Grieta en el poder fabril: la UIA implosionó contra el modelo de Milei y advirtió que la industria financia al Estado

Grieta en el poder fabril: la UIA implosionó contra el modelo de Milei y advirtió que la industria financia al Estado

En una maniobra que dejó sin aire a propios y extraños, la entidad que agrupa a los industriales argentinos estalló contra las políticas oficiales. El texto, redactado por un histórico aliado del Gobierno, cuestiona el rumbo económico, exige intervención estatal y lanza una frase demoledora sobre el rol de las fábricas en el sostenimiento de las jubilaciones y la educación.

En un giro que sacudió los cimientos del diálogo entre el poder empresario y la Casa Rosada, la Unión Industrial Argentina protagonizó una explosión interna de una violencia simbólica pocas veces registrada. Lo más llamativo del estallido no fue su crudeza ni su oportunidad, sino su origen: el autor de la crítica feroz al modelo libertario es nada menos que uno de los principales alfiles fabriles que hasta ahora le habían prodigado una paciencia casi incondicional al Ejecutivo. Mientras otros referentes de la industria se consumían en medio de una crisis interminable, este dirigente había mantenido un perfil prudente. Pero esa contención se quebró de manera estruendosa.

El documento al que tuvo acceso Página I12 es un artículo de una extensión considerable, bautizado con un título que no da lugar a ambigüedades: “RIGI Industrial ya!”. Su pluma pertenece al presidente de la entidad, Martín Rappallini, quien decidió distribuir el escrito en diversos círculos empresariales. Lejos de limitarse a una queja sectorial, el texto se convierte en un catálogo de reproches que golpea el corazón de la administración de Javier Milei. Rappallini arremete sin contemplaciones contra el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones, al que califica como direccionado y celebrado con excesiva liviandad por el gobierno actual. A cambio, el líder fabril reclama una intervención decidida del Estado para rescatar a ramas enteras de la producción nacional y sostiene que la administración libertaria debe abandonar su pretendida neutralidad para hacer política activa en favor del conjunto del tejido industrial.

Pero el verdadero terremoto semántico llega en otro párrafo. Allí, Rappallini admite sin eufemismos una realidad que hasta ahora los comunicados oficiales de la UIA maquillaban: la caída sostenida de las ventas, los devastadores efectos de la apertura económica descontrolada y una presión implacable sobre los márgenes de ganancia. En ese contexto de fragilidad extrema, el empresario desliza una frase que retumbó como munición de grueso calibre en los pasillos del poder. “Hoy, la industria está financiando el Estado, las jubilaciones y la educación”, dispara, invirtiendo la narrativa oficial que suele presentar al sector privado como víctima de la pesada mano fiscal. Con esa declaración, Rappallini insinúa que el andamiaje social y previsional del país se sostiene gracias al sacrificio de las fábricas, no a pesar de ellas.

La difusión del manifiesto no fue fortuita. El propio Rappallini se encargó de hacerlo circular por múltiples canales de comunicación interna, con especial énfasis en varios grupos de WhatsApp de la entidad. Su objetivo era claro: que el mensaje calara hondo y no quedara relegado a una discusión de escritorio. Incluso introdujo el texto en el grupo “Info Industrial”, una red que él mismo creó y en la que participan quinientos empresarios de todo el territorio nacional. La reacción de sus pares no se hizo esperar. “¡Esto nos representa!”, exclamó uno. “¡Por fin un mensaje sin ambages!”, celebró otro. “¡Esta debe ser la postura oficial de la UIA!”, sentenció un tercero, en una cascada de adhesiones que reflejan un estado de ebullición latente.

Lo que comenzó como un artículo individual se transformó así en un termómetro de la creciente desazón industrial. La implosión de la UIA contra el modelo Milei no es solo un gesto de disidencia gremial: es la evidencia de que la paciencia del sector productivo tiene un límite, y que ese límite se ha desbordado. Por ahora, desde el Gobierno no hubo reacción oficial. Pero el texto sigue propagándose, como un reguero de pólvora, por las bodegas, las plantas automotrices y los parques fabriles de un país que mira con preocupación el derrumbe del último puente entre el poder industrial y la Casa Rosada.

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