La Academia escribe un nuevo y doloroso capítulo de autosabotaje: igualdad insuficiente ante el débil Caracas y adiós prematuro a la Sudamericana

La Academia escribe un nuevo y doloroso capítulo de autosabotaje: igualdad insuficiente ante el débil Caracas y adiós prematuro a la Sudamericana

En un estadio vacío y a puertas cerradas, el conjunto dirigido por Gustavo Costas consumó una eliminación bochornosa tras combinar un gol en contra tempranero, un blooper histórico de su guardameta y una falla imperdonable del artillero Maravilla Martínez, sellando así un semestre para el olvido en el club que preside Diego Milito.

El conjunto de Avellaneda perpetró anoche un nuevo y vergonzoso episodio en un calendario que transcurre con una vacuidad tan aplastante como la silenciosa soledad de su propio estadio. Aquel que alguna vez fuera el escenario de gestas épicas y algarabías multitudinarias se transformó en un testigo mudo de la desolación, ya que la reunión se desarrolló sin la presencia de espectadores —una medida que, lejos de ser un castigo, terminó funcionando como un escudo protector ante la previsible catarata de repudios que se habría desatado desde las tribunas—. La Academia, aquel equipo que Gustavo Costas condujera a la cúspide internacional en noviembre de 2024 con una exhibición arrolladora ante Cruzeiro en Asunción, protagonizó una nueva y grotesca función de su propia tragedia: igualó dos tantos contra dos con el paupérrimo Caracas y, con ese resultado insuficiente, dijo adiós a la Copa Sudamericana cuando todavía restaba una jornada por disputarse en la fase inicial del certamen.

La noche fatídica no alcanzaba a cumplir el primer minuto de juego cuando Gabriel Rojas, en un exceso de ímpetu por obstruir una avanzada adversaria, introdujo el esférico en su propia portería, firmando un autogol que parecía presagiar lo que estaba por venir. Pero lo peor aún se ocultaba en el segundo tiempo, cuando la escuadra local ya se había recuperado parcialmente del mazazo inicial y lograba imponerse en el marcador. En ese contexto, el arquero Matías Tagliamonte —quien instantes antes había lucido con dos intervenciones de notable estirpe— se transformó en el artífice de un despropósito insólito que derivó en la segunda conquista del visitante. La jugada, que generó controversia por un posible empujón del atacante Adrián Fernández sobre el guardameta, quedará grabada en la memoria de los aficionados como una postal esperpéntica. Y para completar la velada de pesadilla, en los compases finales del encuentro, cuando el empate equivalía a la eliminación inmediata, el goleador Adrián “Maravilla” Martínez protagonizó una falla que traspasa los límites de lo explicable: con la portería enemiga completamente desguarnecida y a apenas un par de metros de distancia, el máximo artillero de aquella campaña brillante de 2024 no logró empujar la pelota al fondo de la red. Esa fotografía, cruel e imborrable, sintetiza con elocuencia el acelerado y preocupante giro negativo que experimentó el mundo Racing en este 2026.

Lo sucedido ante el modesto conjunto venezolano no constituye un hecho aislado, sino la última manifestación de una crisis que lleva meses gestándose a lo largo de un semestre estéril y desconcertante. El equipo que hace apenas un año y medio tocaba el cielo con las manos en Asunción ahora escribe versos melancólicos en lugar de páginas gloriosas. Después de quedar marginado del Torneo Apertura 2026 a manos de Rosario Central en un encuentro empañado por un insólito bochorno arbitral —circunstancia que llevó al presidente Diego Milito a salir al cruce de la AFA con airadas declaraciones denunciando que el fútbol argentino “está roto”—, llegó el turno de que el club de Avellaneda dirija la mirada hacia su propio interior y se formule la pregunta que nadie quiere responder: ¿qué le ocurre a esta Academia? Tras el pitazo final del árbitro colombiano Jhon Ospina, ya no quedan excusas externas para justificar la debacle.

Con una maestría casi digna de estudio para el autoboicot en estos tiempos aciagos, la escuadra de Costas logró algo que hasta el más pesimista de sus seguidores consideraba imposible: quedar eliminada en una zona agrupada que tenía únicamente a Botafogo como rival de cuidado, y aun ese adversario atraviesa un presente institucional complejo y lleno de turbulencias. A falta de un compromiso que será apenas un trámite protocolar para cumplir con el calendario (ante Independiente Petrolero, el próximo miércoles), el único objetivo que le resta a Racing es que termine de una buena vez el suplicio de este semestre. No obstante, en medio de un contexto totalmente adverso, aún le aguarda un desafío en la Copa Argentina: el domingo 31 del mes actual, en la provincia de Jujuy, deberá definir ante Defensa y Justicia el boleto a los octavos de final del certamen que congrega a los equipos de todas las divisiones del país. A este Racing, cabe subrayarlo, le falta categóricamente categoría. La exigua capacidad de recambio en el plantel se combina con demostraciones individuales de una flojedad alarmante, y a esa suma de carencias se agrega una preocupante ausencia de rumbo colectivo, evidenciada por un cuerpo técnico que ha hecho de las variantes tácticas un hábito recurrente que no ha reportado rédito alguno.

En el plano dirigencial, luego del espasmo provocado por las explosivas declaraciones de Milito en Rosario, la falta de certidumbres acerca del derrotero que adopta la institución constituye otro plato amargo de un menú que desagrada profundamente a su propia hinchada. La única razón por la cual la velada no se convirtió en una noche de improperios y furia popular fue justamente el hermetismo del recinto a puertas cerradas. El encuentro, en el que Racing volvió a exponer las mismas fragilidades defensivas que lo han caracterizado durante todo el año, así como las inexplicables fallas puntuales en acciones que determinan puntos valiosos, queda reducido a la condición de mero botón de muestra de un presente mal construido y peor gestionado. Gustavo Costas, quien fuera el máximo responsable de la revolución espiritual que devolvió la ilusión al club y lo condujo a la gloria internacional, es ahora parte integrante de un problema de juego que resulta evidente a simple vista. Milito, el presidente que prometió un “salto cualitativo” en todas las esferas de la institución, heredó un equipo campeón de la Sudamericana. Aunque alcanzó las semifinales de la Libertadores 2025 —pese a una visible mengua en la cantidad de futbolistas virtuosos en comparación con la temporada anterior—, el salto en esta edición de la Sudamericana fue, en sentido literal y figurado, un salto al vacío: afuera en la fase de grupos. Puertas adentro y en el exterior, todos lo saben: la concepción de Milito y la de Costas acerca del camino hacia el éxito colisionan de manera frontal. A pesar de esa evidencia, el mandatario le ofreció al entrenador una renovación contractual por tres temporadas. El futuro se presenta, entonces, como un concierto lleno de incógnitas. La única certeza, dolorosa e inapelable, es que Racing ha entrado en una espiral de equivocaciones que no parece tener fin. Se pasó de los sueños a las pesadillas, de los títulos al ostracismo, de los pelotazos acertados a los pelotazos en contra —y también a los manotazos en contra, en el sentido más literal y desafortunado del término. Se imponen, sin demora, modificaciones profundas. El futuro, en un presente tan convulsionado como este, exige cambios estructurales.

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