Dante Choi, el empresario que sobrevivió a cuatro quiebras y hoy entierra su sueño industrial en Argentina: “Para mí se terminó la fábrica nacional”

Dante Choi, el empresario que sobrevivió a cuatro quiebras y hoy entierra su sueño industrial en Argentina: “Para mí se terminó la fábrica nacional”

Dueño de Peabody, el hombre que llegó siendo un niño desde Corea del Sur en plena dictadura militar y construyó una compañía con 350 trabajadores, atraviesa su peor momento. Denuncia importaciones fraudulentas, acoso de trolls libertarios, amenazas de muerte y una economía que, dice, “se bolivianiza”.

En la mirada de Do Sun Choi se quiebra cada vez que el recuerdo se vuelve demasiado pesado. No es para menos. Este empresario de 61 años, conocido en el mundo de los electrodomésticos como Dante Choi, nació en Corea del Sur y llegó a la Argentina siendo apenas un niño. Corría el año 1977, el país vivía bajo el rigor de la dictadura militar, y su familia, como tantas otras, buscaba un horizonte. El destino inicial fue Fuerte Apache, en la provincia de Buenos Aires. Allí, con doce años recién cumplidos, aprendió lo que significaba vivir con miedo: las razzias nocturnas de los uniformados marcaron su primera experiencia argentina.

Pero Choi no se rindió. Durante quince años trabajó en una multinacional de su país de origen hasta que, en 2004, compró la marca Peabody. Recién en 2010 comenzó a fabricar a gran escala en territorio nacional. Licuadoras, tostadoras, heladeras, y más recientemente el primer termo eléctrico del país, fueron algunos de sus productos estrella. En 2023, su empresa alcanzó un pico de 350 empleados. Sin embargo, en apenas dos años, esa cifra se desplomó a solo sesenta. Casi toda su producción se trasladó a Luque, Paraguay. En marzo de este año, Choi inició un concurso de acreedores. “No puedo dar detalles al respecto para no entorpecer la causa”, se lamenta con la voz entrecortada.

“Me fundí cuatro veces”, confiesa con una mezcla de liviandad aparente y un dolor que le atraviesa los ojos. La pregunta es inevitable: ¿qué le pasó a Peabody? Choi sitúa el origen del colapso en el segundo semestre de 2023. Hasta entonces, todas las líneas de producción funcionaban a pleno. Pero el gobierno anterior los exigió sumarse al programa Precios Justos para poder importar. “Nos hacían vender a precios muy bajos”, explica. El verdadero golpe, aclara, llegó con la devaluación de diciembre de ese mismo año. La compañía tenía 1500 millones de pesos retenidos en concepto de IVA crédito fiscal por cobros adelantados del impuesto País y del propio IVA. Con la devaluación, ese dinero se licuó. Recién en septiembre de 2024 le depositaron esos fondos, ya erosionados por una inflación galopante.

A eso se sumó el BOPREAL, el bono que ofreció el Estado para saldar deudas con importadores heredadas de la gestión anterior. “En el exterior nadie quería un bono del Estado argentino”, sostiene Choi. Solo las grandes multinacionales pudieron sacar provecho. Él, en cambio, debió pagar a sus proveedores del exterior mediante el contado con liquidación, a un tipo de cambio que oscilaba entre 1200 y 1400 pesos.

El diálogo se vuelve aún más áspero cuando surge el nombre del presidente Javier Milei. Choi recuerda con nitidez un encuentro previo al balotaje de octubre de 2023, en el Hotel Libertador. “Salí de esa reunión diciendo ‘no quiero vivir en una sociedad con este tipo de Presidente’”, revela. Según su relato, la conversación fue “muy desagradable”. Milei, cuenta, le preguntó a un empresario amigo suyo si evadía impuestos. Al escuchar que no, el entonces candidato le espetó que debía hacerlo, que el que evadía era un héroe. “Y otras cosas peores que prefiero no contar”, agrega Choi con un gesto sombrío.

A pesar de todo, el empresario admite que cometió un grave error: ser optimista. Durante el segundo semestre de 2024 la actividad mejoró, y en lugar de achicarse, decidió invertir millones en maquinarias, nuevos desarrollos y una planta en La Tablada. “Desde junio de 2025 estamos en recesión”, afirma sin titubeos. “El país crece al 5% pero aumenta el desempleo y la morosidad. La industria es la gran perdedora del modelo”. Choi ya había utilizado en 2024 una palabra que le valió el odio de los seguidores del oficialismo: industricidio. Hoy la repite con más fuerza. “Ya cerraron más de 24 mil empresas”, señala. Desde que lanzó esa frase, confiesa, comenzó el acoso. “Los trolls libertarios me llaman a mí y a mis hijos con amenazas de muerte. Me agarró una depresión enorme, me cuesta dormir”.

—La violencia ha sido siempre parte vital del discurso del Gobierno —se le plantea.

—Sí, cuando decís estas cosas te tratan como si fueras un enemigo. Me acusan de ser un “empresario K”, pero no tengo nada que ver con el kirchnerismo. Me considero alfonsinista, aunque es verdad que a él le costó la economía —responde.

¿El problema son los costos, las importaciones desleales o la caída del consumo? Para Choi, las tres cosas a la vez. Pero pone el foco en un fenómeno que observa con creciente alarma: la subfacturación masiva y el ingreso de productos sin control. A modo de ejemplo, relata el caso de un ventilador de techo retráctil que su empresa diseñó y desarrolló desde cero en 2016. El costo material era de 35 dólares. En China, un producto similar con ornamentos costaba entre 55 y 100 dólares. Pero desde el año pasado, ese mismo artículo empezó a importarse desde el gigante asiático a un precio declarado de apenas 15 dólares. Choi asegura que su compañía logró bajar el costo a 20 dólares ajustándose a las normativas mínimas, pero los importadores pasaron de declarar 15 dólares a solo 5 en apenas un año. “Subfacturan para pagar menos aranceles y vender barato. Nosotros compramos esos productos, los revisamos y no cumplen normas IRAM. Por la desregulación de Sturzenegger, ya no es obligatorio presentar ese certificado. Solo piden un QR de seguridad que muchos no cumplen y no pasa nada”, denuncia.

El resultado, según Choi, es devastador: “Estamos importando basura. El Estado casi no controla”. Sostiene que más del 80% de las importaciones se realizan hoy con subfacturación, algo que antes era residual. Además, muchos de esos productos no son ignífugos y pueden generar accidentes. “Esto no es competir, como dice el Presidente”, sentencia.

Cuando se le pregunta si la supuesta macroeconomía ordenada tiene reflejo en la calle, su respuesta es lapidaria: “Los números de la macro son fantasmales para la economía real, no derraman, no se sienten. Bajaron impuestos para importar, pero a nosotros nada. Ni la Reforma Laboral ni la Impositiva sirven para generar empleo en este contexto”. Y agrega un dato más: el Gobierno le debe desde hace dos años 550 millones de pesos de Impuesto País. Le ofrecieron devolverle ese dinero en 24 cuotas. Él inició un juicio, lo ganó, pero el Ejecutivo apeló. “Andá a saber cuándo los voy a cobrar”, ironiza. Entonces vuelve a la frase de Milei sobre los evasores: “Así el mercado argentino se está bolivianizando. Conozco bien Bolivia: el 70% de lo que ingresa es contrabando. Ahora eso pasa en Argentina. Todo se vende en Mercado Libre y en galpones del Conurbano, en negro. Son sociedades de dos o tres personas”.

Choi denunció esta situación en la Aduana con pruebas concretas. Propuso solicitar los certificados de exportación que las empresas presentan en China, donde figura el precio real. La respuesta de los funcionarios, según su testimonio, fue desoladora: “Nos dijeron ‘nosotros estamos liberalizando’, entre risas”. Por eso, ahora produce en Paraguay. “Allí todos los costos son menores, desde salarios hasta impuestos. Y desde el Gobierno paraguayo me apoyan y me agradecen por generar trabajo. Totalmente diferente a lo que ocurre en Argentina”.

—¿Qué condiciones deberían darse para que vuelvas a producir en el país?

—No pienso volver a producir en Argentina. Compré máquinas, contraté especialistas, ingenieros. Todo eso lo perdí. No voy a perder más. Si vuelve el peronismo no creo que cambie de opinión. Para mí se terminó la Argentina industrial —concluye Dante Choi, con la misma mirada cansada de quien, hace casi medio siglo, aprendió a tener miedo en Fuerte Apache. Solo que ahora el miedo tiene otro rostro: el del desmantelamiento silencioso de un país que alguna vez supo fabricar su propio futuro.

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