Bajo asedio simbólico: el reclamo universitario transformó a la Rosada en una metáfora del cerco oficial

Bajo asedio simbólico: el reclamo universitario transformó a la Rosada en una metáfora del cerco oficial

La multitudinaria manifestación docente y estudiantil que desbordó Plaza de Mayo encontró atrapados en Balcarce 50 a funcionarios de alto rango, mientras el presidente Javier Milei y su principal asesor estratégico brillaron por su ausencia. La jornada evidenció tensiones internas y una gestión que, por momentos, pareció replicar el cerco que sus propios colaboradores denunciaban entre murmullos.

El escenario que ofreció la Plaza de Mayo durante la reciente movilización en defensa de la educación pública operó como una metáfora perfecta del presente gubernamental: una muchedumbre compacta, compuesta por miles de universitarios y docentes, cercó la Casa Rosada al ritmo de consignas que exigían el cumplimiento irrestricto de la Ley de Financiamiento Universitario. En el corazón del poder político, aquella sensación de cerco dejó de ser una imagen para convertirse en una queja concreta. “Nos encontramos encerrados”, confesaron entre fastidio diversos miembros del oficialismo que, en las entrañas de Balcarce 50, debieron postergar una reunión clave que había sido convocada para las catorce horas y terminó coincidiendo con el clímax de la protesta callejera. Desde el gobierno, los intentos por restar importancia a la masiva concurrencia popular resultaron vanos: calificaron la manifestación como “politizada”, un adjetivo que, lejos de desactivar su potencia, reveló la incomodidad ante lo ineludible de aquella demostración de fuerza cívica.

El encuentro de la denominada mesa política se desarrolló finalmente entre las dieciséis y las dieciocho con quince minutos, en el Salón de los Escudos del Ministerio del Interior. Dos datos sacudieron la habitual previsibilidad de la agenda gubernamental. Por un lado, se produjo el regreso de un actor económico relevante: después de haber estado ausente en las dos reuniones previas de esa misma instancia, hizo su aparición en el Salón de los Bustos el ministro de Economía, Luis Caputo, a quien sus allegados conocen por el apelativo “Toto”. A su lado se contaron las presencias de Manuel Adorni y Patricia Bullrich, figuras habituales del dispositivo de toma de decisiones. Pero lo que realmente construyó el relato de la jornada fueron las ausencias significativas: ni el propio mandatario Javier Milei ni su asesor de mayor influencia, Santiago Caputo, concurrieron al cónclave. La explicación oficial nunca terminó de disipar el interrogante sobre si aquella doble falta respondió a agendas paralelas o a un deliberado gesto de distancia frente al cerco que, puertas afuera, reclamaba respuestas concretas para la educación superior.

La jornada, en definitiva, dejó una postal inquietante para el poder de turno: los guardianes del timón económico reaparecieron justo cuando las aulas y los laboratorios salieron a ocupar el centro de la escena pública, mientras que las dos cabezas más visibles del proyecto político prefirieron no ser vistos en el lugar donde la historia argentina suele dirimir sus conflictos más álgidos. La queja por el encierro, expresada en voz baja por los funcionarios atrapados en la Rosada, resonó entonces como un involuntario reconocimiento de que, aquella tarde, los verdaderos dueños de la calle no eran quienes firmaban decretos, sino quienes levantan pancartas por una universidad sin asfixias presupuestarias.

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