El triunviro Octavio Argüello define al Presidente como un “desquiciado” que ha sumido a la Nación en una crisis sin precedentes, mientras la interna oficialista estalla, la oposición se recompone y las calles vuelven a rugir.
En una escalada retórica que sacude los cimientos de la administración nacional, una de las voces máximas de la Confederación General del Trabajo, Octavio Argüello, ha calificado al primer mandatario, Javier Milei, con el adjetivo de “desquiciado”, aunque no ha dudado en extender esa misma categoría a todo el escenario político, social e institucional que el economista de ultraderecha ha contribuido a forjar. Para el dirigente sindical, esa palabra no solo define el temperamento explosivo de un jefe de Estado que vocifera e insulta desde el recinto legislativo, sino que retrata con crudeza la realidad cotidiana de una población ahogada por deudas, imposibilitada de arribar a fin de mes, privada del consumo básico de carne y obligada a resignar el uso del transporte público ante tarifas exorbitantes. El panorama que describe Argüello es el de una patria en descomposición, con miles de fábricas que echan el cierre o emigran a tierras más hospitalarias para el capital, y un Presidente que, paradójicamente, prefiere pasearse por el portaaviones insignia de los Estados Unidos, mientras su canciller, Marco Rubio, desliza que jamás pondrá en tela de juicio la usurpación británica de las Islas Malvinas.
Esa obsesión por lo foráneo y el desprecio por lo doméstico alcanza también al poder judicial, un estamento que, según el sindicalista, se ha pervertido hasta transformarse en un instrumento de acoso político contra la exmandataria y antiguos funcionarios de gobiernos populares. La causa conocida como “los cuadernos” es el espejo más deformado de esa degeneración: quienes fueron convocados a declarar como testigos ahora afirman haber sufrido presiones y amenazas por parte de un magistrado y un fiscal, retractándose de sus afirmaciones originales. El desconcierto se apodera también del sistema republicano cuando el jefe de Gabinete acude al Parlamento para responder por graves imputaciones de corrupción y, lejos de clarificar algo, se limita a saludar a la barra y a su líder, ese mismo presidente que respalda su actuación con gritos destemplados.
El llamado círculo rojo no ha quedado exento de esta fiebre que todo lo corrompe. Rama tras rama de la producción nacional se rompen bajo el peso de un modelo que castiga al trabajo y premia la especulación. Mientras la industria, el comercio y el campo agonizan, los sectores vinculados a la energía, la minería y las finanzas se frotan las manos en un éxtasis de ganancias fáciles. Los trabajadores, sean formales o informales, técnicos o profesionales, no consiguen atar un solo beneficio. El país, como un organismo vivo, resiente cada fractura: cuando la mayoría padece, el conjunto entero se desploma. La prosperidad de unos pocos —los dueños de los recursos extractivos y los grandes capitales— no alcanza para disimular el desquicio social que se respira en cada esquina, en cada parada de colectivo, en el semblante agotado del taxista y en la mirada vacía del vendedor ambulante.
Mientras Milei hace turismo a bordo de la nave de guerra de una potencia que jamás defenderá los intereses argentinos en el Atlántico Sur, las mediciones de opinión trazaron un mapa catastrófico: la popularidad presidencial se derrumba sin atenuantes. Todas las encuestas coinciden en el diagnóstico, un consenso inusual en un ámbito tan fragmentado. El ascenso meteórico del libertario y su posterior declinación han sido tan vertiginosos que han dejado el tablero político patas arriba. Al principio, aquel huracán naranja barrió con el PRO y la UCR, encerró simbólicamente a Cristina Fernández de Kirchner, astilló al peronismo en mil pedazos y sumó a su causa a gobernadores provinciales díscolos. Pero ahora, con la marea baja por los resultados pésimos de su gestión, los leales de la primera hora han perdido el rumbo, mientras se encienden las candelas de una interna libertaria feroz.
Sin embargo, la caída del oficialismo no ha sabido ser capitalizada por una oposición que aún no termina de curar las heridas de la etapa precedente. En la reciente cena de la Fundación Libertad, a la que asistieron casi un millar de los empresarios más poderosos del país, muchos observadores notaron que la mesa de Mauricio Macri acumuló más visitas y entusiasmo que la del propio anfitrión de turno, aunque sin llegar al fervor. El nerviosismo del mandatario fue en aumento conforme percibía el desinterés de esa audiencia privilegiada. Pocos aplaudían salvo su reducida barra personal. Sus gestos extemporáneos con las manos y sus metáforas descabaladas —como aquella del huevo con mermelada— apenas arrancaron alguna risa cortés. Los ataques al kirchnerismo todavía concitaban algún fervor entre sus incondicionales, pero nadie pudo disimular la amargura que teñía el rostro del líder, molesto por tener que compartir el protagonismo. En su universo mental, él es el único actor de talla internacional, el único que se codea con Donald Trump, Elon Musk y Benjamín Netanyahu; los demás, apenas piezas de cabotaje. Parece inmune a los síntomas del fracaso mientras el país arde.
Una de las imágenes que resumió esa noche fue la de Patricia Bullrich, la punta de lanza que Milei utilizó para aislar al macrismo, levantándose presurosa de su silla para abrazarse con el fundador del PRO. Mientras tanto, los gobernadores peronistas que habían ordenado a sus legisladores una sumisión casi vergonzante al oficialismo —como Gustavo Sáenz de Salta, Raúl Jalil de Catamarca y Osvaldo Jaldo de Tucumán— quedaron en un limbo nada confortable al comprobar el derrumbe de la imagen del líder que les prometía un lugar garantizado en el reparto del poder. El PRO y la UCR, que hasta hace poco no figuraban en ningún estudio, reaparecen ahora con magros siete u ocho puntos de intención de voto, una cifra insuficiente para garantizar nada, y sus legisladores oscilan entre doblar la cerviz ante los libertarios o erguirse con una tibia oposición. Las encuestas de imagen positiva están encabezadas por figuras opositoras inesperadas: Myriam Bregman, Axel Kicillof y Cristina Kirchner ocupan el podio, mientras que Milei, Bullrich y Sergio Massa aparecen más rezagados. El mal humor social se traduce en una inclinación mayoritaria hacia las posturas más críticas del gobierno, aunque el voto todavía se mueve en un terreno movedizo, plagado de escepticismo y confusión.
En ese terreno se mueve el peronismo, que cuenta con varios nombres con aptitudes electorales pero carece aún de un candidato unificado, y lo más probable es que deba resolver sus postulantes en una interna abierta. La gran pregunta es si esa interna sabrá sintonizar con el clamor popular que, desesperado, anhela sacudirse de encima a Milei como si fuera una plaga. El juez Arturo Pesino, por su parte, decidió celebrar el Día del Trabajador del primero de mayo de la peor manera posible para los asalariados: levantó la cautelar que frenaba la ley de flexibilización laboral, allanando el camino para la eliminación de derechos históricos, y como recompensa el gobierno lo mantuvo en su cargo incluso después de haber cumplido los 75 años, edad tope reglamentaria para la función judicial. Esa maniobra terminó de arrojar a la CGT a la calle. La central obrera, más acostumbrada al diálogo que a la confrontación, convocó a un acto multitudinario en Plaza de Mayo y en las principales plazas del interior, al que asistieron centenares de miles de personas. Y fue apenas el primero de una seguidilla anunciada: la mesa del Frente de Sindicatos Unidos se reunió y resolvió “seguir dando pelea en las calles y en todos los espacios necesarios para defender a las y los trabajadores”. El próximo hito será la Marcha Federal por la Educación, fijada para el 12 de mayo.
De este modo, una semana que comenzó con el encuentro de dos pesos pesados del poder económico, Paolo Rocca y Mauricio Macri, continuó con las estrambóticas declaraciones de Manuel Adorni y el propio Milei en el Congreso —un verdadero circo de horrores— y concluyó con una marea humana reclamando derechos vulnerados, mientras el hombre que los pisotea aún flotaba en el buque insignia de la flota norteamericana, principal aliado de Gran Bretaña en la disputa por las Malvinas. El país, en suma, no está sencillamente mal: está desquiciado, y cada nuevo día parece empeñado en confirmarlo.
