Bajo el lema “No hay plata”, el sistema universitario cruza el umbral del empobrecimiento múltiple

Bajo el lema “No hay plata”, el sistema universitario cruza el umbral del empobrecimiento múltiple

Docentes, rectores y estudiantes confluyen el próximo martes 12 de mayo en la cuarta movilización federal universitaria. Detrás del reclamo presupuestario y salarial se esconde una crisis más profunda: la fragilidad de un país que comienza a olvidar cómo piensa.

Apenas se inicia una clase, el educador suele desplegar ante sus alumnos el mapa de lo que está por venir: los propósitos de la jornada, la articulación de ese contenido con el plan de estudios mayor, el lugar que ocupa esa hora dentro del engranaje curricular. Cada encuentro se enraíza en el tiempo presente, en el aquí y ahora, pero también en el devenir. Así ha sido durante las últimas tres décadas y media para aquel que dicta cátedra en la universidad estatal de manera ininterrumpida desde hace treinta y cuatro años, y que pisó por primera vez la casa de altos estudios pública hace cuatro décadas.

Frente a ese horizonte de sentido, cabe preguntarse qué significado alberga para todos nosotros la denominada Cuarta Marcha Federal Universitaria, convocada para el martes 12 de mayo en la Plaza de Mayo de la ciudad de Buenos Aires y en cada plaza del territorio nacional. La movilización, impulsada por la Universidad de Buenos Aires, un conjunto de rectores, docentes y estudiantes, exige la puesta en marcha de la Ley de Financiamiento Universitario, un incremento de las partidas presupuestarias y una recomposición de los haberes salariales con el fin de evitar el derrumbe definitivo del sistema.

Sin embargo, reducir este conflicto a una mera discusión de números sería un error fatal. No se trata únicamente del recorte como asunto puramente contable, ni del hecho de que en los últimos dos años el poder adquisitivo de los salarios docentes se haya desplomado un cuarenta y dos por ciento. Tampoco alcanza con señalar que las facultades conviven a diario con la angustia de tener que cerrar sus puertas, una situación que se agrava cuanto más lejos se está del eje porteño —allí, las universidades del conurbano lograron llevar la posibilidad de estudiar a primeras generaciones que jamás antes habían imaginado un aula universitaria—. Lo económico, el financiamiento, las fallas en las coberturas sociales derivadas del desfinanciamiento son apenas la punta visible de una madeja más densa y perturbadora. Se trata de algo mucho más amplio: la pobreza de una nación que ya no puede generar, producir ni transmitir sus saberes de forma reflexiva, crítica, laica y comprometida.

Del mismo modo que ocurre con la noción de esclavo, la palabra pobreza encierra una trampa conceptual. Heredada de aquellos que pretenden instalar una dialéctica donde no la hay, se trata de una categoría falsa, equívoca. No existen los esclavos, del mismo modo que no existen los pobres. Existen, en cambio, los esclavizados y los empobrecidos. Nadie elige ser esclavo ni goza de esa condición; es un devenir. Se nace libre —quizás con una libertad tan desmesurada que luego debe ser regulada en nombre del bien común—, pero luego se es esclavizado. Por tanto, deberíamos hablar de empobrecidos. Uno de los vectores fundamentales de ese empobrecimiento es el ataque sistemático a la universidad pública, convertida en botín de guerra. La precarización de las condiciones laborales que impone el gobierno actual, sumada a su intento de naturalizar esa precariedad, destruye la memoria de un país donde la educación superior estatal ha funcionado como un factor cohesionante y como una palanca de movilidad social ascendente.

¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar? Los profesores universitarios, como tantas otras veces en la historia, seguiremos dictando clase dentro del aula y fuera de ella, defendiendo derechos que no nos pertenecen de manera exclusiva, sino que son la herencia de todos los argentinos que aspiran a estudiar. Seguiremos pensando junto a nuestros estudiantes las condiciones en las que ejercerán sus profesiones, aprenderán, vivirán y amarán. Daremos la materia que nos toca en las aulas, en las calles, en las marchas.

Una de esas materias —el docente a cargo de tres cátedras, en una de ellas como titular— versa sobre metodología de la investigación. La modernidad nació en 1637, cuando un pensador llamado René Descartes plantó una bandera irrenunciable: cada ser humano es dueño de su propio pensamiento. Hoy esa afirmación parece obvia, pero en su momento resultó revolucionaria. En el sujeto conviven dos escenas: un yo y un sí mismo, la conciencia y sus pensamientos. ¿Qué sucede cuando esos pensamientos se empobrecen? Se exacerba el yo individual, separado de sí y de los demás. En esa asignatura se intenta sostener la posibilidad de pensar como una acción permanente: una praxis que se replantea, se cuestiona y se empuja más allá de sus propios límites. Una paradoja apasionante.

La categoría de “empobrecido” debe ser pensada en múltiples dimensiones, porque no hay una única forma de vaciamiento. No se limita a constatar que los salarios universitarios son los más bajos de los últimos veintitrés años, todo bajo el eslogan de “no hay plata”. (No hay recursos para esto, mientras el presidente y su comitiva recorren el mundo a un costo que, según cifras oficiales, asciende a cuatro mil trescientos millones de pesos en apenas dos años y medio. Un dato que revela con crudeza para qué sí existe dinero y para qué no).

Pero el análisis no se agota allí. Existen al menos otras tres formas de empobrecimiento que es imperioso dimensionar. En primer lugar, el empobrecimiento de la protección. Al erigir el yo como un derecho absoluto, todo se desplaza hacia el mercado, debilitando las defensas del Estado. La célebre “mano invisible” de Adam Smith, aquella que según La riqueza de las naciones (1776) debía regular los intercambios, ha dejado de regular: ahora captura, concentra, monopoliza. Este proceso deriva en otra modalidad de excepción. Como planteó Giorgio Agamben en 2003, el Estado suspende el orden jurídico invocando una emergencia, pero lo hace desde el derecho mismo. Lo excepcional se vuelve norma. Quienes quedan fuera de ese amparo ingresan en lo que el filósofo denomina “vida desnuda”: existencias expuestas a la indigencia, la exclusión o la eliminación sin que ello sea considerado plenamente un crimen.

En segundo término, el empobrecimiento de la participación. Se instala la creencia de que nada puede modificarse, de que no hay nadie conduciendo el proceso. Sin embargo, ese orden es producido por los propios seres humanos. Ya Jeremy Bentham, en 1791, con su panóptico, advertía que en el centro mismo de la vigilancia se encuentra “alguien” que observa y a quien la persona no puede distinguir. Esa mirada traslúcida se vuelve cada vez más opaca en la actualidad, enmarañada entre pantallas, algoritmos e inteligencia artificial.

En tercer lugar, el empobrecimiento de la comprensión. Las palabras dejan de servir para entender el mundo y comienzan a bloquear el pensamiento. Sin comprensión, se pierde el principal recurso humano: la capacidad de preguntarse hacia dónde vamos y qué lugar ocupamos.

Los docentes, investigadores y universidades —espacios centrales del pensamiento crítico— atravesamos un tiempo límite. Vemos limitadas nuestras posibilidades de seguir ejerciendo esta profesión que, más allá de programas y organigramas, consiste en algo tan sencillo como complejo: ayudar a pensar el planeta que estamos habitando. El próximo 12 de mayo marcharemos, y en cada paso pronunciaremos una palabra en defensa de la universidad pública.

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