Multitud arrasa Palermo en una jornada épica: más de 600 mil almas vibraron con la locura del “efecto Colapinto”

Multitud arrasa Palermo en una jornada épica: más de 600 mil almas vibraron con la locura del “efecto Colapinto”

En un domingo de otoño que despedía los últimos destellos de días amables, el joven piloto bonaerense desató una fiesta sin precedentes en la Ciudad de Buenos Aires. Un desfile de máquinas, rugidos históricos y una comunión perfecta entre el corredor de Alpine y su pueblo sellaron una exhibición que los especialistas ya comparan con la euforia de un título mundial.

En el corazón de la capital argentina, cuando el calendario marcaba el ocaso de las jornadas templadas y el sol comenzaba a ceder terreno al frío inminente, una marea humana compuesta por más de seiscientas mil personas transformó el tradicional paisaje porteño en un hervidero de pasión automovilística. El road show protagonizado por Franco Colapinto no fue un mero evento deportivo: constituyó una verdadera epopeya popular que quedará grabada en la memoria colectiva. El piloto de veintidós años, oriundo de Pilar, condujo un monoplaza de Fórmula 1 por las arterias de Palermo, desatando un fenómeno de convocatoria que los organizadores calificaron como histórico.

El corredor, que actualmente representa a la escudería Alpine, nunca ocultó su deseo de retribuir a sus compatriotas el aliento incondicional que lo ha acompañado desde sus inicios. Ese vínculo, forjado en el barro de las categorías formativas y potenciado por las redes sociales —herramientas cruciales para conseguir el respaldo económico que le permitió saltar a la Fórmula 2 en 2024—, encontró su máxima expresión en cada una de las cuatro salidas que Colapinto realizó durante la tarde. Tres de ellas fueron a bordo de dos vehículos distintos, mientras que la última consistió en un recorrido triunfal sobre una plataforma rodante, desde donde saludó a una multitud que coreaba su nombre sin descanso.

Lo acontecido en el trazado montado sobre la Avenida del Libertador y Sarmiento tuvo un sabor especial porque, en ausencia de un Gran Premio en suelo argentino, se convirtió en el equivalente criollo de una cita máxima. Fuentes de la organización confiaron en la previa que aquella jornada funcionó como una suerte de “Mini GP”, una declaración que el corredor se encargó de validar con cada maniobra. Consciente de las dificultades económicas que enfrentan la mayoría de sus seguidores para viajar a un circuito internacional, Colapinto gestionó ante sus patrocinadores y el gobierno porteño la posibilidad de acercar la élite del automovilismo a las calles que lo vieron crecer. La respuesta superó cualquier expectativa.

El espectáculo contó con joyas que hicieron las delicias de los entendidos. El Museo Juan Manuel Fangio de Balcarce prestó algunas de sus reliquias, entre ellas una réplica de la Flecha de Plata, el Mercedes-Benz con el que el Chueco conquistó dos de sus cinco títulos mundiales en 1954 y 1955. Colapinto, quien previamente había donado uno de sus cascos al museo y recibido otro del mítico quíntuple campeón, se mostró visiblemente emocionado al ponerse al volante de esa máquina legendaria. Pero el clímax mecánico llegó con el Lotus E20 de 2012, el mismo con el que Kimi Räikkönen ganó en Abu Dhabi, aunque “disfrazado” con los colores actuales de Alpine. Ese bólido, impulsado por un motor V8 atmosférico cuyo rugido los presentes describieron como una sinfonía, permitió al pilarense experimentar una potencia que ya no se usa en la categoría y que desató la locura cada vez que aceleraba.

En su primer contacto con la pista, Colapinto manejó con relativa cautela, aunque no escatimó en realizar trompos —conocidos en el argot como “donas”— que hicieron arder el caucho en cada sector del recorrido. Esa primera tanda, de aproximadamente veinte minutos, sirvió como aperitivo. En la segunda salida, el piloto pisó a fondo el acelerador y agregó giros sobre el eje en lugares que antes había evitado, provocando delirios colectivos. La gente, que había ocupado cada centímetro de las veredas y balcones cercanos, respondió con una oleada de afecto que se retroalimentó en cada vuelta.

Pero más allá de las máquinas, lo que realmente conmovió a los presentes fueron los gestos humanos de Franco. En un momento memorable, descendió de la réplica de la Flecha de Plata y se acercó a una tarima donde aguardaba un grupo de niños en sillas de ruedas. “Hola amigo, ¿cómo estás? Un placer”, le dijo a uno de ellos, antes de sacarse una fotografía espontánea con todo el grupo. Ese episodio, registrado por varios medios, dio cuenta de la conexión genuina que el corredor establece con sus fanáticos más vulnerables. Al final de la jornada, cuando desfiló sobre el camión, se bajó en cada sector para interactuar sin barreras, estrechando manos, firmando autógrafos y recibiendo abrazos. El viento fresco que comenzó a soplar entrada la tarde no logró enfriar el calor popular que clausuró el evento.

No obstante, la organización no estuvo exenta de imperfecciones. Durante la mañana, se registraron demoras significativas en la acreditación para los periodistas, así como restricciones sorprendentes para el acceso a la zona de boxes y otros espacios clave. Quienes cubren habitualmente la Fórmula 1 señalaron que, si bien en la categoría existen protocolos estrictos para entrevistar a los pilotos, normalmente se permite un tránsito más fluido por el paddock con el fin de recoger testimonios de invitados y personalidades. Esa rigidez inesperada empañó en parte el trabajo de la prensa, aunque no alcanzó a opacar la magnitud del fenómeno.

El fervor despertado por Colapinto trascendió las fronteras argentinas y sorprendió incluso a los propios miembros de su escudería. Luca Mazzocco, un integrante italiano de Alpine que viajó especialmente para el evento, no ocultó su asombro. “Es una locura. Es increíble. Yo soy italiano, así que comprendo bien la pasión y la comparto. Cuando vamos a cada carrera, siempre hay un grupo de fans de Franco que nos apoya. No importa si el resultado no es bueno: ellos están allí, con el corazón, y te entregan todo”, afirmó en declaraciones a un reducido grupo de medios. Al ser consultado sobre con qué piloto podría compararse esa devoción, Mazzocco no dudó: “Con Fernando Alonso”, en alusión al bicampeón asturiano.

Más contundente aún fue la opinión de Miguel Ángel Guerra, un expiloto argentino de Fórmula 1 que vivió la jornada desde una perspectiva privilegiada. “Fue emocionante e increíble lo que Franco convoca a través de sus redes y su participación en la Máxima. Para nosotros era impensado que alguien pudiera llegar adonde llegó Franco. No me quiero imaginar cuando logre un podio. Hoy me dio toda la impresión de que ya sumó una convocatoria incluso superior a la de un campeonato del mundo de la selección nacional”, sentenció. Cuando se le preguntó si este domingo Colapinto se había recibido de ídolo, Guerra respondió sin titubeos: “Sin ninguna duda. La gente ya lo aceptó. Después de tantos años sin un piloto argentino en la F1, todos lo quieren. Yo tengo nietos de un año y medio, cinco y seis años. El de seis directamente dice ‘Colapinto, Colapinto’. Y después uno va a cualquier comercio, participa de una conversación y todos saben mi relación con el automovilismo, sean mujeres, hombres o chicos. Y te preguntan: ‘¿Y qué pasa con Colapinto?’ Está instalado como un ídolo al cien por ciento”.

El pilarense, que nació el 27 de mayo de 2003, emprendió viaje rumbo a Miami con las valijas repletas del cariño recibido. Allí se disputará el próximo Gran Premio, y Franco llegará recargado por esa energía popular que quedó demostrada en una jornada épica. El idilio con su gente, como bien lo diagnosticó Guerra, ya quedó sellado para siempre. Y si alguna vez Argentina vuelve a tener un podio en la Fórmula 1, nadie duda de que las calles de Buenos Aires temblarán otra vez, pero esta vez con una intensidad aún indescriptible.

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