La Asamblea General del organismo sanitario mundial comienza este lunes en Ginebra con un punto conflictivo en la agenda: la solicitud de abandono presentada por el gobierno de Javier Milei, envuelta en irregularidades legales, presiones diplomáticas ocultas y un brote de hantavirus que dejó al país sudamericano en silencio mientras la comunidad internacional intervenía
La Organización Mundial de la Salud (OMS) inaugura hoy su Asamblea General anual en medio de una tormenta diplomática sin precedentes provocada por la decisión del gobierno argentino de desertar del organismo. Lo que en principio podría considerarse un trámite administrativo se ha transformado en un laberinto jurídico y político, con aristas grotescas que incluyen cables secretos, disculpas redactadas en tres idiomas y un dictamen legal forzado que busca evitar la intervención del Congreso.
El corazón del conflicto reside en una irregularidad de fondo: la salida de Argentina resulta manifiestamente ilegal. El ingreso del país a la OMS en 1948 se concretó mediante la ley 13.211, sancionada durante el gobierno de Juan Domingo Perón. Cualquier jurista elemental sostiene que para revocar una ley se requiere otra ley, lo que obligaría al Poder Ejecutivo a obtener la aprobación parlamentaria. Sin embargo, la administración libertarian ha intentado sortear este obstáculo mediante maniobras internas en el Palacio San Martín.
Según fuentes cercanas a la Cancillería, el canciller Pablo Quirno ejerció una presión asfixiante sobre la Dirección de Asesoría Legal (Dicol), a cargo de Mario Oyarzábal. El primer dictamen elaborado por los juristas de la cartera fue contundente: solo el Congreso de la Nación tiene facultades para autorizar el egreso. Pero tras intensas gestiones, Oyarzábal terminó rubricando un segundo informe que califica la intervención legislativa como “recomendable pero no exigible”, una categoría jurídica cuanto menos extravagante que abrió la puerta a la decisión ejecutiva.
Un cable confidencial y disculpas multilingües
La desprolijidad del proceso alcanzó su punto más álgido con la difusión del Dicol 01007/2026, un cable secreto que Quirno envió a todos los embajadores argentinos desplegados en el mundo. El documento instruye a los representantes diplomáticos a gestionar, en cada país de destino, “un pedido de comprensión por la retirada de la OMS” , tratando de transmitir el mensaje de que Argentina “no se aislará del mundo desde el punto de vista de la salud”.
Acompañando la misiva confidencial, los funcionarios recibieron tres modelos de notas de disculpas –en inglés, francés y castellano– que debían ser presentados ante las autoridades sanitarias locales. Ninguno de los textos ofrece una explicación sustancial sobre los motivos del abandono. Fuentes diplomáticas consultadas coinciden en que la decisión responde exclusivamente al deseo de alinearse con Donald Trump, quien ya había anunciado su intención de retirar a Estados Unidos del organismo durante su mandato.
El vacío estatutario que descolocó a todos
La Asamblea que arranca en Ginebra se enfrenta a una situación para la cual los estatutos de la OMS no prevén respuesta clara. El organismo no contempla la salida de ningún país miembro, con una única excepción: Estados Unidos, que al incorporarse en 1948 dejó expresamente reservado su derecho a retirarse. Para el resto de las naciones, el silencio normativo es absoluto.
Ante esta orfandad regulatoria, el Comité Ejecutivo de la OMS no logró fijar una postura unánime y decidió elevar el caso a la Asamblea General, proponiendo una resolución redactada conjuntamente por Argentina e Israel que recomienda a los países miembros aprobar la retirada. Sin embargo, diversas naciones han manifestado su rechazo frontal. Australia, Costa Rica, Zimbawue y China, entre otros, plantearon serias dudas en las reuniones preparatorias, argumentando cuestiones legales, administrativas y sanitarias.
A esta complejidad se suma otro obstáculo: los estatutos establecen que cualquier país que realice una petición formal debe estar al día en sus contribuciones financieras. Argentina adeuda tres años de aportes, una situación que muchos delegados consideran inhabilitante para prosperar en su reclamo.
El brote de hantavirus que evidenció el silencio argentino
Mientras la batalla diplomática se desarrollaba en los pasillos de Ginebra, un brote de hantavirus a bordo del crucero MV Hondius sacudió a la industria turística de Ushuaia y puso a prueba la estrategia sanitaria del gobierno de Javier Milei. El barco, que navegaba por aguas australes, se convirtió en el epicentro de una alerta epidemiológica que rápidamente cruzó fronteras.
Lo sucedido resulta paradigmático: Argentina mantuvo un silencio absoluto durante más de un mes. Recién este viernes, cuando los diarios europeos ya hablaban de “la rata argentina” o “el virus argentino”, el gobierno decidió enviar un equipo del Instituto Malbrán a investigar el origen del contagio. La demora generó una intervención sin precedentes del secretario general de la OMS, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, quien viajó personalmente a Canarias –adonde fue derivado el crucero– para supervisar la evacuación de pasajeros y tripulantes.
Ante la inacción del gobierno de Buenos Aires, la OMS solicitó a España que saliera al rescate. El presidente Pedro Sánchez, enfrentado con Trump por el conflicto en Medio Oriente, no dudó en activar un operativo de emergencia, desoyendo las críticas del gobierno de Canarias alineado con la derecha local. El episodio sigue siendo tema central en la prensa europea, con debates sobre las cuarentenas que deben cumplir los afectados, mientras Argentina permanece en un incómodo silencio.
La contraofensiva médica
En medio de este escenario desolador, un grupo de profesionales de la salud decidió tomar la iniciativa. La Federación Sindical de Profesionales de la Salud (Fesprosa) logró un hecho insólito: que la OMS le asignara uno de los apenas cuatro lugares reservados para sindicatos y organizaciones no gubernamentales en la Asamblea General.
La doctora María Fernanda Boriotti viajará a Ginebra con una declaración firmada por 3.000 médicos argentinos que rechazan el abandono del organismo. El documento, al que tuvo acceso este diario, sostiene que “salir de la OMS implica romper la cooperación internacional, perder acceso a financiamiento, información epidemiológica estratégica y espacios de decisión global”. Y agrega: “No hay soberanía en el aislamiento ni en el seguidismo. Se renuncian vacunas, tecnología sanitaria y formación de recursos humanos”.
Frente a Boriotti estará el embajador Carlos Fornadori, designado por la Cancillería para defender la postura oficial. El nombre del diplomático no es casual: Fornadori saltó a la fama en 2016 cuando el vicecanciller británico Alan Duncan reveló en un libro que el argentino le había hecho firmar un “acta deplorable” sobre Malvinas en el sótano de la embajada del Reino Unido en Buenos Aires, mientras consumían “botella tras botella de un selecto vino Merlot”. Al día siguiente, el embajador Mark Kent contó que Fornadori llamó diciendo que “estaba tan borracho que no podía recordar todos los detalles”.
Un país dividido y un mundo que observa
En la Casa Rosada, según diversas fuentes, la crisis sanitaria y diplomática parece no generar mayor preocupación. La única brújula del gobierno de Javier Milei sigue siendo la Casa Blanca, y cualquier decisión que tome Donald Trump será replicada automáticamente en Buenos Aires, sin importar las consecuencias sanitarias, jurídicas o políticas.
Sin embargo, el propio Fornadori intentó el fin de semana calmar las aguas con una declaración que terminó generando un nuevo roce diplomático. “No nos aislaremos del mundo –dijo en Ginebra–. No nos vamos de este mundo. Sabemos que las pandemias no conocen fronteras y, como país occidental civilizado, entendemos que debemos respetar las normas”. La calificación de “occidental civilizado” fue interpretada como un desaire a los países no occidentales. “Un embajador sudamericano haciendo trumpismo puro”, respondió airado un delegado de una nación africana.
El secretario general de la OMS, Ghebreyesus, había anticipado el tono que debería primar en la Asamblea: “A los virus no les importa nuestra política ni nuestras fronteras ni todas las excusas que podamos tener. Cualquier espacio que no se cubra beneficia al virus. La mejor inmunidad es la solidaridad”.
En las próximas horas, los delegados de los 194 países miembros deberán pronunciarse. El desenlace es incierto. Puede haber una votación favorable a la salida argentina, pero también cabe la posibilidad de un pedido de reconsideración, o incluso una declaración de ilegitimidad por las irregularidades del procedimiento. Lo que parece claro es que, más allá del resultado formal, Argentina ha quedado expuesta ante el mundo como un país que prioriza el alineamiento político por sobre la salud de su población y la cooperación internacional.