El conjunto rojinegro transitó una primera mitad para el olvido, dominado y sin respuestas, pero emergió en el complemento con una metamorfosis impactante. Los pibes se adueñaron del escenario, Cóccaro dibujó una obra de arte y Regiardo estrenó su casillero con una definición de antología. Sin embargo, la jerarquía xeneize apareció en el tramo final para igualar las acciones en un duelo que, por intensidad y emociones, mereció permanecer en la igualdad.
El fútbol, en su esencia más pura, se presenta como un relato de dos mitades que, en ocasiones, parecen escritas por guionistas antagónicos. Lo que se vivió en el estadio Marcelo Bielsa fue la constatación palpable de esa dualidad. Newell’s Old Boys, ante la mirada atenta y expectante de su pueblo, ofreció un rendimiento bicéfalo que despertó la preocupación inicial para, acto seguido, encender la llama de la ilusión, antes de que el desenlace final lo dejara con un dejo de amargura y, a la par, un profundo sentimiento de orgullo. El empate final, un justo 2 a 2 que no hizo justicia al vértigo del espectáculo, dejó en claro que, en el terreno de juego, las transformaciones radicales son posibles cuando el corazón y la convicción se imponen a la adversidad.
El telón de la primera parte se levantó para mostrar a una Lepra irreconocible, sumida en un sopor que heló la sangre de sus seguidores. La escuadra dirigida por Frank Kudelka pareció haber extraviado el manual del buen juego, ofreciendo una imagen deslucida, sin conexión en el engranaje central y con una delantera que vagaba como alma en pena, totalmente desconectada de las líneas de creación. La ausencia de circulación en la zona de gestación fue absoluta, y el equipo se vio condenado a un acoso defensivo perpetuo, resignado a observar cómo el adversario manejaba los hilos del partido a su antojo. Boca Juniors, con la sapiencia de quien conoce los escenarios, tejió su juego con paciencia, explotando con habilidad los costados. La banda derecha, con la movilidad de Gorosito y la velocidad punzante de Flores, se convirtió en un carril de constante peligro, mientras que por el sector izquierdo, la presencia de Villa también generaba inquietud, aunque con menor continuidad. La sensación de que el gol visitante era inminente se adueñó del ambiente, una amenaza constante que flotaba sobre el arco defendido por el arquero local.
A pesar de ese dominio abrumador, la apertura del marcador se demoró más de lo esperado gracias a la fortuna y a la intervención oportuna de los defensores. Merentiel, cual ariete implacable, conectó un cabezazo potentísimo que se estrelló en el larguero tras un centro milimétrico de Flores, un aviso que heló la respiración de la hinchada. Cada incursión del delantero xeneize dentro del área generaba una onda expansiva de riesgo, y la zaga rojinegra, especialmente un superado Russo, se veía constantemente desbordada por la velocidad y la técnica del rival. En otra jugada de neto cuño ofensivo, Escobar logró interponerse en la trayectoria del remate del atacante, desviando el esférico que se fue besando el segundo palo. Newell’s careció por completo de argumentos para inquietar al adversario, atrapado en su propio campo y sin la más mínima capacidad de reacción. La lógica del partido se materializó pasada la media hora de juego, cuando Ascacibar, en absoluta soledad dentro del área chica, cabeceó sin oposición un centro venido desde la izquierda, estableciendo la merecida ventaja para el conjunto de la Ribera. El primer tiempo concluyó con la imagen de una Lepra desconcertada, sin atisbos de rebeldía, y el marcador en contra reflejaba con crudeza la realidad del trámite.
Sin embargo, el fútbol guarda en su esencia la capacidad de la sorpresa, y el segundo período fue la antítesis perfecta de lo acontecido en los primeros cuarenta y cinco minutos. Como si un hechizo hubiera sido conjurado en el vestuario, Newell’s saltó al césped con una actitud diametralmente opuesta, apropiándose del esférico y estableciendo un dominio que nadie hubiera pronosticado. Los volantes, con Guch y Ríos como estandartes, comenzaron a tejer el juego con criterio y temple, imponiendo su ley en el mediocampo. Regiardo y Sotelo, con una entrega formidable, se erigieron como los recuperadores incansables que le dieron equilibrio y solidez al conjunto. Y en la vanguardia, Cóccaro se transformó en el referente que el equipo necesitaba, moviéndose con inteligencia dentro del área y generando las opciones de gol que antes brillaban por su ausencia. La igualdad llegó en una jugada de ingenio y oportunismo: un disparo de Guch que, al ser interceptado por Cóccaro en el área chica, fue controlado, amagado y definido con una cruzada perfecta, lejos del alcance del arquero Montero. Fue el bálsamo que despertó la fe.
El gol impulsó a la Lepra como una marea imparable. Crecido en convicción y con una autoridad inusitada, el equipo de Kudelka se adueñó de todos los aspectos del juego, mostrando una agresividad ofensiva que desbordó al visitante. La remontada, entonces, se convirtió en una realidad tangible gracias a una genialidad de Regiardo. El joven, en una jugada que quedará grabada en su memoria, definió de primera intención, al filo del área y a la carrera, tras una cesión de Escobar que lo dejó en posición inmejorable. Fue su primer grito sagrado en la máxima categoría, un tanto que significó la explosión de alegría en el Coloso y que ponía a Newell’s arriba por méritos propios, recompuesto en todas sus líneas y demostrando una capacidad de resiliencia admirable.
Pero la jerarquía de Boca no iba a rendirse sin presentar batalla. El tramo final del encuentro vio cómo el dominio rojinegro comenzaba a diluirse, perdiendo el ritmo y la intensidad que lo había caracterizado en el arranque del complemento. Un descuido en la zaga, una jugada iniciada por la velocidad de Flores que una vez más dejó en el camino a un sufrido Russo, tras un saque de arco de Montero, desembocó en el empate definitivo. Velasco, con una definición exquisita y cruzada, recibió en el área grande y castigó a los locales. El encuentro pudo inclinarse para cualquiera de los dos lados en los minutos finales, con un cabezazo de Giménez y un remate de Aranda que se estrelló en el poste, pero el marcador ya no se movería. El empate final fue, sin lugar a dudas, el resultado más justo para un partido vibrante donde ambos contendientes desplegaron un fútbol de alto voltaje. Newell’s, a pesar de la frustración por no haber sellado el triunfo, se retiró con la satisfacción del deber cumplido y la certeza de que, cuando su juego fluye, es capaz de plantarle cara a cualquiera. La inesperada reacción en la segunda mitad dejó un saldo más que positivo, una enseñanza de carácter que, sin duda, será la base para lo que viene en el campeonato.
