El conjunto dirigido por Eduardo Coudet rozó el ridículo absoluto en su presentación internacional, cuando enfrentó a Carabobo de Venezuela con diez futbolistas y sin guardameta, tras la expulsión del arquero. Un rebote fortuito desde el fondo de la cancha permitió al exdelantero de Racing sellar el 2-1 definitivo a instancias del cierre del encuentro.
En una noche que prometía ser un mero trámite para el poderoso equipo de Núñez, el destino quiso escribir una página cargada de dramatismo y tensión. Lo que debía ser una tranquila presentación en el certamen continental se transformó en una verdadera odisea para la escuadra dirigida por Eduardo Coudet, que vio cómo su engranaje se resquebrajaba pieza por pieza hasta quedar al borde del abismo.
El escenario se tornó adverso de manera inesperada. La expulsión del custodio del arco millonario dejó a la formación de Núñez con una desventaja numérica sensible, obligando al resto del plantel a remar contra la corriente durante un período extenso del partido. Diez jugadores en el campo, sin la última línea de contención, y un adversario venezolano que olió la sangre y comenzó a acechar con peligrosidad creciente.
Cuando todo hacía presagiar que el conjunto de Carabobo consumaría una hazaña histórica, aprovechando la inferioridad numérica y la fragilidad defensiva del oponente, apareció la figura de Maximiliano Salas para reescribir el guion. El atacante, que vistió anteriormente la camiseta de Racing, se erigió como el héroe inesperado de una velada que amenazaba con transformarse en el más sonoro papelón de los últimos tiempos para la institución riverplatense.
En los compases finales del enfrentamiento, cuando el reloj consumía sus últimos suspiros y el empate sabía a derrota moral para los locales, una jugada fortuita desbloqueó la parálisis. Un rechazo proveniente desde el fondo de la cancha, producto de la desesperación defensiva del rival, encontró a Salas en la posición exacta y en el momento preciso. El exfutbolista de la Academia no desaprovechó el regalo y, con la frialdad que otorgan los años de oficio, empujó la pelota al fondo de la red para decretar el 2-1 definitivo.
La anotación salvadora no solo significó tres puntos vitales en la tabla de posiciones, sino que también evitó una mancha difícil de borrar en el historial reciente del club. Un triunfo que, más que festejarse, se agradeció como un verdadero milagro deportivo en medio de una noche donde la figura de Eduardo Coudet apareció desdibujada y donde los problemas estructurales del equipo quedaron expuestos sin contemplaciones.
El pitazo final encontró a un plantel aliviado pero consciente de que el rendimiento mostrado estuvo lejos de lo esperado. Salas, rodeado por sus compañeros, recibió el reconocimiento unánime por haber evitado lo que ya se vislumbraba como una catástrofe institucional. La afición millonaria, por su parte, abandonó el estadio con una mezcla de alivio por el resultado y profunda preocupación por las múltiples falencias evidenciadas a lo largo de los noventa minutos.
Carabobo, que peleó con una entrega encomiable y estuvo cerca de dar el batacazo, se marchó con las manos vacías pero con la frente en alto, mientras River Plate deberá replantearse muchos aspectos si no quiere que este sufrimiento se convierta en una constante a lo largo de la competencia.
