El secretario de Agricultura sorprendió en la apertura del Congreso Maizar al exigir un cambio de actitud a los empresarios del sector, que recibieron con frialdad el anuncio de la quita de retenciones. «Bajaste las retenciones hace tres días y es como si no hubieras hecho nada», les recriminó el funcionario, visiblemente molesto por la falta de entusiasmo.
El funcionario Sergio Iraeta llegó al escenario del Congreso Maizar con la certeza de quien conoce el terreno que pisa. No es un burócrata improvisado ni un técnico de escritorio: el secretario de Agricultura se presenta a sí mismo como un hombre de campo, con cuatro décadas de experiencia a cuestas, criado entre animales y cosechas. Sin embargo, nada de eso lo preparó para el muro de indiferencia que encontró frente a sí cuando intentó entusiasmar a los poderosos del agronegocio con las bondades que el gobierno de la Casa Rosada les ha concedido.
Lo que debía ser un discurso triunfal, plagado de anuncios largamente reclamados por el sector, se transformó en un diálogo incómodo entre un orador que esperaba vivas y un auditorio que respondía con un silencio ensordecedor. Iraeta desgranó uno a uno los beneficios: la tan ansiada disminución de las retenciones, la eliminación de gravámenes, el desmantelamiento de controles administrativos, la liberación de los cupos para exportar. Todo eso, dijo, ya está en marcha. Pero nadie aplaudía.
Fue entonces cuando el secretario cambió de registro. La paciencia se le acabó y optó por la franqueza más cruda. «Si no le incorporamos un poco de flow, una pizca de onda, a todo esto que estamos realizando, jamás lograremos salir del atolladero», exclamó, rompiendo con la formalidad del acto. Y acto seguido, lanzó la frase que retumbó en el salón: «Redujiste las retenciones hace apenas setenta y dos horas y parece que no hubieras ejecutado ninguna acción». El reproche iba dirigido a los propios empresarios, a esos productores que, según Iraeta, deberían estar celebrando pero permanecían impávidos en sus butacas.
Ante la falta de réplica, el funcionario tomó una decisión insólita: giró la cabeza hacia sus colaboradores más cercanos y les ordenó que comenzaran a batir palmas, con la esperanza de que el gesto se contagiara al resto de la concurrencia. Los aplausos finalmente llegaron, aunque teñidos de una frialdad que evidenciaba su escasa autenticidad.
El escenario elegido para este encontronazo no era menor. El Congreso Maizar reúne a toda la cadena productiva vinculada al maíz, con el respaldo explícito de las corporaciones más influyentes del agronegocio, entidades bancarias y empresas semilleras. Allí, Iraeta dedicó los primeros minutos de su alocución a destacar «lo beneficioso y constructivo» que el Ejecutivo nacional viene implementando en sintonía con las exigencias históricas del sector empresarial y los chacareros. Detalló cada concesión: reducción de derechos de exportación, supresión de impuestos, eliminación de trabas burocráticas y apertura de los cupos para ventas al exterior. Todo eso, cabe aclarar, en beneficio de un círculo reducido de la población, perteneciente a los estratos de ingresos más elevados, que opera en divisas extranjeras y avanza hacia una situación de exención fiscal prácticamente total.
El secretario reconoció que todavía quedan asuntos pendientes, en alusión directa al reclamo que minutos antes había formulado el propio presidente del congreso, Federico Zerboni. Este último había exigido acelerar el ritmo de disminución de las retenciones, convertirlas en ley en lugar de dejarlas sujetas a decisiones ejecutivas, y no postergar las medidas hasta una eventual reelección del mandatario Javier Milei.
Iraeta intentó entonces una aproximación más didáctica. «Para arribar a la totalidad es necesario comenzar por algo, y desde el gobierno hemos realizado muchísimos algos», afirmó. Luego de pronunciar esa frase, se detuvo. El silencio se prolongó durante segundos que se tornaron eternos. Cuando retomó la palabra, su tono ya no era el mismo. «No expresé esta idea para que me ovacionaran. Pero me resulta llamativo que no lo hagan», soltó con evidente irritación.
El mensaje del secretario se fue endureciendo a medida que avanzaba su intervención. En un momento culminante, se dirigió directamente a los «sembradores y hombres de negocios» de la cadena maicera para exigirles un respaldo explícito al presidente y al ministro de Economía, Luis Caputo. Según Iraeta, con todas las disposiciones adoptadas por el Ejecutivo en favor del negocio agropecuario, lo único que resta es «una cuestión pura y exclusivamente vinculada con la disposición anímica». Y lanzó una advertencia que sonó casi como una amenaza: «Modifiquemos nuestra disposición porque, de lo contrario, el gobierno cambiará y también se modificarán las políticas destinadas al campo. La administración nacional necesita el concurso de todos ustedes».
El funcionario no escatimó elogios para el discurso que el presidente Milei había brindado una semana antes en la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, al que calificó como «histórico». En esa ocasión, el mandatario anunció una reducción de las retenciones al trigo y la cebada, junto con un calendario de disminución para la soja, el maíz, el girasol y el sorgo que comenzará a regir en enero del año próximo.
Pero Iraeta también quiso trazar un relato más amplio, uno que ubicara al gobierno actual como un faro en medio de una larga noche de hostilidad hacia el campo. «Provenimos de administraciones que maltrataron al sector agropecuario, que construyeron una narrativa en la cual situaban al agro del lado del adversario, del enemigo, porque eso les servía como sostén filosófico para justificar el despojo al que fue sometido el campo durante las últimas dos décadas», los acusó, metiendo en la misma bolsa al gobierno de Mauricio Macri y a las gestiones peronistas que lo precedieron y sucedieron.
En un intento por generar empatía, el secretario se reconoció como un productor al que «ahora me toca estar de este lado de la mesa» y compartió una anécdota personal que revelaba su fastidio. «Resulta sumamente desgastante hallarse en una posición en la que vas realizando acciones y luego leer un tuit de algún productor, que se encuentra exactamente en el mismo lugar donde yo estaba hace veinte años, que te dan ganas de agarrar el sulky a patadas», confesó con crudeza.
La situación vivida por Iraeta no fue un hecho aislado. Días antes, el propio ministro Luis Caputo había protagonizado un momento similar al hablar en la Bolsa de Comercio de Rosario, donde confesó sentir deseos de «cagar a patadas en el culo» a aquellos economistas que reclaman una devaluación del peso para recuperar competitividad. Lo cierto es que la falta de entusiasmo entre los grandes jugadores del agronegocio revela una verdad incómoda para el gobierno: todavía no lograron que el Ejecutivo les conceda la totalidad de los privilegios y beneficios que este sector exige.
Iraeta, sin embargo, no se rindió. Continuó intentando mover la fibra de esos empresarios para que expresaran su respaldo. «Estamos sacando a la Argentina prendidos al enganche de la agroindustria. Y ese tren del futuro, al cual el campo siempre estuvo dispuesto a subirse —eso también hay que decirlo—, ese tren del futuro nos conduce a la próxima estación, y la próxima estación se va a llamar Argentina próspera», arengó. Pero el hielo que cubría al público no se resquebrajó.
El perfil de un funcionario con raíces patricias
Aunque Iraeta se presenta como un hombre de campo y se adjudica aproximadamente cuarenta años de experiencia en la actividad, lo cierto es que nació en la ciudad de Buenos Aires. Estudió abogacía y entre sus allegados circula la fama de ser un mediador hábil y un eficaz solucionador de conflictos familiares. Este productor ganadero de 62 años, padre de cuatro hijos, también ejerce como asesor y administrador de explotaciones agropecuarias, tanto propias como de terceros, en distintas regiones de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe.
Entre sus amistades y círculos cercanos se afirma que proviene de una familia patricia, propietaria de la estancia La Floresta, ubicada en el partido bonaerense de Lobería. De hecho, Iraeta cursó sus primeros años de escolaridad primaria en una escuela que funcionaba dentro del casco de la estación familiar. Ese establecimiento educativo llevaba el nombre de Hilaria Achával de Iraeta, aunque luego fue trasladado a la entrada de la propiedad. Algunos especulan que la mudanza tuvo como objetivo resguardar la privacidad de los dueños y, de paso, transferir al Estado provincial la responsabilidad del mantenimiento escolar.
Quedaron atrás en el tiempo aquellas domas que se organizaban en el campo con fines benéficos para la escuelita que honraba la memoria de la abuela del actual secretario de Agricultura. Los Iraeta, además, están emparentados con los Patrón Costas, linaje del que surgió Robustiano Patrón Costas, quien siendo presidente del Senado ascendió a la primera magistratura en 1942. Aquella familia fue propietaria del ingenio El Tabacal en la provincia de Salta, un emprendimiento que administraron con puño de hierro y una nula consideración de los derechos que pudieran asistir a los trabajadores. Esa situación, que con la irrupción del peronismo comenzó a retroceder, es precisamente lo que ahora preocupa al secretario de Agricultura cuando reclama entusiasmo y respaldo para los cambios impulsados por el gobierno actual, porque teme que el peronismo pueda regresar al poder.
