El periodista que encendió la mecha judicial reconoció haberse tomado atribuciones narrativas, mientras su declaración testimonial se enredaba en inconsistencias. El extraño periplo de los apuntes de Centeno, la elección a medida de los magistrados y la ausencia de pruebas contundentes sobre los sobornos imaginarios sacuden el expediente.
En una jornada que prometía arrojar claridad sobre los orígenes de una de las causas más polémicas de la última década, el Tribunal Oral Federal 7 comenzó a tomar declaraciones testimoniales en el marco del juicio por la denominada Causa Cuadernos. El primer en comparecer fue Diego Cabot, conocido cronista del matutino La Nación, cuya labor investigativa previa dio origen al expediente. Sin embargo, su presentación ante la Justicia derivó en un mar de contradicciones y zonas nebulosas que, lejos de apuntalar la acusación, abonaron las sospechas de un armado direccionado.
El punto más resonante de su exposición surgió casi como un acto de contrición profesional: Cabot confesó que, al escribir su libro sobre los llamados “cuadernos de las coimas”, se había permitido ciertas licencias literarias, eufemismo con el que reconoció haber ficcionado elementos dentro de su obra. Esta admisión retumbó en la sala, pues el texto en cuestión funcionó como una suerte de anticipo narrativo de la denuncia periodística que más tarde derivaría en la investigación judicial. La línea entre el reportaje y la creación ficcional, advirtieron los letrados presentes, quedó irremediablemente desdibujada.
Pero los problemas de coherencia no terminaron allí. Al intentar reconstruir los pasos iniciales que condujeron a la apertura de la causa, el periodista se enredó en sus propias explicaciones. Una de las aristas más controvertidas fue el extraño reencuentro con los cuadernos del chofer Oscar Centeno, ocurrido nada menos que un año después de que el material hubiera sido supuestamente hallado. Las circunstancias de esa recuperación tardía despertaron inmediatamente el escepticismo de los abogados defensores, que señalaron la falta de una cadena de custodia confiable y la inexistencia de registros que avalaran la autenticidad de los apuntes.
El testimonio se tornó aún más frágil cuando el periodista intentó justificar el procedimiento anómalo para la presentación de la denuncia. En lugar de recurrir a la mesa de entradas de la Cámara Federal, mecanismo que garantiza un sorteo imparcial entre los magistrados, Cabot llevó directamente los escritos a la oficina del fiscal Carlos Stornelli. Esa maniobra, según planteó con crudeza el defensor Carlos Beraldi –letrado que representa a la exmandataria Cristina Fernández de Kirchner–, evidencia una manipulación deliberada en las reglas de elección de los jueces. “Terminaron eligiendo a Bonadio y a Stornelli a medida”, enfatizó el jurista, aludiendo al juez y al fiscal que quedaron al frente de la pesquisa.
Los interrogatorios avanzaron sin que aparecieran elementos que permitieran comprobar fehacientemente la existencia de los sobornos que la investigación periodística había dado por sentados. Los defensores recalcaron una y otra vez que, pese al revuelo mediático y a los años de indagatoria, nunca se pudo acreditar con pruebas materiales la presunta ruta del dinero ilegal que habría engrosado las arcas del kirchnerismo. Cada intento por sostener la hipótesis acusatoria se estrellaba contra la misma pared: la ausencia de corroboración empírica.
El punto más álgido de la jornada llegó cuando los abogados de las defensas pusieron el foco en las coacciones que, según alegaron veintisiete de los imputados, sufrieron para involucrar a la entonces vicepresidenta. Los testimonios recogidos en la previa del juicio dieron cuenta de presiones indebidas, promesas de beneficios procesales a cambio de acusaciones concretas y un clima de intimidación que vicia de origen cualquier declaración incriminatoria. Estas denuncias, sistemáticamente desoídas por la fiscalía original, cobraron nueva vigencia en el debate oral.
Al cierre de su intervención, Diego Cabot abandonó el recinto judicial sin poder despejar las sombras que pesan sobre su trabajo. El expediente que él mismo contribuyó a alumbrar gracias a sus pesquisas –salpicadas ahora de confesas licencias narrativas– se sostiene sobre un entramado endebles, donde la ficción y la realidad se confunden, donde los cuadernos aparecen y reaparecen sin controles claros, y donde las supuestas coimas brillan por su ausencia probatoria. Mientras tanto, el tribunal deberá ponderar si este relato con grietas es suficiente para sostener una condena, o si, por el contrario, el castillo de naipes termina derrumbándose bajo el peso de sus propias contradicciones.
