El exmandatario encabezó un cónclave en Mendoza junto al gobernador Alfredo Cornejo, en el marco de una ofensiva para revitalizar al PRO. La inesperada reaparición de Gabriela Michetti añadió un matiz simbólico a una jornada signada por críticas veladas al libertario y un llamado a recuperar la esencia transformadora.
En una nueva avanzada destinada a reflotar la estructura del PRO y trazar los primeros bocetos de un armado competitivo de cara a los comicios de 2027, Mauricio Macri desembarcó este martes en territorio mendocino. La excursión política del ex presidente tuvo como epicentro el hotel Hilton de Guaymallén, donde encabezó el encuentro regional bautizado con el flamante eslogan amarillo “Próximo Paso”. Allí, rodeado de dirigentes afines y referentes locales, el fundador de la fuerza amarilla esbozó un diagnóstico lapidario sobre el actual clima de gobierno, aunque evitando la embestida directa contra Javier Milei. Con un tono grave y midiendo cada palabra, Macri sostuvo que lo que verdaderamente está en juego en la Argentina actual es “si el cambio adquiere la suficiente fuerza para que el populismo no lo vuelva a destruir”, una frase que funcionó como disparador conceptual de su alocución. Fue entonces cuando, casi como una exhalación, dejó caer su cuestión más punzante: señaló con inquietud “tanta perversión y tanta oscuridad que está haciendo el gobierno de Milei hoy”, una declaración que rápidamente encendió todas las alarmas políticas.
Pese a que el ex mandatario procuró no romper el acuerdo tácito de gobernabilidad parlamentaria que el PRO mantiene con La Libertad Avanza, sus palabras no tardaron en interpretarse como un quiebre simbólico en la luna de miel que hasta ahora ambas fuerzas habían sostenido en el Congreso. La reunión con Alfredo Cornejo, gobernador de Mendoza y aliado estratégico del oficialismo libertario, agregó una capa adicional de complejidad a la escena. El encuentro, de tono reservado pero con ribetes de cumbre política, permitió a Macri sondear voluntades y evaluar posibles coincidencias provinciales de cara al futuro, en un contexto donde el PRO busca redefinir su identidad sin quedar diluido como un mero apéndice parlamentario de la gestión nacional. La visita a Cuyo no fue un hecho aislado, sino una pieza más de un rompecabezas que el ex presidente ensambla con paciencia: recuperar la iniciativa perdida, reorganizar las huestes amarillas y disputar el relato del cambio que Milei terminó de capitalizar en las urnas.
A la comitiva macrista se sumó un elemento de fuerte carga simbólica: la reaparición en escena de Gabriela Michetti, quien fuera vicepresidenta durante la administración de Cambiemos. La ex funcionaria, retirada de la primera línea política durante largos meses, acompañó a Macri junto al diputado Fernando de Andreis, en lo que muchos interpretaron como un gesto de reunificación de las viejas guardias del PRO. De Andreis, por su parte, se encargó de afinar el mensaje horas antes del cónclave, al declarar que el espacio continuará “acompañando las reformas que plantea el presidente Milei en el Congreso, sosteniendo su gobernabilidad”. Sin embargo, el legislador no ocultó su malestar con ciertos excesos de alineamiento automático y lanzó una sugerencia que resonó como un correctivo interno: “dejar de ser una suerte de campeonato de chupamedias con Milei y volver a conectar con la resolución de los problemas de la Argentina”. La frase, de clara aspereza, expuso las tensiones que atraviesan al PRO entre el pragmatismo legislativo y la necesidad de recuperar una voz propia.
En las entrañas del encuentro mendocino, Macri no anunció candidaturas ni plazos concretos, pero dejó en claro que su ambición trasciende la mera supervivencia partidaria. Su diagnóstico sobre la “perversión” y la “oscuridad” del actual gobierno, aunque formulado sin nombres propios en cada denuncia, operó como una declaración de principios: el ex presidente se percibe a sí mismo como un dique de contención frente a lo que considera derivas autoritarias o irracionales del libertarismo en el poder. Al mismo tiempo, su apretón de manos con Cornejo evidenció que está dispuesto a construir puentes incluso con sectores que hoy sostienen a Milei, siempre que esos puentes no impliquen la disolución de la marca PRO. En la vereda de enfrente, el oficialismo observó con cautela estos movimientos, mientras en las filas amarillas más críticas del macrismo duro se respiró un aire de renovada esperanza.
La jornada en Guaymallén quedará registrada como una de las primeras maniobras explícitas de Macri para desmarcarse del guion oficialista sin romper del todo el tablero legislativo que garantiza la gobernabilidad de Milei. Porque si algo quedó en claro es que el ex presidente ya no se conforma con ser un socio secundario: aspira a reencarnar como la alternativa ordenadora frente al “populismo” que, según su visión, amenaza con demoler nuevamente los cimientos del cambio. El “Próximo Paso” que pregona su nuevo lema podría ser, en realidad, un paso al costado de la sumisa lealtad actual y un avance hacia territorio propio. Resta saber si la sociedad política, y sobre todo el electorado, aún están dispuestos a concederle esa oportunidad.
