los centros al área y ensayó combinaciones ofensivas, pero se topó una y otra vez con un muro bien plantado. Del otro lado, Rosario Central exhibió una férrea estructura defensiva, con líneas muy juntas y una disciplina táctica que desesperó a los atacantes riverenses, quienes carecieron de ingenio para quebrar el cerrojo canalla.
No obstante, la figura del triunfo no fue única. Si bien Ángel Di María volvió a erigirse como el faro y el líder espiritual de los rosarinos, manejando los tiempos del partido con su habitual exquisita técnica y visión de juego, el verdadero bastión del conjunto visitante tuvo nombre y apellido: Jeremías Ledesma. El guardameta, que supo defender los colores de River en el pasado, regresó al Monumental con una actuación memorable, atajando todo lo que el local lanzó hacia su arco y convirtiéndose en un muro infranqueable que desmoronó cualquier intento de igualdad. El exarquero millonario fue una muralla de reflejos y seguridad, y su desempeño resultó determinante para que el marcador no se moviera en favor del dueño de casa.
Pero la noche no solo trajo angustia por la derrota, sino también por el comportamiento del conjunto ganador en el tramo final. Rosario Central, que había manejado el envite con sobriedad, vio cómo el joven Coronel, una de sus promesas, era expulsado a los treinta y ocho minutos del segundo tiempo al recibir su segunda tarjeta amarilla. La inferioridad numérica, sin embargo, no mermó el ímpetu ni la organización del equipo de Arroyito, que supo replegarse a tiempo y administrar la ventaja mínima con oficio y experiencia. Esa resiliencia contrastó con la impotencia de un River que, aun ante un rival con diez hombres, no logró encontrar la profundidad ni la claridad necesarias para generar ocasiones claras de gol.
El desenlace del cotejo dejó un saldo amargo que trascendió lo meramente deportivo. El público presente en el coloso de Núñez, que había acudido con la esperanza de ver un punto de inflexión, se retiró con el semblante ensombrecido y los oídos llenos de silbidos. La afición millonaria, conocida por su exigencia histórica, no disimuló su descontento y dedicó una sonora pitada a los jugadores al término del encuentro, un gesto elocuente que refleja el hartazgo ante un equipo que parece haber perdido el rumbo y la identidad. El futuro de Eduardo Coudet, el entrenador que llegó con la misión de reconducir el barco, pende ahora de un hilo muy delgado. Las próximas horas se perfilan como decisivas para definir su continuidad, y en el entorno del club ya se especula con posibles reemplazantes, aunque desde la dirigencia aún no se ha emitido un pronunciamiento oficial.
Sin embargo, en medio de esta tormenta futbolística, la cúpula directiva de River no ha bajado los brazos y mantiene en marcha una operación que podría sacudir el mercado de pases y, de paso, inyectar una dosis de ilusión a un plantel necesitado de figuras desequilibrantes. Se trata del asalto definitivo por Thiago Almada, el talentoso mediocampista ofensivo de la selección argentina, campeón del mundo en Qatar 2022 y finalista en la edición ecuménica de 2026. El volante, de veinticinco años, atraviesa un presente incierto en el Atlético de Madrid, donde la continuidad le ha sido esquiva y su participación se ha visto reducida a cuentagotas. Ante este panorama, desde Núñez han acelerado a fondo las gestiones para convencerlo de regresar al fútbol argentino y vestir la banda roja, una misión que los dirigentes encararon con un optimismo que roza la certeza.
Las conversaciones han avanzado con celeridad y, según fuentes cercanas a la negociación, se espera que el futbolista aterrice en el país este mismo martes para ultimar los detalles de su vínculo. La operación, de concretarse, significaría un hito financiero sin precedentes para la institución: River estaría dispuesto a desembolsar veinte millones de dólares por el cincuenta por ciento de los derechos federativos del jugador, una cifra que supera cualquier transferencia previa en la historia del club y que evidencia la apuesta mayúscula que la dirigencia está dispuesta a realizar para revertir el mal momento deportivo. No obstante, la transacción dista de estar cerrada, ya que Almada tiene sobre la mesa dos ofertas adicionales que compiten con la millonaria propuesta riverplatense. Una de ellas proviene del Flamengo, el poderoso conjunto brasileño que también busca reforzar su mediocampo con un nombre de peso, y la otra, cuyo origen permanece en el anonimato, incluiría un contrato económico que, según confesaron allegados al jugador, resulta sumamente tentador en términos monetarios.
El presidente de River, Stefano Di Carlo, ya había encendido las alarmas y preparado el terreno para esta negociación el pasado primero de junio, cuando en una entrevista con ESPN manifestó sin ambages la complejidad del desafío: «La prioridad es que River juegue bien al fútbol y vamos a hacer lo que esté a nuestro alcance. Lo de Thiago es algo muy complejo porque es un monto muy grande. River no le tiene que tener miedo a esos montos viendo el presente, potencial y futuro del jugador». Aquellas declaraciones, que en su momento sonaron como un voto de confianza en el proyecto deportivo, adquieren hoy una dimensión casi profética, pues la institución parece dispuesta a romper su propio techo económico para conseguir un refuerzo de elite que, además de talento, traiga consigo el prestigio y la experiencia de los grandes escenarios.
La dualidad de escenarios que atraviesa River es, por decir lo menos, desconcertante. Por un lado, la realidad inmediata muestra un equipo hundido en el fondo de la tabla, sin puntos y sin respuestas, que genera un clima de tensión y escepticismo entre sus seguidores. Por el otro, la dirigencia proyecta una inversión astronómica que ilusiona con un cambio de rumbo estructural, aunque el éxito de esa apuesta dependerá no solo de la llegada de Almada, sino de la capacidad del entrenador para integrarlo y de un plantel que hasta ahora no ha dado señales de vida. La afición, mientras tanto, se debate entre la indignación por el presente y la esperanza de que el fichaje récord sea el catalizador que despierte a un gigante que, por ahora, sigue dormido en su propia casa. Las próximas horas, tanto en lo deportivo como en lo institucional, serán cruciales para definir si River encuentra la luz al final del túnel o si, por el contrario, se adentra aún más en una espiral de resultados adversos y decisiones fallidas que manchan su gloriosa historia.
